Violencias del sistema sanitario hacia las mujeres

La ciencia y la práctica médica, un reflejo de la sociedad patriarcal

Con este artículo concluimos la serie Violencia de los sistemas sanitarios hacia las mujeres que iniciamos el 25 de enero. Una serie que ha analizado como el sistema patriarcal atraviesa el ámbito de la medicina

Aurora Rovira
 
 
 

La medicina nace y se inserta en una sociedad androcéntrica, patriarcal y heteronormativa, que mantiene un desequilibrio estructural de poder donde la mujer es subordinada. La medicina es el reflejo de la cultura y las creencias que la sustentan y por lo tanto tiene sus mismas características. También refleja otros ejes de desigualdad presentes en la sociedad, como la clase social o la etnia entre otros.

Ahora que empezamos a reconocer las estructuras patriarcales de poder en otros ámbitos de la vida, es importante reflexionar sobre cómo estas han configurado la ciencia y la práctica médica y qué impacto tienen sobre la salud de las mujeres (Carme Valls-Llobet, 2009).

La ciencia médica, una ciencia androcéntrica

Sabemos que tanto la fisiopatología (el funcionamiento del cuerpo) como las manifestaciones clínicas y la respuesta a los tratamientos están condicionadas por el sexo. Del mismo modo, el género influye en la percepción y expresión de los síntomas y el malestar, las conductas relacionadas con la salud, el acceso al sistema sanitario, etc. Pero la ciencia médica actual se ha construido desde el androcentrisme: ha sido pensada, enseñada, investigada y ejercida mayoritariamente por barones, tomando aquello masculino y el hombre como patrón universal, tanto en la clínica como la investigación.

La manera en qué fue enfocada y construida la medicina inicialmente trae, todavía hoy en día, graves consecuencias sobre la salud de las mujeres. A pesar de que hay una conciencia creciente de las diferencias entre hombres y mujeres en los aspectos más biomédicos, el valor de los factores relacionados con el género es poco reconocido en la práctica médica habitual.

Las violencias que la medicina ejerce hacia las mujeres

En anteriores artículos de esta misma serie hemos visto como la medicina ha ejercido y ejerce todavía (porque los cambios se producen con mucha lentitud) diferentes formas de violencia hacia las mujeres: obviando las diferencias biológicas entre hombres y mujeres; cuidando y tratando de forma desigual a las mujeres, a veces por exceso y otras por defecto; medicalizando situaciones normales de la vida como el embarazo, el parto o la menopausia, etc.

Pero hay también graves repercusiones sobre la salud mental. La carga de malestar psicológico que soportan las mujeres está muy relacionada con el género; pero además, sufren un alarmante sobrediagnóstico y sobretratamiento de trastornos mentales que tiene que ver con los estereotipos de género que condicionan la interpretación del malestar como patología.

Sin embargo, una de las violencias más graves que la medicina ejerce hacia las mujeres es la invisibilización de los condicionantes de género como determinantes de salud. Me refiero a la importancia que tienen en el enfermar de las mujeres factores como las desigualdades y la violencia de género o la sobrecarga en el trabajo de cuidados. Desde la medicina se interpreta el malestar generado por estos factores, físico o psicológico, como enfermedad y se etiqueta en diagnósticos. Así pues, la medicalización del malestar causado por los condicionantes de género transforma en enfermedad individual lo que es violencia estructural de nuestra sociedad y actúa como herramienta de control social, legitimando la desigualdad y la violencia hacia las mujeres.

Finalmente, igualmente importante y frecuente en las consultas, hay la carencia de reconocimiento de las capacidades y saberes de las mujeres en relación al cuidado de la vida y las relaciones personales, su papel activo en la gestión del estrés, o la resiliencia frente a las violencias machistas, configurando una imagen homogénea y negativa de la mujer que la sitúa como sujeto pasivo o víctima.

Transformar la práctica clínica poniendo en el centro la relación

La práctica clínica también se ha construido desde la forma de entender y ejercer la relación y el poder que caracteriza la masculinidad patriarcal: la autoridad como jerarquía, la dificultad para reconocer y expresar emociones, el mito de autosuficiencia y de invulnerabilitat, el enaltecimiento de la objetividad y el pensamiento racional, etc. Estas características se transmiten como currículum oculto al pregrado, al posgrado y durante la práctica profesional. A pesar de que se ha trabajado mucho alrededor de la comunicación médico-paciente, todavía queda un largo camino para recorrer en el reconocimiento de los condicionantes de género que afectan la relación asistencial.

Hay que transformar la práctica clínica patriarcal incluyendo la subjetividad de pacientes y profesionales, la gestión de las emociones y la conciencia de interdependencia; en resumen, dando una importancia fundamental al vínculo y a la relación de cuidado (Ipazia, Librería de Mujeres de Milà, 2004), tanto dentro de la consulta como en la organización del sistema sanitario.

Es suficiente la feminización de la medicina?

Hay evidencia de diferencias en la comunicación médico paciente en función del género del profesional. Por parte de las médicas hay una mayor implicación en decisiones compartidas, abordaje psicosocial, conversación centrada en emociones y más tiempos de consulta. Algunos estudios también han encontrado diferencias en manejo y tratamiento, mostrando que las médicas hacen más actividades preventivas y más consejo en salud mental; y recientemente, también diferencias en resultados en salud de pacientes en urgencias. Estas diferencias no se deben de al sexo del profesional, sino a formas de trabajar y actitudes que sí que están condicionadas por el género y que pueden ser modificadas para mejorar la práctica.

A pesar del predominio de mujeres en el ejercicio de la medicina, la práctica médica todavía es androcéntrica y patriarcal porque las médicas y los médicos estamos socializados y formatos profesionalmente en el mismo contexto patriarcal. La feminización de la profesión puede facilitar una mirada crítica y feminista, puede poner palabras a las experiencias vividas por las mujeres médicas que nos ayuden a repensar nuestra práctica, pero hay que ser conscientes de la todavía escasa “voz pública de las mujeres” (Mary Beard, 2017) también en el ámbito médico.

Teniendo en cuenta el rol social de la medicina, es nuestra responsabilidad profesional, tanto de médicos como médicas, cuestionar la ciencia y la práctica médica desde una perspectiva de género, así como denunciar los condicionantes que perjudican la salud de las mujeres, y en algunos casos también la de los hombres. Mientras construimos colectivamente otro modelo posible, las actitudes individuales pueden contribuir a profundizar las desigualdades existentes o bien pueden generar experiencias de apoderamiento que las reduzcan.

Aurora Rovira
Sobre Aurora Rovira

Llicenciada en medicina i cirurgia (UAB 1985). Especialista en medicina familiar i comunitària (1989). Treballa de metgessa de família al CAP La Pau de Barcelona. Tutora de residents de medicina familiar i comunitària de la Unitat Docent de Barcelona. És membre del Fòrum Català d’Atenció Primària (FOCAP). Contacto: Twitter | Más artículos

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