La caperucita que siempre amó al lobo

La caperucita del Passeig Sant Joan ha sido la heroína de muchas historias, la más célebre relacionada, como no podía ser de otra manera, con la literatura y el primer bookcrossing barcelonés, impulsado por Joan de Sagarra cuando entendió que las estanterías de libros se comían su apartamento y optó por dejar con cierta frecuencia libros en el pedestal de esta niña

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Entre 1910 y 1920 la Comisión del Eixample decidió embellecer la cuadrícula de Ildefons Cerdà con varias fuentes públicas. El primer concurso se falló en diciembre de 1911 y lo ganó Josep Campeny, a quien corresponde la trilogía del Trinxa, el chico del cántaro y una última conocida como la de la rana, ubicadas respectivamente y aún visibles en ronda Universitat con Pelai, plaça Urquinaona y en la falsa esquina de Còrsega con Diagonal.

La segunda liza se adjudicó al cabo de dos años y el ganador fue Eduard B. Alentorn, quien nos regaló la fuente de las tortugas de la plaça Goya, hasta hace poco en restauración, la lechera de plaça Letamendi y la del Negret o la Palangana en el cruce de Diagonal con Bruc. En 1920 Marés consiguió la tercera puja con la ignoradísima fuente de la sardana en plaça Tetuán y doce meses después el consistorio encargó dos más. La primera está en Bailén con Diagonal y representa a un Efebo, obra de Àngel Tarrach.

Nuestra protagonista de hoy apareció en 1921 y es fruto del esfuerzo creativo de Josep Tenas y la fundición en bronce de Gabriel Bechini. La modelo para la figura central era Ramona Tenas, sobrina del escultor, fallecida el año pasado a la muy proba edad de 104 primaveras. Cada vez que visitaba Barcelona acudía a contemplar la pieza realizada por su tío, quien casi sin querer le rindió un homenaje eterno, haciéndola más inmortal que sus propias creaciones, bastante desapercibidas pese a figurar en ubicaciones importantes de la ciudad. Su pescador, ideado con motivo de la Exposición Internacional de 1929, se halla en plaça Catalunya, mientras que su Colón pidiendo pan y agua en la puerta del monasterio de la Rábida se encuentra en la base del famoso monumento al descubridor del Nuevo Mundo.

La caperucita de passeig de Sant Joan no goza de mucha fama popular. Lo sé porque en mis paseos con alumnos la enseño con mucho cariño y muchos de ellos confiesan admirarla por primera vez, casi con frustración, pues todos, queramos o no hemos sucumbido a los encantos del cuento plasmado en papel por Charles Perrault o los hermanos Grimm.

Su historia tiene mucha miga, y no me refiero a las de Hansel y Gretel. En un principio se emplazó en el actual passeig Lluís Companys, conocido durante el primer tercio del siglo XX como Saló de Sant Joan, la parte más noble en esta recta trifásica de apenas dos quilómetros. Uno imagina como sería por aquellas fechas el lugar y no puede sino maravillarse ante el aluvión de estatuas entre las dedicadas a héroes de la catalanidad, el homenaje con obelisco a Rius i Taulet, alcalde durante la Exposición de 1888, y nuestra amiga, que quizá llenó el hueco dejado por Rafael de Casanova, trasladado en 1914 a la ronda de Sant Pere, donde siempre ha sido, salvo en cuatro décadas nefastas, el epicentro de la celebración del once de setiembre.

En una foto de 1923 se observa a la caperucita con un aspecto casi fantasmagórico por la calidad de la imagen. En 1929, con motivos de la reforma que condujo a Hércules a la zona, fue desplazada hasta el número 138 de passeig de Sant Joan, justo enfrente de donde se encuentra hoy en día. Mantuvo su puesto y su ligero ladeo hasta los años 70, cuando con motivo de la construcción de un parque infantil descendió algunos metros. Finalmente, siempre víctima de modificaciones del trazado, recibió su enclave en apariencia definitivo a finales de la pasada centuria, cuando reposó, o eso cree, justo delante del bloque de pisos sesentero que suplió a la antigua y majestuosa fábrica de motor Elizalde.

La caputxeta de passeig de Sant Joan ha sido la heroína de muchas historias, la más célebre relacionada, no podía ser de otro modo, con la literatura y el primer bookcrossing barcelonés, emprendido por Joan de Sagarra cuando entendió que las estanterías de libros se comían su apartamento y optó por dejar de vez en cuando títulos en el pedestal de esa niña famosa en todo el orbe terráqueo. Con ello renovaba la tradición bibliófila del paseo, iniciada en 1891 con la inauguración de la biblioteca pública Arús y continuada en los años treinta con los bancos de lectura aledaños al monumento a Jacint Verdaguer, poeta nacional convertido en rotonda mientras aprecia desde la altura su olvido por gran parte de la ciudadanía.

La iniciativa del más ilustre cliente del bar Oller se expandió por Barcelona y tuvo imitadores a lo largo y ancho de sus barrios. Ahora la fuente yace con su pequeño grifo y sin volúmenes, pero tampoco pasa nada, lo bonito es contemplar a nuestra caperucita, única en el mundo por su aire ingenuo y una sonrisa acompasada con la caricia al lobo, que ha dejado de ser su enemigo para devenir casi una simpática mascota ávida de mimos.

El bronce de Tenas no es el único relativo a cuentos universales. En la plaça Gala Placídia, en la frontera entre Gràcia y Sant Gervasi, nos espera Blancanieves, de Manuel Benedicto, quien en 1947 presentó su Pescador en el cruce de Diagonal con Casanova con motivo de otro concurso municipal completado con Rut, santo y seña de la plaça de la Virreina pese a que ninguno de sus asiduos pueda decirnos su identidad, y lo mismo acaece con la de su autor, Josep Maria Camps i Arnau.

Barcelona es, junto a Roma, una de las pocas ciudades occidentales con centenas de fuentes en sus calles. Muchos caminantes las usamos para beber agua desprendiéndonos de la cursilería de otros empeñados en evitarlas. Algo bueno, acéptenlo, debía darnos nuestro catolicismo mediterráneo.

Postdata: En un giro inesperado de los acontecimientos Twitter ha demostrado ser un prodigio de ayuda entre semejantes. Colgué la foto en blanco y negro del artículo y Philipp Engel, al que desde aquí agradezco la colaboración, me mandó un documento clave para resolver el enigma del primer emplazamiento de caperucita.

Estaba, como sospechábamos, al lado del arco de triunfo, concretamente a la altura de ronda Sant Pere. Lo delata el edificio del fondo de la imagen, un inmueble del inicio, o el final, del carrer de Trafalgar. La Gaceta Municipal de 1951 aporta más datos, entre ellos el coste de la pieza, quince mil pesetas, y una descripción naif donde se considera la presencia de caperucita positiva para la expansión de los niños.

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