La casa de la mariposa

Hoy en día contemplar la mariposa exige dedicación al paseante, quien debe acudir al lugar, alzar la vista, sortear los árboles y fijar la mirada con esfuerzo. De este modo desdeñamos el patrimonio mientras cumplimos con eso de 'la pela es la pela'

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Si hay una cosa que todos los barceloneses miran con simpatía es la de nuestro artículo de hoy. Hablas de la mariposa y surge una sonrisa. Se encuentra en una calle medio anónima, ahora más invisible si cabe por el desastre al que volveremos, justo en la frontera entre l’Eixample y zonas que, cuando se construyó, lindaban con antiguas pueblos y el vasto horizonte de la montaña, idónea para merendolas en su virginidad campestre.

La casa Salvi Fajol se encuentra en el carrer de Llançà número 20. Para saber algo más de ella era pertinente rebuscar en el nombre de su propietario. Una guía barcelonesa de 1908 nos informa de un carpintero con este nombre. Tenía su taller en el carrer Mallorca 204 y en 1902 había construido una fábrica decorativa para las fiestas de la Mercè en el carrer Ponent, justo donde diez años más tarde la ciudad sentiría el pánico por Enriqueta Marti, la falsa vampira del Raval.

Al asomarme a los datos me compliqué la vida sobremanera. Un breve de La Vanguardia de 1914 informa de una carrera de motocicletas en la que participaba otro Salvi Fajol. Con los días entendí que era el hijo y sí, ahora sólo nos falta el nieto que aparecerá en algún momento, no se preocupen.

Es posible que el patriarca hubiera construido el bloque de viviendas a finales del siglo XIX. Una foto de la actual plaça d’Espanya en 1903 nos muestra la casa entre un panorama medio desértico, y la explicación es sencilla. Tres años antes Las Arenas habían animado el entorno, pero como decía con anterioridad ese tramo de la ciudad era y es, en cierto sentido, la conclusión del Eixample, un punto y final que tardó en llenarse de edificios, quizá hasta la Exposición Internacional de 1929.

Ignoro cómo se le ocurrió a Salvi Fajol, que también figura en otro suelto en calidad de carpintero de la barriada de Sant Martí, edificar en ese terreno. Con toda seguridad pensó en oportunidades de futuro a partir de un precio asequible. La mayoría de fuentes contemporáneas datan la famosa mariposa con trencadís en 1912. El catastro, que tampoco es el summum de lo fiable, la fecha tres años después. Fue obra del arquitecto Josep Graner, uno de los secundarios del Modernismo con alguna casa destacable. Mi favorita es la Forn, en el cruce de Valencia con Roger de Llúria, destacable por las tribunas vidriadas policromas que enmarcan su austera fachada.

Graner usó el recurso de la mariposa en otra ocasión. Si por alguna casualidad del destino van a Granollers les recomiendo ir a la avinguda Prat de la Riba. En su número ocho se encuentra otro lepidóptero pétreo mucho menos exuberante que su homólogo barcelonés, antes visible desde las columnas venecianas y, como bien menciona un buen amigo escritor, siempre bienvenido al volver de la playa.

Esta magia visiva se torció a finales de la década pasada, cuando se reformó la plaza de toros para convertirla en un centro comercial, válido hasta cierto punto al conservar la antigua estructura salvo en un aspecto. Sus oficinas, una mole infame, taparon la casa del carrer Llança, cargándose así una perspectiva del paisaje urbano, un fenómeno nada nuevo que los barceloneses sufrimos, como mínimo, una vez por generación.

Sirva de ejemplo el destrozo efectuado, muy polémico en su momento, con el anexo a la casa Serra de Puig i Cadafalch, sede de la Diputación de Barcelona. Otro caso menos notorio sería la continuidad vertical en passeig de Sant Joan, arruinada en su armonía por el lejano edificio de Gas Natural, una barrera entre la placidez del cielo y el Arco de Triunfo.

En un artículo de septiembre de 2008 los vecinos de la casa de la papallona, bien histórico protegido, se quejaban de perder el sol por las tardes, incidencia que también suscita las quejas de otra comunidad en el carrer de Lepant, donde en una placita temporal está previsto construir un bloque demoledor para el pequeño relato de ese reducto del Baix Guinardó.

Si regresamos a las estribaciones de la montaña leemos en la misma pieza que el propietario del edificio, el difunto Salvi Fajol nieto, comentaba, no sin indignación, las dificultades que ponía el Consistorio para conservar la finca pese a formar parte de la ruta del Modernismo, algo en claro contraste con las facilidades para dar y regalar a la empresa privada.

Hoy en día contemplar la mariposa exige dedicación al paseante, quien debe acudir al lugar, alzar la vista, sortear los árboles y fijar la mirada con esfuerzo. De este modo desdeñamos el patrimonio mientras cumplimos con eso de ‘la pela es la pela’. Pero ese no es el único problema dentro del mal endémico de los Ayuntamientos con las pequeñas perlas de la ciudad, esparcidas a su largo y ancho con una función generadora de identidad siempre más en peligro, como demuestran, sin ir más lejos, las recientes demoliciones en el Guinardó de Villa María y los laboratorios Esteve, ejes sentimentales que podían haberse metamorfoseado en equipamientos municipales.

El conflicto va más allá y obliga a plantearse qué queremos vender al visitante, huérfano de pedagogía urbana porque, por desgracia, no vendemos un turismo capaz de amar el legado arquitectónico de nuestros antepasados. Sirva este pequeño detalle para entender malos mayores.

Autoria: Joaquim Gomis (1971)

1 Comentario en La casa de la mariposa

  1. Claudia García // 31/08/2018 en 17:56 // Responder

    Pobreta..
    Y las originales casi extinguidas

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