¿Había que ‘matar’ a Iniciativa per Catalunya?

Iniciativa per Catalunya Verds (ICV) ha entrado en un proceso (concurso de acreedores + ERE de toda la plantilla) que la lleva irremediablemente a la disolución, una muerte inducida que tiene que servir, se supone, para fortalecer el proyecto de Catalunya en Comú, si bien no todos los dirigentes y militantes ecosocialistas lo ven tan claro.

Víctor Saura
 
 
 
Un moment de l'assemblea nacional d'ICV celebrada l'abril de 2016 | Foto: Facebook ICV

Un moment de l'assemblea nacional d'ICV celebrada l'abril de 2016 | Foto: Facebook ICV

Izquierda Unida no se ha inmolado para integrarse en Podemos; ni tampoco EUiA; en el seno de la CUP conviven varios partidos, con sensibilidades y dinámicas propias; de las cenizas de CDC y UDC han nacido un sinfín de siglas… ¿Hacía falta, pues, matar a ICV? ¿Tan amortizada estaba la marca Iniciativa? Heredera del eurocomunismo, en sus 32 años de vida Iniciativa per Catalunya Verds ha tenido siempre una militancia (alrededor de 5.000 personas) y una base electoral (entre 100.000 y 300.000 votos) minoritaria pero fiel; y es, junto con ERC, el único partido catalán con responsabilidades de gobierno –en la Generalitat del tripartito y en muchos municipios– que no se ha visto nunca salpicado por casos de corrupción. Al contrario, en los ochenta fue pionera en la denuncia del nepotismo, corruptelas y martingalas del pujolismo… cuando entonces aquello era predicar en el desierto.

“Queremos construir un espacio de izquierdas que genere mayorías sociales, y por eso lo que hace falta ahora es fortalecer Catalunya en Comú, debemos hacer una organización fuerte pero que piense más hacia afuera que hacia adentro. Esta construcción todavía no ha concluido, y ahora tenemos que ver cómo lo hacemos para no perder a nadie en el camino”. David Cid, coordinador nacional de ICV desde 2016 (cargo que comparte con Marta Ribas), tiene claro que se trata de una decisión “emocionalmente complicada”, y en parte forzada por la situación económica del partido ecosocialista, pero necesaria en cualquier caso. Su apuesta, avalada por el último consejo nacional del partido, es que ICV pase a mejor vida mientras la Fundació Nous Horizonts, que no está afectada por el concurso de acreedores, mantiene su actividad como albacea de la memoria histórica del PSUC y como think tank del espacio ecosocialista.

Iniciativa per Catalunya (IC) nació en 1987 de la confluencia de tres partidos, si bien el PSUC era y continuó siendo el hegemónico, y el que aportó el grueso de los activos ideológicos, humanos y materiales de la nueva formación. Los otros dos partidos fueron la Entesa dels Nacionalistes d’Esquerra (ENE) y el Partit dels Comunistes de Catalunya (PCC), y más adelante, en 1995, se añadiría la V, a partir de lo que primero fue una coalición electoral con Els Verds (partido nacido de la fusión de varias formaciones ecologistas entonces extraparlamentarias). Todo esto explicado muy rápidamente, puesto que en estos 32 años ha habido también varias escisiones y reagrupamientos, si bien con el cambio de siglo ICV consigue mantener su espacio sin excesivas convulsiones, con una coalición estable con EUiA, el referente de Izquierda Unida en Cataluña. Hasta que llega 2011, con la eclosión del 15-M, que sacude los cimientos de la izquierda real porque conecta muy directamente con buena parte de su electorado natural.

