Free Tour

El nacionalismo y autodeterminación históricos que parecen simpáticos y bonitos en otros países europeos se convierten en desagradables y antidemocráticos cuando hablamos de Catalunya. No se deberían ver las aspiraciones catalanas como nacionalismo excluyente y antidemocrático, sino un movimiento político equiparable al que ha fundado la mayoría de estados europeos

Marc Hortal Galí
 
 
 
Concentració per la llibertat dels Jordis, a l'octubre de 2017 | Assemblea Nacional Catalana

Concentració per la llibertat dels Jordis, a l'octubre de 2017 | Assemblea Nacional Catalana

Hace poco, junto con otros turistas del Estado español, paseamos con amigos y familia siguiendo un Free Tour por el centro de la capital de un pequeño país europeo. El guía, joven y simpático, nos va mostrando diversos monumentos y nos van contando la historia de su país. El origen medieval de su lengua y cultura, la formación de un primer reino bajo un monarca sabio y fuerte, la decadencia, la perdida de la soberanía a manos de un invasor más poderoso y la lucha por mantener la cultura y el carácter nacional bajo el dominio de un imperio despótico. Vamos viendo iglesias, murallas, catedrales y también un magnífico teatro nacional dedicado a un autor decimonónico que trabajó incansablemente por recuperar la lengua y cultura del país y cuyas obras aún se representan hoy en día.

Seguimos con atención las entretenidas explicaciones y nos paramos un momento ante la llama permanente por el soldado desconocido. Por nuestro respetuoso silencio casi podría decir que nos emocionamos. Paseamos también delante de la presidencia del estado donde dos soldados montan guardia junto a la bandera del país. Pese a su marcialidad, el uniforme y la enorme pluma que llevan en la cabeza los hace parecer salidos de un gag de Monty Python.

El relato distanciado y humorístico que hace nuestro guía sobre el propio pasado y el hecho que el país haya sufrido más desgracias históricas de las que ha provocado hace que todos nos sintamos identificados con su historia y empatizemos con su lucha por mantener su soberanía. El trayecto termina delante de un enorme templo erigido en memoria de las víctimas de la guerra de independencia que tuvo lugar a finales del XIX. Después de un conflicto duro y cruel y gracias a la ayuda de una potencia extranjera se consiguió la independencia.

Al final del tour el guía pregunta de dónde venimos, al llegar el turno de los españoles algunos responden “Spain” mientras que otros dicen “Catalonia”. Se rompe el encanto y hay un momento de tensión. Miradas de reproche y comentarios en voz baja. “Ya estamos otra vez”. El guía queda un momento desconcertado y hace una broma sobre un referéndum para resolver la situación que no ayuda a rebajar la tensión.

La paradoja de la situación es que todo lo que parecía tan simpático y bonito en este pequeño país europeo se convierte en desagradable, antidemocrático e insolidario cuando hablamos de Catalunya. El relato que nos ha contado el guía, el pasado medieval, la decadencia, el renacimiento literario y lingüístico, la lucha política por conseguir la soberanía, la creación de instituciones propias, etc., tiene un gran paralelismo con la historia del nacionalismo catalán. La gran diferencia es que en el territorio que visitamos el nacionalismo triunfó y consiguió establecer un estado independiente y en Catalunya no. Lo que es visto como normal y natural en tantos y tantos estados europeos y de otros continentes, se convierte en una barbaridad cuándo lo reclama el soberanismo catalán.

No sé cuál es la solución del conflicto entre Catalunya y el estado pero creo que un primer paso sería no considerar las aspiraciones catalanas un nacionalismo excluyente y antidemocrático, sino un movimiento político equiparable al que ha fundado la mayoría de estados europeos. No encarcelar a sus líderes y responder a sus demandas por la vía política también sería, creo, de justicia. Un segundo paso sería, si realmente creemos que el nacionalismo es una ideología tan perversa, avanzar hacia un mundo postnacional, con menos tumbas a los mártires de la patria, menos estatuas de reyes medievales y menos soldados marciales con plumas desmesuradas.

Renunciar al nacionalismo simbólico y práctico que practican todos los estados a lo mejor ayudaría a convencer a los dos millones de catalanes que quieren un estado propio que esto no es la solución a sus problemas. Todo relato nacional es ficción, pero algunos han triunfado, han conseguido establecer un estado y merecen el respeto y la reverencia de muchos y otros se han quedado a medias. Encontrar un encaje democrático para estas reivindicaciones es un reto difícil pero imprescindible.

La ciudad donde tiene lugar los hechos es Sofía y el país es Bulgaria. Agradable y bello país balcánico donde el nacionalismo romántico también tienen su lado oscuro. A finales de los 80 el último gobierno comunista inició una campaña de bulgarización y expulsión de sus ciudadanos turcos para conseguir que la composición de la población encajara con el relato nacional.

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