La casa de Schönberg en Vallcarca

Las casas Valeri Sallent son de 1926 y responden sin duda a la estética Novecentista que predominaba entonces. Sus dos puertas vienen precedidas por porches con columnas ornadas con capiteles jónicos. Los extremos de la fachada son un poco más altos que el resto y se coronan con un semicírculo decorado con un estucado rojizo visible a lo largo de toda la construcción, delimitando sus partes

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
La Casa de Schonberg | Jordi Corominas i Julián

La Casa de Schonberg | Jordi Corominas i Julián

En un momento concreto de mi paseo me encuentro en el carrer del Repartidor y rebajo mi sufrimiento al pensar en ese pobre humano que un siglo atrás repartió agua a los vecinos de esta zona de Vallcarca. He dejado atrás el passatge de Napoleó, al que volveremos dentro de unas semanas, y mi voluntad de perderme para alcanzar lo conocido ha propiciado un delirio en cuesta medio infernal. El calor aprieta y la pendiente se hace más dura si cabe. Desciendo hasta el carrer de la mare de Déu del Coll, inmortalizo la Casa César Santurio, me distraigo un poco con la vista posterior de la Comas d’Argemir e imagino lo venidero desde República Argentina, donde las bajadas de la Glòria y d’en Briz son inconmensurables montañas para los pies del paseante, bestias de asfalto capaces de aniquilarnos a cada centímetro de su territorio.

Nuestro destino está en la de Briz. Recibe su nombre por el homónimo folklorista que vivió en esos dominios a mediados del siglo XIX, cuando aún no existía el puente y el barrio era un punto aislado con el resto de la ciudad. Ello propició, sin ir más lejos, que muchos artistas extranjeros decidieran instalarse en sus colinas durante la Primera Guerra Mundial. Estaban sin estar en Barcelona. El más conocido de todos fue el poeta y boxeador Arthur Cravan, pero nuestro nombre de hoy es músico y se llamaba Arnold Schönberg.

El padre del dodecafonismo, que quizá habéis escuchado mientras mirabais algún documental de La 2, había visitado Barcelona con anterioridad. En 1925 dirigió su Pierrot Lunaire mediante la intercesión de su antiguo alumno, Robert Gerhard, quien le aconsejó reincidir con la ciudad condal para curarse de sus problemas asmáticos en un clima más cálido, trasladándose a las casas Valeri Sellent en octubre de 1931. Abandonó la capital catalana en julio de 1932.

La Casa de Schonberg | Jordi Corominas i Julián

Jordi Pons, autor de un extraordinario ensayo sobre el compositor vienés, rastreó su presencia en Barcelona. Cada domingo celebraba una tertulia a la que acudieron, entre otros, el promotor artístico Joan Prats y el poeta Carles Sindreu. Durante esos meses republicanos, en un ambiente diametralmente opuesto al que empezaba a calentar la Mitteleuropa, escribió la segunda de las piezas para piano Op.33 y se sumergió en la creación del segundo acto de Moisés y Aarón, terminándolo el 10 de marzo. El 3 de abril de 1932 La asociación obrera de conciertos le homenajeó; pocos días después coincidió con Anton Webern, quien durante esa primavera dirigió la Orquesta Pau Casals en el Palau de la Música. En mayo nació su hija Núria, por lo que de este modo la familia siempre estaría vinculada con esa breve estancia en una de las cimas de Vallcarca.

Para ascenderla sudo la gota gorda. Muchos amigos afirman riéndose que cuando me pongo a dar zancadas es imposible seguirme, y no les falta razón. Mi metro ochenta y tres me ha dotado de un par de piernas largas, idóneas para pausas, acelerones y caminatas en solitario. Bajo el sol de la tarde desafío el largo desfile de turistas. No quieren rendir pleitesía al músico. Su muy loable intención es alcanzar el Park Güell. Cuando empiezo a sacar instantáneas del edificio situado en los números 22-24 de la baixada d’en Briz ni siquiera me miran, ignorándome por completo, como si fuera un loco por fijarme en esa villa carente de referencias en su maleta viajera.

Las casas Valeri Sellent son de 1926 y responden sin ambages de ningún tipo a la estética Noucentista predominante por aquel entonces. Sus dos puertas están precedidas por porches con columnas ornadas con capiteles jónicos. Los extremos de la fachada son un poco más altos que el resto y se coronan con un semicírculo decorado con un estucado rojizo visible a lo largo y ancho de la construcción, delimitando sus partes.

La Casa de Schonberg | Jordi Corominas i Julián

Su autor fue Salvador Valeri i Pupurull, que en el mismo barrio hizo la Torre Sant Jordi, con un acabado modernista de fantasía muy de su gusto. No en vano su obra más conocida es la casa Comalat, discreta hasta cierto punto en su fachada de la Diagonal y rebosante de curvas y un talento gaudiano hasta la confusión en su sector posterior del carrer Còrsega, tan notorio que muchos transeúntes se permitían desplazar su mirada de la trilogía cercana consistente en un Bingo, un sexshop y la extinta sede de Convergència. Los ojos suelen ser sabios.

Y nosotros, no está de más decirlo, muy catetos. Por eso en vez de continuar con mi escalada opté por descender para proseguir mis investigaciones por Vallcarca. Mi decisión derivó en la perdida de una poesía del nomenclátor. Una vez culmina la baixada d’en Briz inicia el carrer Schönberg, que al final se cruza con el extremo de Verdi, cruce entre el clasicismo y la vanguardia y una pesadilla para los taxistas; lo digo con conocimiento de causa, pues en más de una ocasión estos conductores se han negado a dejarme en ese puerto de primera categoría donde Marsé ubica en su infravalorado El amante bilingüe la pensión del protagonista, la misma en que intentará culminar su venganza de seducción.

Más allá de estas efemérides literarias es curioso saber que las casas Valeri Sellent sólo tienen una placa en recuerdo del artista desde el 24 de abril de 2012. El hecho es remarcable, pues Barcelona es una de las capitales del Viejo Mundo más desastrosas en lo relativo a conmemorar lo acaecido entre sus muros. Hasta hace poco esos recuadritos informativos no estaban unificados y aún faltan muchísimos por colocar para permitir una mayor pedagogía urbana. Cabe decir que el actual Ayuntamiento, tan pasivo en la protección del patrimonio, sí se ha esforzado en reparar este error entre paneles, limpiezas e inauguraciones para crear un mapa del pasado. Se aplaude la iniciativa. No n’hi prou amb això. Situar nombres notorios en las calles es hermoso, pero aún lo es más proteger la identidad de los barrios, pues la Historia y su legado no sólo se escribe con letras de oro, sino también desde el sentimiento de lo pequeño.

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