Familias que cuidan a los hijos de las vecinas

El Servicio de Familias Colaboradoras (SFC) pone en contacto familias que se encuentran en situaciones de dificultad con otros que se ofrecen a cuidar de los niños en algún momento de la semana de manera temporal y voluntaria

Victòria Oliveres
 
 
 
El fill de la Noemí ha conviscut amb diverses famílies col·laboradores durant els caps de setmana | Foto: Victòria Oliveres

El fill de la Noemí ha conviscut amb diverses famílies col·laboradores durant els caps de setmana | Foto: Victòria Oliveres

Trabajaba haciendo tareas de cuidado y limpieza en una casa particular. Era madre soltera de un niño de tres años y su hermano – el único vínculo familiar que tenía en Barcelona – se había vuelto a Bolivia, el país desde donde habían migrado hacía más de una década. Su círculo de confianza quedaba reducido a unas pocas amistades que también estaban llenas de obligaciones y, por culpa de sus horarios laborales, casi no tenía relación con las otras madres de la guardería. Por eso, cuando su jefe le exigió que trabajara también los fines de semana, Noemí M. se desesperó: necesitaba un «apoyo extra» para el cuidado de su hijo.

Fue gracias a la enfermera del CAP, con quien tenía confianza, que conoció el Servicio de Familias Colaboradoras (SFC). Este servicio del Ayuntamiento de Barcelona pone en contacto familias que se encuentran en situaciones de dificultad, como la de Noemí, con otros que, de forma temporal y voluntaria, se ofrecen a cuidar de los niños en algún momento de la semana. «La psicóloga del servicio nos ayudó a encajar con una familia. Estuve encantadísima con ellos y mi hijo les cogió mucha estima, no tuve ningún miedo «, dice Noemí.

Familias de acogida (por un rato)

Algunas tardes a la semana, Julia Macher recogía a Mariana en la guardería, la llevaba a su casa, la hacía jugar y le daba de comer con su hijo Daniel y, por la noche, devolvía a la niña a su madre. «La madre de Mariana estaba sola y tenía que trabajar por las tardes, así que establecimos esta colaboración de forma regular», explica Julia.

Macher es una de las voluntarias del banco de colaboradoras, donde actualmente hay 92 familias. Conoció el servicio cuando se puso en contacto con el ayuntamiento ofreciéndose como voluntaria para acoger refugiados. Como parecía que los refugiados no llegaban a la ciudad, le propusieron formar parte del SFC. «Vi que era un voluntariado que podía adaptar a mi forma de vida», dice Julia, que trabaja de periodista freelance para medios alemanes.

Y es que en el SFC las colaboraciones van desde compartir una tarde a la semana con un niño hasta llevárselo de vacaciones. «Cuando estoy con el niño o la niña sé que no soy su madre, sino una figura como la vecina o una tía segunda que hace un apoyo puntual», explica Julia. «Si ese día vamos al parque o al supermercado vamos todos juntos. No hay muchos cambios respecto a lo que hacemos normalmente con mi hijo, sólo intentamos que sea apto para la edad del niño», añade.

Hay que entender que, tal y como explica Noemí, «es diferente que un canguro», ya que el niño se integra en la rutina de la familia colaboradora. «Con las familias, mi hijo ha ido al mercado, a ver partidos de fútbol y hasta de camping o a una granja», explica Noemí. «Fue muy curioso porque él no había visto nunca un pollo vivo, ¡y después me pidió si podíamos tener en casa!», cuenta riendo.

La Julia és una de les voluntàries del Servei de Famílies Col·laboradores | Foto: Victòria Oliveres

El Servicio de Familias Colaboradoras, creado hace unos 35 años, tiene la voluntad de «favorecer el apoyo mutuo y la colaboración entre vecinos y vecinas de la ciudad, superando el modelo vertical tradicional de las administraciones», dice Laura Pérez, teniente de alcaldía de Derechos Sociales del Ayuntamiento de Barcelona. «Creemos que el Ayuntamiento no sólo debe ofrecer servicios y prestaciones, sino también favorecer la colaboración ciudadana para resolver problemas sociales y dificultades», añade la concejala. Dentro del banco de familias que colaboran hay personas tan diversas como las vecinas de la ciudad: los hay que viven solos, familias con y sin hijos, gente joven, de mediana edad o mayores, jóvenes que comparten piso…

Las colaboraciones pueden durar, como máximo, seis meses, y esto puede frustrar los vínculos que se generan entre las familias. «Antes de empezar, con mi pareja teníamos miedo de involucrarnos demasiado emocionalmente, pensábamos que quizás al final no ibamos a querer que el niño se fuera de nuestra familia», explica Julia. Todo esto, por suerte, no les ha pasado, ya que desde el servicio valoran primero las familias mediante un estudio psicosocial y durante la colaboración les hacen seguimiento para que no ofrezcan más de la cuenta. Además, para Julia también ha sido importante tener claro que «hay mil maneras de educar a un niño y cualquiera de ellas puede ser la correcta en ciertas circunstancias».

