La Barcelona invisible: Can Peguera (y III)

El misterio de los realojamientos es una metáfora más del desprecio a las clases bajas en la capital catalana. Los hombres y mujeres de Can Peguera han sido personas sin presencia en la Historia, entre otras cosas porque casi nadie arriesgara unas horas de su existencia por descubrir esa urbe dentro de la urbe

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Les casetes de planta de Can Peguera | Jordi Corominas

Les casetes de planta de Can Peguera | Jordi Corominas

La súbita irrupción del viejo verdugo postergó este artículo sobre mi paseo por las casas baratas de Can Peguera. Era un domingo por la tarde, justo en ese momento del año donde el verano está sin haberse consolidado del todo, y como consecuencia la calma era profunda, como si la ciudad estuviera sumida en una extraña siesta, sin fútbol en los bares ni resacas muy profundas a la espera del lunes y la jornada laboral.

Como casi siempre caminé solo, sin nadie reparando en mi presencia. En más de una ocasión he transitado por el Raval y la rectitud de sus calles me hizo pensar en su trazado militar. En nuestra protagonista de estas semanas existe un factor parecido, pero con otras connotaciones. Ya no es tanto un diseño forjado por soldados, sino esa mezcla tan de ese momento entre el oasis y el polígono, con su comprensible influencia industrial.

Al fin y al cabo, lamento no ser un pájaro, pues este tipo de construcciones se aprecian mejor desde las alturas. En el llano asombran las casitas de planta, percibiéndose su diferencia con el resto de la ciudad. Ahora, pasados noventa años desde su inauguración, son una curiosidad arquitectónica con un elemento social conflictivo a partir del nivel de pobreza, alarmante y en absoluto menguado durante esta década, casi como si la zona tuviera una maldición eterna, nada sorprendente por otra parte, pues si se observa el paisaje su horizontalidad se complementa en los alrededores con verticales bloques de pisos, casi un resumen de la especulación urbanística de Barcelona en sus periferias.

Les casetes de planta de Can Peguera | Jordi Corominas

Pasolini, a quien recurro mucho en estas últimas entregas, hablaba del extrarradio romano como un tercer mundo dentro del primero, y por eso mismo invisible al ser este último quien maneja las riendas de lo conveniente. No era aconsejable exhibir las vergüenzas de la opulencia, siempre, como todo, con claroscuros más lóbregos que lumínicos. La referencia italiana no es nada casual. Primo de Rivera era Mussolini para Alfonso XIII y lo poligonal para los olvidados encajaba con las borgate esparcidas por las afueras para albergar a los antiguos habitantes del centro destrozado para propiciar perspectivas fascistas, como en la avinguda María Cristina, donde los pobres de las cercanías molestaban.

En Barcelona este ostracismo del meollo es bien visible durante este estío en una Exposición del Arxiu Fotogràfic relativa a las calles desaparecidas por la reforma para crear la Vía Laietana, la arteria suplementaria del Eixample como avenida para oficinas y control de la ciudadanía al llegar al mar y permitir una circulación más fácil de tropas para reprimir esas rebeliones de otrora, las de la rosa de fuego. Nadie sabe dónde fueron a parar los inquilinos de esas venas nerviosas y estrechas, herederos en fortuna desdichada de los expulsados del Born, reinstalados según un tópico en la Barceloneta, pero las fechas no cuadran en absoluto si fechamos su quedarse sin techo en 1714 con los fastos al lado del mar en 1753, cuando nació el popular barrio de pescadores.

El misterio de los realojamientos es una metáfora más del desprecio a las clases bajas en la capital catalana. Los hombres y mujeres de Can Peguera han sido personas sin presencia en la Historia, entre otras cosas porque casi nadie arriesgara unas horas de su existencia por descubrir esa urbe dentro de la urbe. Cuando los papeles hablan de la lejanía provocan un terremoto de sonrisa en la autocomplacencia, sobre todo en nuestra época, donde la denuncia es agradable para equilibrar las conciencias.

Cuando en 1966 Marsé habló del Carmel puso sobre la mesa la dualidad a partir de dos personajes. Ahora su apuesta sería inútil. Nadie lee los textos, quedándose con titulares para transformarse en tertulianos de bar desde el sofá, actitud mucho más prestigiosa según dicen por la superioridad moral de las redes sociales, otro absurdo en la era de la estupidez.

Les casetes de planta de Can Peguera | Jordi Corominas

Podríamos verter más y más ríos de tinta sobre los excluidos del radar mediático. Mis impresiones están condicionadas por la misma Historia. Si no hubieran resistido ahora vivirían en rascacielos y habría uniformidad estética en ese sector de Nou Barris, distrito que un redactor de El País cataloga de clase media, señal de no haberlo pisado o creer en el aumento de su renta, fruto de la exclusión de muchos jóvenes residentes en el Eixample hacia ese destino por no poder pagar el alquiler donde vivían.

En Can Peguera los males son otros. Sin embargo, es hermoso ese silencio y la familiaridad de butacas al lado de la puerta de casa, la ropa tendida sin paranoias de ladrones y un sentarse con el vecino para charlar de cualquier anécdota sin la velocidad impuesta desde la caída del muro de Berlín y la santificación de Internet.

Por supuesto muchos podrán calificar el último párrafo de retahíla de lugares comunes y andarán errados. Pertenezco a otro estrato de Barcelona. En el Guinardó tampoco nos visitan por una cuestión de pereza, así pues imagínense en este límite. Lo raro es acercarse, y hacerlo comporta curiosidad y preocupación por comprender el conjunto federal donde vivo.

De pequeños deberían enseñarnos a leer mapas hasta la extenuación. Si pregunto por la calle a cualquier viandante sobre los 73 barrios de la ciudad no sabrá decirme ni la mitad. Mientras tanto abandono las casas baratas y me acerco a la plaza de la República para coger el metro. Estoy a dos paradas de mi hábitat, y ese suspiro para una gran mayoría es travesar dos continentes. Vuelvo a Pasolini, con el robo de la motocicleta al final del filme y la muerte del antihéroe en el Ponte Testaccio, encrucijada entre la Roma moderna y la cegada por dimisión de los focos. Antes de fallecer Acattone dice estar bien. Me pregunto dónde cifrar la línea invisible y demoledora entre nuestras dos ciudades, me pregunto porque nunca nadie hizo nada por cancelarla y auspiciar otra educación para la igualdad.

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