La casa de la esperanza

En los años sesenta todo sufrió un vuelco que explica a la perfección Anna Maria Briongos. En un parcela propiedad de la familia de Ferran Fullà, entonces su marido, se dieron una serie de circunstancias que derivaron en una alianza de intereses aprovechada por el padre de la chica, quien propuso la construcción de un bloque de pisos encargado a dos arquitectos noveles, Oscar Tusquets y Lluís Clotet, ambos comenzando en el oficio después de haber cumplido el servicio militar.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Edifici a la parcel·la propietat de la família de Ferran Fullà / Jordi Corominas

Edifici a la parcel·la propietat de la família de Ferran Fullà / Jordi Corominas

Hacía muchos años que no subía las cuestas del carrer Gènova del Guinardó, con toda probabilidad por su demencial pendiente y el sedimento de tantos recuerdos de infancia. Para visitarlo debemos dejar atrás el parque de la emblemática estatua del niño del aro, seguir por Verge de Montserrat y lo encontraremos en el lado, es evidente, montañés del recorrido.

Recuperar ese espacio fue una curiosa inmersión. El antiguo quiosco ha mantenido el letrero de antaño y se ha convertido en un ultramarinos paquistaní que en breve será de toda la vida. A la izquierda, como antes, está la escuela del mar donde durante tanto tiempo recaló la masía de Can Sors.

Al ser una calle con unos porcentajes endiablados las casas dependen de los mismos. Lo sorprendente es que hasta hace bien poco ignoraba la historia de su número 25, donde de pequeño jugué en más de una ocasión por los pasillos y habitaciones del poeta Joan Brossa, el mismo que me enseñó la idea del desorden personal como orden propio, excusa perfecta para responder a mi madre cuando entraba en mi cuarto y me echaba la bronca por tener todo hecho un desastre.

La calle en un principio se llamó del Fonógrafo en paralelo a otras de la zona alusivas a instrumentos de la modernidad, como la de Telégrafo, aún hoy repleta de escuelas en su parte superior. El cambio se ejecutó, y no entiendo muy bien la razón, en 1923. Resulta más bien sencillo imaginarlo vacía durante décadas, con mucho hueco para construir y terrenos a la espera de un postor interesado en transgredir ese rincón donde nunca pasa nada, pues el Guinardó es uno de los grandes desconocidos de la ciudad, tanto que muchos lo identifican con la periferia al ignorar su cercanía con la Sagrada Familia o su relativo vínculo con Gràcia. De no haber nacido en el barrio no compartiría mi doble nacionalidad de patria chica y cuadrícula sentimental, ambas unidas por los pies, las mañanas y las noches.

En los años sesenta todo sufrió un vuelco que cuenta a la perfección Ana María Briongos. En una parcela propiedad de la familia de Ferran Fullà, por aquel entonces su marido, se dieron una serie de circunstancias que derivaron en una alianza de intereses que el padre de la chica aprovechó para proponer la construcción de un bloque de pisos encargado a dos arquitectos noveles. Óscar Tusquets y Lluís Clotet, ambos en sus primeras lides en el oficio tras haber cumplido el servicio militar.

El resultado fue, según palabras de Briongosm “un laberinto. Nunca sabías quién era tu vecino, ni el de arriba ni el de abajo pues los pisos se solapaban, los había de una planta, también dúplex y tríplex, con escaleras que subían y luego bajaban. Todos eran diferentes, de una habitación, de dos, de tres y hasta de cuatro. Tenían claraboyas por las que se veía el cielo. Las chimeneas parecían las almenas de un castillo. Y los espacios comunes eran amplios y luminosos y en ellos se ponían belenes en navidad o se jugaba al fútbol. Los que fuimos a vivir allí lo tomamos como una aventura. Llegaron pocas familias normales pues los niños se podían descalabrar con tanta escalera y la estética que gustaba en general no era aquella.”

Tamaño delirio sólo podía aportar savia nueva. La Barcelona de la segunda etapa del Franquismo precedió a la Movida y a todos los santos supuestamente progresistas del imaginario nacional. En su versión oficial lo hizo desde la llamada Gauche Divine, una burguesía ilustrada que pobló la parte inmediatamente superior de la Diagonal entre locales, fiestas y muchas ideas que fueron revolucionarias hasta que se encaramaron en el poder y se hicieron cansinas por repetición.

Siempre, no lo olvidemos hay una cara B, y esta se gestó en grandes proporciones en los inmuebles de Gènova 25, donde, entre otros, vivieron Víctor Jou, inventor de la mítica sala Zeleste del carrer Platería, la escritora Marta Pesarrodona, el futbolista Foncho o el pintor Salvador Jové. Más allá de los residentes es increíble pensar en el ambiente generado en esa extraña estructura. Serrat tocó sus canciones, Pau Malvido, el pequeño y contracultural hermano de los Maragall, agitó el gallinero como sólo él sabía hacerlo y entre los asistentes de ese laboratorio improvisado no era difícil encontrar la entusiasta energía de Pepe Ribas de Ajoblanco. No es nada osado decir que eventos como Canet Rock nacieron en alguna de esas treinta y tres viviendas diferenciadas de las demás tanto por su distribución como por sus metros cuadrados. Para remarcar aún más la disparidad no se accedía a todas de la misma forma. En ciertos pisos la entrada, casi siempre abierta, era en bajada, mientras que en otras las escaleras demolían las piernas de amigos y conocidos.

En el documental Construïnt Llibertat los protagonistas de aquellos años recuerdan la experiencia con ecos de comuna. Todo era posible, todo estaba por hacer y ellos representaban la posibilidad real de un mañana mucho más heterogéneo en sintonía con todo el movimiento barcelonés de los primeros setenta, expresado en movimientos como la gloriosa FAVB en su lucha por lograr una urbe digna para la ciudadanía o el pilar subversivo de la Rambla, con Nazario, Ocaña y Camilo como primeras espadas.

Toda esta valentía se perdió como lágrimas en la lluvia, esa es la triste paradoja, con la llegada de los ayuntamientos democráticos y el ascenso del Pujolismo. Ambas realidades políticas consiguieron aniquilar esa peligrosa brisa hasta crear una cultura domesticada e inofensiva aún prevaleciente en nuestro horizonte, por eso pasear por Gènova, observar la provocación del ladrillo, considerado pobre como motivo constructivo, y la iconoclastia de la casa Fullà sigue siendo una bocanada de aire fresco y un hálito noble para alterar el panorama. Todo ello apartado del centro, factor bien simbólico. No menosprecien a la periferia. Suele tener llaves prohibidas para los mediocres.

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