Para las familias y los niños que se benefician del servicio también puede ser difícil finalizar una colaboración. «A mí me costó y creo que a mi hijo también. En aquella familia ya has depositado una confianza y piensas, a ver si con la próxima persona también conseguimos este vínculo…», explica Noemí. Pero aunque la relación dentro del servicio acabe, muchas familias siguen en contacto después. «Mi hijo, cuando los vamos a visitar, se siente como si estuviera en su casa. Tenemos muy buena relación», añade.

Colaborar con las madres del centro penitenciario

«La colaboración que hicimos durante más tiempo fue con un niño de un año que vivía con su madre en el centro penitenciario de Wad Ras, en Poblenou. Yo vivo cerca y supongo que por eso también nos emparejaron. Lo recogíamos cada dos fines de semana y estuvimos con él hasta que su madre obtuvo el tercer grado», explica Julia.

Su relación fue tan buena que aún ahora Julia cuida de este niño cuando su madre trabaja de camarera por las noches. También comparten celebraciones, como la fiesta de cumpleaños del niño que ya vive fuera de Wad Ras. «Barcelona es una ciudad muy diversa y gracias a ello, de golpe se te abre la ventana de un mundo que desconocías, porque cada uno vive en su burbuja, y ves un cumpleaños diferente de los que normalmente invitan a tu hijo», dice Macher.

No es la única vez que Julia ha acogido un niño del centro penitenciario. «Estuvimos con una niña de otra madre del centro durante una temporada. La llevábamos a la playa y vivimos experiencias muy bonitas cuando la niña entró en contacto con el agua del mar por primera vez», dice la periodista. «Fue un momento en que pensé que la vida es muy injusta, porque aunque era bonito para mí, seguramente no era la persona a quien le tocaría vivirlo», explica.

Sirve para «relajar una situación de estrés que todos conocemos»

«Cuando nació mi hijo, mi pareja trabajaba en Alemania entre semana. Mis padres también viven allí y mi suegra en Canarias, así que a pesar de que tenía amigos aquí y encontré un canguro, notaba que hacía falta una red que yo no tenía. Y eso que yo estaba en una situación bastante privilegiada porque tenía un trabajo flexible, pero me imaginaba cómo llevar podía ser si no tenías una situación laboral como la mía», dice Macher.

Esta empatía con la situación de personas como Noemí, o de otros que tienen dificultades por motivos de conciliación laboral, formativos, de salud física o psicológica, fue lo que empujó a la Julia a hacerse colaboradora. Según ella, sentía que estaba «relajando una situación de estrés que todos conocemos».

Julia también pensó que sería un aprendizaje para su hijo ver que «la suya es sólo una forma de vida entre muchas de diferentes y válidas por igual». Y así ha sido. Por ejemplo, cuando colaboraban con las madres de Wad Ras, a su hijo le daba mucho miedo el centro penitenciario porque era un lugar desconocido para él. «Por la noche me preguntaba cómo era la cárcel, si vivían en jaulas…», explica Macher. Pero en cambio, no pensaba en las internas como personas «malas», como le decían sus compañeros de escuela, ya que desde su punto de vista quien vivía en la cárcel era la madre del niño con quien pasaban el fin de semana.

Hacer crecer la colaboración entre las barcelonesas

El año 2018, el Servicio de Familias Colaboradoras recibió 156 demandas y se pudieron atender 65 niños y niñas, la mayoría de ellos de familias monomarentales. Para poder dar más cobertura a las demandas, el servicio está abierto a nuevas colaboradoras, que después se intentan «encajar a medida» con las familias que piden el servicio.

La prioridad del SFC es que las colaboraciones sean de proximidad, ya que «esto supone la vinculación y ayuda mutua de personas que forman parte de un mismo tejido social», explican desde el servicio. Por ello, aunque el requerimiento principal es que los voluntarios vivan en la ciudad de Barcelona o cercanías, que es donde se ofrece el servicio, se busca que provengan de todos los distritos de la ciudad para dar cobertura a todas las familias que lo necesiten.

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