Razones más políticas que económicas

La situación económica del partido ecosocialista era muy delicada, y es la que se ha expuesto a la hora de justificar el concurso voluntario de acreedores, con la intención de que sea un proceso ordenado y transparente. En síntesis, el partido arrastra una deuda de algo más de 9 millones de euros, cifra que se espera reunir con la venta de los 26 locales de la formación. En estos momentos todo esto está en manos del administrador concursal; la dirección de ICV ya no tiene el control de los locales, la web o las redes sociales, que han sido desactivadas. “La situación era difícil, pero durante años se había ido recortado la deuda, toda la organización hizo un esfuerzo de reducción de gasto y austeridad”, explica Dolors Camats, que durante el trienio 2013-16 estuvo al frente del partido haciendo tándem con Joan Herrera.

El alquiler de la histórica sede de la carrer Ciutat se extinguió en el peor momento de todos, el año antes del inicio de la crisis económica, y el nuevo local del passatge del Rellotge, también en Ciutat Vella, tuvo un coste de tres millones de compra y tres más de rehabilitación. El año 2011 se superaron los 16 millones de euros de deuda, cifra que se ha conseguido rebajar en siete millones, aproximadamente un millón cada año. A ICV, recuerdan David Cid y otros dirigentes, ninguna entidad financiera le ha condonado nunca un euro de deuda. Y todavía es hora de que el Estado indemnice al PSUC por el patrimonio confiscado por el franquismo después de la guerra.

Pero lo que hace inviable la situación, coinciden varias fuentes, son las decisiones tomadas a partir de 2016, cuando progresivamente la parte del salario que pagan los cargos electos y las subvenciones que recibe el partido en función de su representación parlamentaria se decide que se destinen a Barcelona en Comú. “Había que tomar decisiones drásticas, seguro, pero finalmente las razones que nos llevan aquí son más políticas que económicas”, considera Camats. La antigua dirigente, que todavía es miembro del consejo nacional, propuso en la reunión de julio que para la decisión de disolver el partido se convocara a su asamblea nacional, el órgano más representativo, pero la propuesta fue desestimada. “Creo que por dignidad y respecto a la militancia se tendría que haber hecho así”, añade.

El encaje en Catalunya en Comú

Durante los años del procés, ICV ha sufrido relativamente pocas deserciones (las más notorias serían las de Raül Romeva y Toni Morral), a pesar de las bofetadas que ha tenido que soportar de ambos lados por el hecho de situarse en tierra de nadie. Para muchos de los consultados, esto es producto de una “cultura política” que es difícil que se mantenga en el proyecto de los comunes (donde ya se han registrado bajas muy sonadas, como la de Xavi Domènech, o migraciones a otros espacios políticos como las de Albano Dante Fachín o Elisenda Alamany). “Catalunya en Comú es un nuevo sujeto político, tiene cosas que ICV ha aportado, pero otras muchas que no”, reconoce Camats.

“Existe el riesgo de que se produzca un sentimiento de orfandad entre parte de la militancia y el electorado”, admite también Joan Herrera. “El tema más relevante –subraya– es la cultura política de ICV. De izquierdas, fraternales, municipalistas, con una estrecha conexión con el mundo del trabajo, con una creencia de que las ideas no viven sin organización, innovadores, unitarios, nada sectarios y ecologistas. El elemento central está en si estos valores y esta cultura permanecen o no”.

Rafael Ribó, Joan Saura y Joan Herrera. Tres épocas de ICV a través de su propaganda electoral.

“Es verdad que ICV tiene una militancia muy resiliente y comprometida, con mucha cultura de debate y participación presencial, mientras que quizás el militante de Podemos es más de acción; se trata de que lo mejor de la política de ICV no se pierda”, comenta David Cid, que destaca también que, a diferencia de otros partidos que han sucumbido durante el procés, “quienes militan o han militado a ICV no se esconden, lo viven con orgullo y no con vergüenza”.

