Joan Antoni Solans, el urbanista que hizo posible la Barcelona de hoy

Con la muerte del urbanista Joan Antoni Solans desaparece una figura fundamental en la transformación urbana de Barcelona en los difíciles tiempos de la transición. Los parques de l'Oreneta, Can Dragó, Estació del Nord, Pegaso, España Industrial o les Aigües, por ejemplo, son una realidad gracias a Solans y al alcalde Socías Humbert

J.J. Caballero
 
 
 
Joan Antoni Solans, al centre, mirant al front, al costat del regidor d'Urbanisme Ricard Boix i alguns periodistes, entre ells Maria Favà, Mari Ángeles Alcázar i Jordi Bordas. Foto cedida per Maria Favà. Autor desconegut.

Joan Antoni Solans, al centre, mirant al front, al costat del regidor d'Urbanisme Ricard Boix i alguns periodistes, entre ells Maria Favà, Mari Ángeles Alcázar i Jordi Bordas. Foto cedida per Maria Favà. Autor desconegut.

Barcelona tiene una deuda con el ex alcalde Josep Maria Socías Humbert y ahora tiene una doble deuda: con Socías Humbert y con Joan Antoni Solans. La Barcelona contemporánea no sería la misma sin las políticas urbanísticas que el tándem Socías-Solans desarrolló en 1977 y 1978, el primero al frente de la alcaldía y el segundo como Delegado de Servicios de Urbanismo. El arquitecto y urbanista Joan Antoni Solans falleció el 2 de septiembre al ser atropellado por un coche que realizaba una maniobra en Calella de Palafrugell. Tenía 77 años.

En tiempos de transición y de escaso control por parte de las administraciones, con importantes intereses por convertir terreno público en edificable, Socías y Solans rescataron para el futuro grandes espacios (cuarteles y terrenos ferroviarios, sobre todo) que habían perdido su función y que eran objeto de codicia de las constructoras.

La lista de esos terrenos que pasaron a manos públicas suma más de 80 hectáreas, un espacio equivalente a las manzanas del Eixample delimitadas por el Passeig de Gràcia, la calle Sardenya, la Gran Via y Còrsega. Renfe y el Ejército aspiraban a sacar un buen rendimiento de todos ellos, pero Socías y Solans lograron frenar los intentos especulativos. Solans sabía muy bien lo que tenía entre manos. Había sido, acompañando a Albert Serratosa, uno de los autores destacados de la revisión del Plan Comarcal de 1953, que se transformó en el Plan General Metropolitano de 1976. Conocía cada rincón de la ciudad, como después conoció cada rincón de Catalunya en su etapa de Director General d’Urbanisme de la Generalitat.

Compra a plazos

Todos esos terrenos no fueron exactamente comprados por el Ayuntamiento, sino comprometidos para ser pagados en el futuro, porque los consistorios de finales del franquismo tenían las arcas vacías. Socías y Solans pensaron que ya que no tenían dinero para desarrollar proyectos, lo más apropiado era garantizar que todos esos espacios se convertirían algún día, con los futuros ayuntamientos, en equipamientos y zonas verdes para la ciudad. Y de ahí esa especie de compra a plazos.

Esta visión de futuro, en tiempos del “sálvese quien pueda”, no fue entendida por algunos de los nuevos responsables políticos surgidos de los comicios de 1979, las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. Con más o menos discreción, diversos representantes del PSC echaban pestes contra Socías y Solans por lo que consideraban un endeudamiento excesivo. Tiempo después, cuando todos esos terrenos yermos se transformaron en espacios públicos, ya sólo pensaban en cuándo inaugurarlos.

Temido por los alcaldes

Solans continuó un tiempo como Delegado de Servicios de Urbanismo en el nuevo Ayuntamiento, pero sus desencuentros con diversos responsables políticos acabaron con su salida de la administración municipal en 1980. Solans resultaba incómodo para algunos políticos, como quedó demostrado durante sus veinte años al frente de la Dirección General de Urbanismo de la Generalitat.

Numerosos alcaldes, especialmente de CiU, partido que estaba al frente de la Generalitat, solicitaron su cese por sus políticas estrictas respecto a la ordenación territorial. Muchos alcaldes creían que podían hacer y deshacer a su antojo en su municipio, pero ahí toparon con Solans, que logró mantenerse en su puesto sin modificar ni un ápice su respeto al territorio y su lucha contra la especulación. Hasta que en el año 2000 fue cesado para ser nombrado Director General de Planificación, un cargo meramente administrativo que no le concedía margen de maniobra. Poco después, abandonó la conselleria.

Tan temido por políticos como respetado por periodistas y representantes de las asociaciones de Vecinos, Joan Antoni Solans mantuvo el contacto con muchos de ellos tras su desaparición de la esfera pública. La periodista María Eugenia Ibáñez pidió que fuera Solans quien la presentara cuando recibió el reconocimiento profesional Ofici de Periodista.

Hace un año, el arquitecto convocó a Maria Favà, también periodista, porque quería leerle el libro que había escrito con las experiencias de su trayectoria profesional. Maria Favà recuerda algunas de las “bestias negras” de Solans: las políticas urbanísticas que pretendía desarrollar el Ayuntamiento de Alp y la transformación en hotel del palacete de Miramar, antigua sede de RTVE. Solans consideraba que se trataba de una obra ilegal y logró frenar su construcción durante diez años.

Como ocurría con cada rincón de Barcelona y cada rincón de Catalunya, conocía el terreno que pisaba. Sabía de aquel antiguo camino de Montjuïc a Poble Sec que iba a desaparecer con el proyecto. “Amaba las cosas –resume Maria Favà-. Eso era bueno para algunos y malo para otros”.

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