Violencias del sistema sanitario hacia las mujeres

Excesos y proteccionismo del sistema sanitario hacia las mujeres

Los argumentos proteccionistas con que se presentan programas y tratamientos, tienen un carácter patriarcal porque se ejercen desde una posición de poder científico y médico. Hace falta que la progresiva sensibilización social sobre las desigualdades por género se extienda al campo sanitario para poner fin a los abusos e imposiciones

Francesca Zapater
 
 
 

Este es el primer artículo de una serie que versará sobre la violencia de los sistemas sanitarios hacia las mujeres. Tratará siete aspectos: el exceso de actuaciones, el defecto de actuaciones, la violencia ginecològica, la violencia obstètrica, las agresiones a la consulta, las desigualdades de género en la investigación, y la construcción de la medicina desde el androcentrisme. Las autoras somos todas mujeres, la mayoría del ámbito de la medicina.

Nos atrevemos a hablar de violencia porque este es el nombre que ha dado la Organización Mundial de la Salud a las intervenciones abusivas e impositivas en el campo de la obstetricia. Por extensión, hemos aplicado el mismo término a otras actuaciones que se caracterizan por el uso del poder médico sobre el cuerpo y la salud de las mujeres y la medicalització de los procesos naturales.

Los excesos de la medicina es uno de los problemas a que tienen que hacer frente el sistema sanitario y la sociedad en la actualidad y en el futuro. Hace muchos años que se habla y se denuncia, pero cada vez más tenemos datos que confirman el fenómeno y alertan que es una importante causa de daño y una de las primeras causas de mortalidad.

De cara a entender los excesos de los sistemas sanitarios tenemos que tener en cuenta los mecanismos que subyacen en la práctica médica, sin olvidar el elevado volumen de negocio que generan. Las empresas y accionistas ponen su mirada en el atractivo mercado que supone el 50% de la población como potenciales usuarias/consumidoras de productos y servicios.

Se ha descrito el paradigma del “sesgo de intervención” que supone que ante la posibilidad de intervenir en una condición de salud, se tiende a aplicar alguna medida aunque haya dudas de su eficacia. Este comportamiento, que en casos de enfermedad grave puede ser aceptable, cuando se aplica a personas sanas o de bajo riesgo acontece un grave problema de salud y económico. El “sesgo de intervención” se complementa con “la aversión a las revocaciones” que hace referencia a la resistencia de los profesionales sanitarios a cambiar su práctica cuando hay nuevas evidencias que desaconsejan las acciones que están llevando a cabo. Es una forma de resistencia a incorporar los nuevos conocimientos, de forma que impera el «siempre se ha hecho así».

La tendencia a la intervención excesiva afecta toda la población pero es en las mujeres donde tiene la máxima expresión. Así, los excesos sanitarios sobre las mujeres se pueden considerar una forma más de violencia de género, esta vez vehiculitzada a través de la medicina. Los argumentos proteccionistas con que se presentan programas y tratamientos, tienen un carácter patriarcal porque se ejercen desde una posición de poder científico y médico. Y han sido fácilmente aceptados por las mujeres, que los han percibido como un cierto reconocimiento de género, y se han entregado, sin hacer crítica, a todo aquello que la medicina les ha ofrecido. Se ha producido, de este modo, un proceso de victimización, de entrega del cuerpo al «saber médico».

Los aspectos relacionados con la sexualidad y la reproducción han sido objeto de medicalització e intervención excesiva. Empezando por la primera regla (menarquia en términos técnicos) para la cual se han recomendado visitas médicas y el inicio de las «revisiones ginecológicas». Ha seguido la anticoncepción, que se ha centrado siempre sobre la mujer y no sobre el hombre, con tratamientos hormonales no exentos de efectos secundarios. También el deseo de tener hijos biológicos, a menudo en edades avanzadas, ha sido motivo de intervenciones agresivas y hoy en día es uno de los negocios más rentables de la medicina privada.

Probablemente, el diagnóstico precoz de cáncer de mama, basado en la práctica regular de mamografías en mujeres sanas, es uno de los programas preventivos más extensos y mejor aceptados durante años. Pero, a pesar de las dudas razonables que se plantean a la luz de los últimos datos, se siguen haciendo. Hoy en día conocemos que este programa tiene un nulo impacto en la reducción de la mortalidad global y, en cambio, produce un importante sobrediagnóstico y sobretratamiento de mujeres sanas. De manera sorpresiva, y sin ninguna base científica, hay profesionales de la medicina y medios de comunicación que amplían la recomendación y aconsejan hacer mamografías a partir de los 40 años y con periodicidad anual.