“La construcción de un nuevo espacio político es complicado, sobre todo cuando la gente viene de culturas tan diferentes, seguramente hay gente que venía del 15-M que veía a ICV como parte del establishment, pero no hay nada como gobernar para bajar al terreno de la realidad”, asegura Jaume Bosch, un histórico de ICV que ya formaba parte de la dirección del PSUC de Rafael Ribó cuando el partido decidió cambiar el envoltorio. Para Bosch, aquel paso “fue mucho más traumático, por la carga sentimental que tenía el PSUC como instrumento de la clandestinidad antifranquista”, mientras que el cambio a CeC, dice, “era inevitable, la gente de ICV tiene que asumir que estamos en una nueva fase y que los partidos no son finalidades en ellos mismos, sino instrumentos para hacer política”. Admite que las relaciones entre los comunes y la gente de Iniciativa no siempre son fáciles, si bien esto “está en vías de superación”, y considera que CeC tiene que valorar e incorporar el capital político de ICV. Como ejemplo, pone las relaciones con la izquierda verde europea que ICV ha ido tejiendo a lo largo de los años.

Lo que peor le sienta, señala Bosch, es el ERE que ha dejado sin empleo a 16 personas (dice Cid que “estamos tratando de ayudarles a encontrar un nuevo puesto de trabajo”) y el hecho de que el concurso de acreedores suponga la liquidación “de un patrimonio que se había conseguido gracias a las aportaciones de mucha gente”.

Joan Boada, diputado en el Parlament durante 16 años y hombre fuerte del partido durante mucho de tiempo en el área de Girona, tiene una visión menos optimista. “Nosotros siempre hemos tenido clarísimo que la única manera de gobernar este país pasaba por coaliciones de izquierdas, ya desde el tiempo que teorizábamos con El Ulivo italiano. Confluir con otras izquierdas forma parte de nuestra cultura, pero no hemos sabido hacer valer nuestra ideología y nuestra fuerza, que la teníamos”, asegura quién fue número 2 del Departamento de Interior durante el tripartito, seguramente el cargo más desagradecido que ha tenido que asumir un ecosocialista en estos tres decenios. “Nos hemos dejado comer por la idea del 15-M, donde había antipatía hacia lo que representaba ICV, pero en el fondo la buena gestión que se ha hecho en el Ayuntamiento de Barcelona, entre otros, es gracias a los cuadros que ha aportado Iniciativa”, añade Boada.

El escenario de 2016 y el de ahora

En todo caso, el escenario de hoy no es el que se empezó a dibujar en abril de 2016, cuando una asamblea nacional certificó el traspaso de poderes del tándem Herrera-Camats al triunvirato Cid-Ribas-Urtasun. En aquella ocasión, los dirigentes entrantes dijeron que hacía falta una ICV “fuerte” porque solo así la nueva confluencia que lideraba la ya alcaldesa Ada Coláis saldría bien. Y también que en ningún caso se pensaba en disolverse como organización porque “mantener la identidad propia no es incompatible con la construcción del nuevo sujeto político”. Y, entre los invitados, Xavi Domènech habló de construir entre todos “el PSUC de siglo XXI”, Ada Colau afirmó que “no se trata de sacrificar ni identidades ni trayectorias” y Pablo Iglesias que “hace falta que el ADN de todas las organizaciones políticas, de todas las culturas, siga existiendo. Que Podemos, que los comunes, que EUiA y, por supuesto, Iniciativa, sigan existiendo para configurar este nuevo espacio”.

¿Qué ha cambiado? ¿No se podría haber mantenido una alianza estable y una personalidad propia, como han hecho tantos partidos a lo largo de los años, o como hacen hoy IU y Podemos? “Esto también tiene dificultades –responde David Cid–, porque en estos casos no hay un espacio conjunto de decisión y trabajo. Necesitamos organizaciones fuertes, y por eso hemos apostado por la lógica de una persona un voto, y que haya espacios de decisión y reflexión en el ámbito de Catalunya en Comú”. En opinión de Jaume Bosch, lo ideal sería que, igual como está haciendo ICV, también Podemos, EUiA y otras fuerzas de izquierdas se diluyan en el seno de Catalunya en Comú, cuyo mayor reto es “construir una organización que se estructure en todo el territorio”.

