Junqueras gana a Puigdemont en la lucha por la hegemonía independentista

En Catalunya, los resultados electorales se pueden analizar bajo el prisma del independentismo para ver cómo han supuesto un momento histórico de impase entre ERC y la formación heredera de CDC, Junts per Catalunya.

Guillem Pujol
 
 
 
Oriol Junqueras i Carles Puigdemont, al Parlament de Catalunya | Parlament.cat

Oriol Junqueras i Carles Puigdemont, al Parlament de Catalunya | Parlament.cat

Los resultados de las elecciones llevan cola. Un nuevo parlamento más heterogéneo, la pugna entre el eje izquierda y derecha, la llegada de la extrema derecha a las instituciones, el batacazo histórico del Partido Popular… Se abre un escenario diferente, y Pedro Sánchez tiene opciones de mirar a ambos lados para formar gobierno, o bien intentar gobernar en solitario en un escenario de geometría variable. En Catalunya, sin embargo, los resultados se pueden analizar bajo otro prisma: el de una lucha que arrancó el año 2012 y que perdura hasta hoy, más cruenta que nunca. Hablamos de la hegemonía por el espacio independentista.

Desde que Artur Mas decidió fijar la histórica Convergència Democràtica en el mundo independentista (antes eran un partido nacionalista catalán) se redefinieron dos campos de batalla que se habían mantenido perennes casi desde los primeros años de democracia. El primero y más evidente, la lucha por el espacio independentista. El independentismo antes del 2012 no era un espacio de aspiración política transversal, sino un nicho concreto de afiliación identitaria. La antigua convergencia no tenía ningún problema en cederle el espacio a ERC, porque sabían que se quedaban con el trozo más grande del pastel. El segundo, un cambio en los jugadores principales que aspiraban a definir el catalanismo político, este espacio central de la política catalana que CDC había hegemonizado durante décadas (con el PSC como rival en algunas temporadas). Pero volvamos al día de hoy, donde las elecciones generales del 26A han supuesto un momento histórico de impase entre ERC y la formación heredera de CDC, Junts por Catalunya. Fijamos la atención en sus respectivos líderes.

Junqueras vs Puigdemont

Ni Puigdemont se presentaba como candidato, ni Junqueras podía hacer una campaña normal en estos comicios, pero sus figuras son tan potentes que eclipsaban Laura Borràs y Gabriel Rufián, los respectivos cabezas de lista en la práctica. La lucha por este espacio es también la lucha entre Junqueras y Puigdemont, que nunca se han llevado bien el uno con el otro, especialmente desde las discrepancias en asumir las responsabilidades de la organización del 1 de octubre. Junqueras y Puigdemont representan dos estilos de liderazgo casi antagónicos, y es posible que haya tenido algo que ver en la decisión de la mayoría de catalanes y catalanas de apoyar el primero en detrimento del segundo.

Junqueras, que desde de Lledoners (y ahora otra vez Soto del Real) mueve los hilos de su organización política, destaca por su puesto conciliador, sereno, y cercano. Es decir, como se suele caracterizar estos atributos en política. Junqueras es el paradigma del «perfil bajo». Pretende liderar (de puertas afuera) no tanto con la presencia de autoridad sino con la proximidad desacomplejada. Cabe decir que todo es proyección e imagen, pero en gran parte de ello la política. Por su parte, Puigdemont caracteriza el liderazgo del líder carismático y el personalismo político. Puigdemont sostiene el partido, lo que debe verse como una debilidad del mismo.

Otra de las capacidades de Junqueras ha sido su inteligencia a la hora de diversificar su discurso, siempre bajo la idea de ensanchar la base, por ejemplo, con las figuras de Rufián y Aragonès. El uno con un discurso formalmente de izquierdas (recordemos que se declara marxista), el otro con un perfil institucional moderado que pretende transmitir la tranquilidad suficiente para que las élites y los poderes financieros confíen en la formación republicana. Puigdemont, por su parte, representa un liderazgo tan activo que se acepta implícitamente (sea o no cierto), que el actual presidente de la Generalitat es un transmisor más en su cadena de mando. Es posible que el modelo de liderazgo de Puigdemont necesite un contexto de alta tensión política donde el debate gire en torno a un solo tema (la independencia, en este caso). Pero la tensión no se puede mantener eternamente constante. En este sentido, los vientos le eran favorables a Junqueras.

Hiperventilados vs traidores

Una manera de analizar este combate fratricida es ver qué dicen el uno del otro para deslegitimar sus correspondientes discursos. No lo decían directamente, porque obviamente no pueden hacerlo. Pero sí han incentivado unos elementos de ataque que se ha ido difundiendo por los medios de comunicación y, sobre todo, por las redes sociales. Dos palabras que ya forman parte de este universo lingüístico del independentismo: los hiperventilados y los traidores. La estrategia de ERC era enmarcar a Junts per Catalunya dentro del marco de los «hiperventilados». ¿Qué significa ser un hiperventilado? Significa tener un discurso centrado exclusivamente en la voluntad de independencia, ignorando el resto de asuntos políticos. No sólo eso; significa, también, que la forma en que se adopta el discurso sobre la independencia ignora las sutilezas del realismo político, las estrategias del rival, la correlación de fuerzas, etc. Es, por tanto, un ataque que señala que el posicionamiento es puramente pasional: pero las batallas no se ganan sólo con corazón, sino también con cabeza.

La estrategia de Junts per Catalunya respecto a ERC implicaba acusarlos de traidores al deseo independentista y al legado del 1 de octubre (sea lo que sea que eso signifique). Una estrategia claramente ofensiva con la intención de deslegitimar ERC como fuerza capaz de llevar a Catalunya a la independencia, y que tienen en Puigdemont su principal valedor. Es cierto que el que está identificado como principal enemigo del unionismo es Puigdemont y no Junqueras, y que fue él el Presidente de la Generalitat – y, en última instancia, el máximo responsable – de los hechos sucedidos entre septiembre y el octubre de 2017. Pero la acusación de traidor, que bien ha disfrutado de una parte importante del apoyo del votante independentista, levanta ampollas entre el votante independentista no movilizado, en tanto que abre una rendija difícilmente irreconciliable dentro del independentismo. El sueño de la unidad, hecho pedazos.

La realidad es que no sólo ERC ha ganado la batalla del relato por la independencia, sino que Junts per Catalunya, a estas alturas, no tiene un discurso de gobierno más allá de la confrontación con el Estado. Algunos añoran la solidez de la vieja Convergencia, y en el horizonte hay voces que dibujan el retorno de Artur Mas como la esperanza de cambio de una formación que no pasa por sus mejores momentos.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*