Durante mucho tiempo se practicaron citologías anuales generalizadas para la detección precoz del cáncer de cuello de útero sin que esta periodicidad hubiera demostrado su efectividad. Sortosament, ahora, en el sistema sanitario público, se hacen cada tres años en mujeres de bajo riesgo, superando la tendencia a “la aversión de revocación”. En la práctica privada, pero, todavía son frecuentes las citologías anuales. En el campo de la prevención del cáncer de cuello de útero se ha introducido en niñas pre-adolescentes la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) sin las debidas garantías. Desde el inicio de las campañas de vacunación se ha alertado de graves efectos adversos puesto vacunación. Recientemente, se ha publicado una revisión de ensayos pre y post comercialización de la vacuna en la cual se detallan problemas metodológicos de los estudios y de los procesos de autorización que permitieron minimizar los efectos adversos. Cada vez está más claro que la relación riesgo/beneficio de la vacuna en nuestro entorno es dudosamente aceptable.

Un ejemplo paradigmático de medicalització y sobreintervenció ha sido el tratamiento hormonal sustitutivo (THS) para la menopausia. Los años 90 se puso de moda el “tratamiento” de la menopausia con preparados hormonales con el supuesto objetivo de reducir la incidencia de enfermedades cardiovasculares en las mujeres a partir de los 50 años y de atrasar el envejecimiento. El 2002 se publicó el famoso estudio Women’s Health Initiative (WHI) que puso en evidencia que a consecuencia del THS murieron centenares de miles de mujeres por cáncer de mama y por las mismas enfermedades que se pretendía evitar. Desgraciadamente todavía hay ginecólogos que la recomiendan.

Cuando la THS cayó en desuso se tenía que encontrar un recambio para mantener la medicalització y las visitas periódicas en el ginecólogo. Así, fuimos viendo como crecía el interés por la osteoporosis y su tratamiento. A una gran cantidad de mujeres sanas se les practica densitometrías y son tratadas con bifosfonatos o con calcio y vitamina D si resultan mínimas variaciones de la normalidad, o incluso si es normal. El objetivo inicial era la prevención de fracturas, pero, una vez más, al cabo de unos años disponemos de datos que desmienten que la osteoporosis sea la causa principal de fracturas y que el perfil beneficio/riesgo de los bifosfonatos sea favorable. Recientemente la revista JAMA ha publicado una revisión sistemática demostrando que la ingesta de calcio y vitamina D no reduce el riesgo de fracturas.

Las mujeres somos las principales receptoras de tratamientos con psicofármacos, casi el doble que los hombres, según la Encuesta Nacional de Salud. El sufrimiento psicológico de las mujeres, en gran parte relacionado con las desigualdades laborales, económicas y de tareas de cuidados en el entorno familiar, así como directamente con la violencia de género, es interpretado por la medicina como un trastorno patológico y tratado con fármacos. De este modo se maltrata la mujer dos veces: no sabiendo escuchar bien su sufrimiento, y sometiéndola a la acción de unos fármacos que pueden apaciguar temporalmente los síntomas pero que le impedirán salir del círculo de desigualdad y malestar mental.

Finalmente, hay que hacer referencia a la medicina estética, que tiene en las mujeres las principales usuarias y clientas. Nuevamente se produce una doble agresión: la imposición de cánones masculinos de belleza por encima de las condiciones naturales del cuerpo femenino, y la intervención quirúrgica para modificar estas condiciones naturales. Intervenciones de mamas, de muslos, de cara, de vulva, de dedos de los pies y de partes inimaginables del cuerpo se han llevado a cabo en mujeres adultas y jóvenes, y han sido incluso financiadas con créditos bancarios. La recesión económica ha puesto un cierto freno a la práctica de la cirugía estética, que en 2006 llegó a hacer más de 400.000 intervenciones, de las cuales el 80% en mujeres.

Hemos expuesto unos cuántos ejemplos de violencia por exceso del sistema sanitario sobre las mujeres, pero hay más, sin duda. La progresiva sensibilización social sobre las desigualdades por género se tiene que extender al campo sanitario para poner fin a los abusos e imposiciones. El hecho que las profesiones médica y enfermera sean mayoritariamente femeninas tendría que ayudar a introducir miradas diferentes en las prácticas y enfocar de manera más respetuosa, más comprensiva y menos iatrogénica la atención a la salud de las mujeres. Y nosotras, mujeres, tenemos que aprender a ser críticas, a no abandonar nuestro cuerpo y nuestra mente al poder biomédico androcéntrico y patriarcal.

Francesca Zapater
Sobre Francesca Zapater

Francesca Zapater Torras. Llicenciada en Medicina i Cirurgia l'any 1976 per la Universitat de Barcelona. Jubilada. Ha treballat com a metgessa d'atenció primària a Martorelles, Montmeló i Vilanova del Vallès. Ha estat tutora de Medicina Familiar i Comunitària, directora de l'Equip d'Atenció Primària Montornès-Montmeló, ha format part del Grup de Qualitat de la CAMFIC i ha estat presidenta del Fòrum Català d'Atenció Primària (FoCAP) de 2011-2015. Actualment és membre de la junta directiva de FoCAP i membre del Comitè d'Ètica Assistencial del Vallès Oriental Centre. Contacto: Twitter | Más artículos

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