(Entre paréntesis, la liquidación de Iniciativa tiene un contrapunto romántico, puesto que a los militantes se les ha dado la opción de continuar pagando la cuota a CeC o al PSUC, que nunca ha dejado de existir legalmente. Iniciativa enterró el PSUC… ¿o fue al revés?).

¿Una nueva Iniciativa con otro nombre?

Joan Boada es uno de los convencidos de que, con otra cara y otro nombre, Iniciativa tiene que seguir existiendo, una eventualidad que David Cid descarta. El consejo nacional no aprobó la disolución del partido, afirma Boada, a pesar de que la liquidación del patrimonio y despido de la plantilla suponga una disolución de facto, que se supone se concretará en un nuevo consejo nacional en otoño. “Este otoño tenemos que acabar de ver cómo va la cosa, pero nosotros debemos ir a la nuestra, las ideas están y se tienen que mantener, y en Iniciativa hay mucha gente capaz de hacerlo”, asegura. Su diagnóstico es que, con el proyecto de los comunes, “se crea cualquier cosa menos una organización, no hay estrategia, no va más allá de Barcelona ciudad y los objetivos los desconozco”.

Más o menos lo mismo opina un militante de base como Roger Molinas, más conocido con el pseudónimo de Arqueòleg Glamurós, que además de militar en ICV del Hospitalet es miembro de la corriente Comuns Federalistes y del consejo nacional de Catalunya en Comú. Según Molinas, “la gente está muy enfadada porque en las elecciones municipales cada uno iba por su cuenta, sin ningún referente orgánico sólido, sin estructura, y con pocas excepciones hemos obtenido peores resultados que cuando se presentaba ICV en solitario; no hay duda de que habrá un nuevo partido, lo que se está discutiendo es si este nuevo partido tiene que hacer coalición con Catalunya en Comú o no”.

Según Molinas, “ahora mismo Catalunya en Comú es una entelequia, una sectorial de Barcelona en Comú con un grupo parlamentario”. Así describe los consejos nacionales a los que ha asistido: “Hay una guerra total entre federalistas e independentistas, no se ponen de acuerdo en nada y no se llega a ninguna conclusión. Hay un tercer sector que serían los próximos a la dirección, pero éstos simplemente no aparecen en las reuniones”. “O se constituye un referente más sólido, con una estructura clara y una ideología coherente o acabaremos desapareciendo”, opina.

“La convivencia entre un sector federalista y otro soberanista no tiene que ser un problema, o en todo caso es un problema que ya existía dentro de ICV”, considera Jaume Bosch, para quien “esto que algunos han tildado de ambigüedad es una gran ventaja, puesto que el futuro de Cataluña pasa por la convivencia entre todos los que quieran más autogobierno”. Bosch y Boada serían el ejemplo. Compañeros de partido y grupo parlamentario durante muchos años, el primero es claramente soberanista (sostiene que “ICV, como el PSUC, siempre ha sido un partido nacional catalán, que ha defendido el derecho a la autodeterminación, nos podemos aliar con fuerzas políticas españolas pero desde la soberanía propia”), mientras que el segundo formaría parte del sector federalista (defiende que “hace falta una apuesta federal sin ningún tipo de discusión y abandonar todo tipo de aproximación al procesismo, que como estrategia es suicida”).

1 Comentario en ¿Había que ‘matar’ a Iniciativa per Catalunya?

  1. Quina pena, quina pena, això pasa per deixar-se fagocitar pels Comuns, deixar el partit (ICV) en mans de gent honrada però inexperta … D’acord amb en Boada i amb la Camats. El sindicat CONC (el que hi queda …) que en pensen ? EN fi , crec que sha de seguir necesitem un projecte creïble, més enllà del que el matrimoni Colau vulgui perpetuar-se com a casta a Bcn…Apa sort i més Gramsci i menys Pisarellos..i Assens

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