La calle Aiguafreda no quiere ser turismo de Instagram

El drama de esta calle es la ligera invasión turística de los últimos tiempos. Antes confinaba con otras viviendas del Torrent de Carabassa, donde ahora se levantan dos escuelas, única molestia auditiva del entorno. A pesar de ser visibles desde el Carmel son un oasis casi irreal, una reliquia sobreviviente a la demoledora modernidad

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

En 1904 el pueblo de Horta pasó a formar parte de Barcelona. La fecha no es casual e indica una resistencia a englobarse dentro de la gran ciudad, a diferencia de los otros municipios anexionados por el Real Decreto del 20 de abril de 1897.

El último en ceder fue Sarrià. Lo hizo en 1921 y reza la leyenda que uno de sus alcaldes situó una tierra de nadie entre sus inexistentes muros y los de la capital para no caer en la trampa de la confusión de calles. Si no quedaba claro el límite del territorio la más grande se lo comía y hasta se ahorraba contar veinte. En el caso de Horta quien escribe piensa en el tranvía, verdadero vínculo de unión con la metrópolis, pero lo cierto es que si una localidad estaba a seis quilómetros podía ser engullida, y así sucedió.

Antes del siglo XX el nexo fueron las lavanderas. A diferencia de Barcelona Horta tenía un abundante caudal de agua en su riera. La escasa demografía de la población generó un negocio de lavanderas excepcional del que la Ciudad Condal durante varios siglos. En un artículo de la Vanguardia de 1968 su historia está narrada a las mil maravillas. Al principio estas chicas iban casa por casa y preguntaban quién tenía ropa para lavar. Más tarde se asociaron y cada lunes entregaban los tejidos bien aseados. Venían precedidas de un carro con el material e ingresaban a nuestros dominios por el Portal Nou de la vieja muralla, plantándose para la entrega de la mercancía en la desaparecida plaça de l’Oli. Con la construcción del Eixample amplificaron el radio de su negocio, prosiguiéndolo hasta bien entrada la pasada centuria.

De esa actividad quedan pocos vestigios. Si se pasea por Horta es probable encontrar otro recuerdo de sus mujeres en el campanario del edificio de la Caixa en la calle que da nombre al actual barrio. Antes de formar parte de la entidad bancaria era civil y sirvió para marcar las horas y llegar hasta Sant Genís dels Agudells. De este modo sus habitantes entendían pertenecer a Horta sólo por el alcance de los badajos.

Pero hubo un momento en que debieron cambiarse las campanas y para renovarlas se destruyó una tradición por la cual las chicas más humildes recibían una onza de oro al casarse. Este patrimonio, cada vez más escaso, se fundió y la única memoria de esa riqueza extinta recayó en el sonido.

No nos desviemos de la cuestión. Quien quiera apreciar esa torre de les noies podrá hacerlo si sigue un recorrido tradicional. Si, en cambio, prefiere ir hacia las lavanderas lo mejor es salir de plaça Eivissa, seguir por el angosto carrer de Pere Pau y de ahí subir el de Tajo, dejar atrás el horrible mercado y aventurarse a la izquierda de Dante, caracolear un poco y buscarse la vida para dar con el carrer de Aiguafreda. Siento ser menos explícito en mi guía. Lo hago por vuestro bien, para haceros comprender cómo llegar hasta ese tesoro es un laberinto con premio.

Hasta hace pocos años la búsqueda era bastante menos ardua. Los vecinos se cabrearon y cerraron un acceso. Ahora hay uno desde el carrer de Granollers, antiguamente dedicado a Recaredo, un conjunto de casas bajas decimonónicas con mucho regusto popular y más hermosas si cabe por su policromía. Mientras lo avanzáis daréis con un pequeño descenso, la puerta de entrada a Aiguafreda.

El drama de esta calle es la ligera invasión turística de los últimos tiempos. Antes colindaba con otras viviendas del Torrent del Carabassa, donde ahora se alzan dos escuelas, la única molestia auditiva del entorno. Pese a ser visibles desde el Carmel son un oasis casi irreal, una reliquia superviviente a la demoledora modernidad. La mayoría están protegidas y forman una doble hilera. La primera, en su lado superior, está configurada por los domicilios de sus vecinos. Hace poco pusieron un cartel para prohibir filmaciones y más molestias de las necesarias. La placa quedó en la piedra por un rodaje y ahora la han dejado por una clara conciencia del conductismo humano. En la esquina inferior es posible contemplar pozos y pilones, con uno final extraordinario por su conservación y tamaño. En medio nos observan, y observamos ranas, flores, un puente, infinitos colores, un suelo vetusto y el silencio del lujo, el mismo que permite sentarse en la puerta, departir con los demás y hasta percibir amenaza ante la llegada de los extraños visitantes, siempre más numerosos.

Por placer y trabajo circulo por el carrer d’Aiguafreda varias veces al año. De día la actividad es casi nula. En primavera las tardes se llenan de cigarrillos de sobremesa. He compartido alguno y familiares de los propietarios me han comentado el hartazgo de ser el secreto mejor guardado de Horta. Se acepta. Sólo piden respeto y silencio. Por la noche los jóvenes imitan a los mayores, quedan con sus amigos y charlan desde la tranquilidad del privilegio.

Al haber cortado uno de los accesos es posible bajar por un camino casi sin asfaltar y llegar al tramo inferior de Llobregós, previo a la rambla del Carmel. La otra opción es rehacer el camino y volver hacia lo clásico, llegar a la calle de la Rectoría, valorar las pequeñas casas de veraneo, subir por Campoamor y pasar el club de Tenis. En su clausura aún se divisan restos de la primera iglesia de Sant Joan d’Horta, quemada durante la Semana Trágica y sustituida por una mole antiestética obra de nuestro amado Enric Sagnier.

Lo curioso de este relato es saber que los turistas son los descubridores de ese reducto galo. Ocurre un poco como en la plaça Milans adyacente al carrer d’Avinyó. No van por interés histórico. Acuden para sacar una bonita foto para Instagram. Este detalle dice mucho. Sobran las palabras y los actos para mejorar el concepto que tanto dinero da a ciertas arcas.

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