Eva Bach: «A los adultos nos hace falta pasar una ITV emocional»

Maestra, pedagoga, escritora, formadora... Eva Bach es una de las pioneras de la educación emocional en el ámbito educativo y familiar en Cataluña y España, y, como buena exploradora de las relaciones humanas, trabaja para desarrollar nuevas formas de comunicación que permitan a los niños –y también a los adultos- ser timoneles de sus propias vidas con dignidad y esperanza.

Laura Reinón
 
 
Eva Bach | Foto: Laura Reinón

Eva Bach | Foto: Laura Reinón

Eva Bach es de aquellas personas que te mima con la mirada y con la cual podrías charlar durante horas sin aburrirte. Por eso aprovechamos para hablar con ella sobre emociones, belleza, sueños, naturaleza, incluso de jardinería, durante la II Jornada Pedagógica Invulnerables, organizada por la Obra Social “la Caixa”, con el objetivo de potenciar los talentos de los alumnos y dar una nueva mirada al aula.

¿Cómo llegas a este camino de las emociones?

Soy una persona a la que le gustan las personas y la vida. Me enamoran las personas que enamoran, necesitaría mucho más tiempos para conocer a toda la gente maravillosa que me encuentro y que es mucha. ¿Cómo llego a este camino? No llego por la línea recta ni por una vocación clara. No fui a buscar la pedagogía sino que me la encontré. Entré en Filosofía porque me hacía muchas preguntas y tuve la suerte de que el plan de estudios era común con Pedagogía y con Psicología. De este modo descubrí que lo que más me gustaba era la pedagogía. Y tuve muy claro que si quería ser pedagoga y dedicarme a pensar sobre la educación, la primera cosa que tenía que hacer era pasar por la escuela.

Y viviste la experiencia.

Estuve durante siete años en la escuela porque no quería que nadie me dijera que hacía teorías desvinculadas de la realidad. Quería vivir la experiencia en primera línea, en el aula. Pensé que no podría ser pedagoga ni hacer ningún buen servicio en la educación si no tenía antes la experiencia directa del aula.

No entré pensando en que me quedaría, pero cuando salí la excusa real fue el nacimiento de mi segundo hijo. Me tomé una excedencia maternal, pero la verdadera razón fue que, cuando trabajaba en la escuela, entendí que había un trabajo tan importante o más a realizar con los adultos que con los niños. Y yo lo quería hacer.

¿Y a qué conclusión llegaste?

Llegué a la conclusión de que quería trabajar con adultos. A los adultos, y por lo tanto también a los profesores, nos hace falta pasar una ITV emocional! Muchos problemas que tienen los niños son fruto de que los adultos no sabemos dar respuesta adecuada a estos problemas, quizás porque no los hemos sabido gestionar en nuestra propia vida, porque son temas tabú, que nos superan… Y así es como me empiezo a interesar por todas las problemáticas emocionales que los adultos proyectamos sobre los niños y que les generan preocupaciones que no son naturales. A partir de aquí empiezo a interesarme por este mundo que yo no sabía que se llamaba inteligencia emocional ni educación emocional. En aquella época, hablo de 1993 o 1994, el término no había surgido aún. Fue a partir de Goleman cuando el término coge consistencia, a pesar de que él no lo inventó. Fue entonces cuando tomé conciencia del «analfabetismo emocional” que yo misma detecté cuando estaba en la escuela, pero al que entonces no sabía poner nombre.

¿Qué quiere decir estar emocionalmente sano?

A veces pensamos que inteligencia emocional es estar en equilibrio permanente y no tener problemas. Esto es una idea equivocada, una fantasía. Si estás vivo tienes altibajos. Hay un elemento clave que es la conciencia como elemento regulador y autoregulador. El solo hecho de que yo me dé cuenta de que estoy en un momento de desequilibrio o de pena, de cerrarme en mí misma o de desaliento, permite que no haga un contagio emocional tóxico a las personas del mi entorno. Si me hago cargo de mi situación puedo actuar desde una honestidad que es equilibradora para mí y por los que tengo alrededor.

¿Entonces el desequilibrio nos hace estar equilibrados?

La conciencia de nuestros desequilibrios nos ayuda a ser más equilibrados. Yo puedo estar decepcionada, pero le puedo decir a mi hija o a mis alumnos “es mi sentimiento, es una cosa mía, yo tendré paciencia y disposición para que esto pase, porque casi todo en la vida acaba pasando y lo que no quiero es arrastrarte en mi desaliento”. Si soy consciente podré, como mínimo, poner estas precauciones.

¿Se trabaja lo suficiente la inteligencia emocional en la escuela?

Desde mis primeras charlas sobre inteligencia emocional en el 97 y 98 hemos avanzado muchísimo. Decía Lao-Tse que un viaje de 1.000 km empieza con un primer paso. No sé cuántos pasos hemos dado pero obviamente hemos dado unos cuántos porque cada vez hay más conciencia y más sensibilidad, no sólo en el ámbito de la educación, sino también en el social. Pero es evidente que, hoy en día, hay cosas que continúan pasando y que son la antítesis de la inteligencia emocional: maestros totalmente superados por sus emociones que entran en clase chillando… Una persona que se dedica a educar tendría que ser consciente de cuando está alterada y no entrar chillando en una clase con niños. O la figura del profesor o profesora cerrado en banda a cualquier cambio, que pone palos en las ruedas a aquellos que sí quieren moverse y transformar. O aquel que piensa que la vida académica lo es todo, que determina el futuro y la vida, y vaticina que un alumno no hará nunca nada bueno. Por un lado todavía hay mucho trabajo por hacer, pero por otro ya se ha hecho mucho, y eso anima.

¿Piensas, entonces, que tendría que haber una formación específica para los maestros?

Creo que tendría que estar en la formación inicial y en la formación permanente. Este, digamos, aprendizaje emocional tendría que estar presente en la escuela y para todas las personas, pero tendría que ser muy libre porque no se puede obligar a nadie a crecer emocionalmente, tiene que salir de la propia conciencia, de la propia necesidad y del propio impulso. Estos conocimientos también se tienen que ofrecer a los estudiantes de Magisterio, tienen que poder pasar por experiencias vivenciales. A nivel social tendríamos que abrir el acceso a todo este mundo emocional y encontrar los recursos necesarios para hacerlo.

Hoy en día parece que las depresiones van en aumento, también entre los más pequeños.

Cuando un niño que está mal emocionalmente hablando, si no le ha pasado nada que lo justifique, tenemos que fijarnos en su entorno. El niño o la niña no son seres aislados, y esto es muy delicado porque los padres se lo pueden tomar como si ellos fueran los culpables. Aquí entra la importancia de la mirada y del lenguaje, de saber entender que no estamos culpando a nadie. Tenemos que tratar a los padres y a las familias con el mismo tacto y mirada amorosa que tenemos que tener hacia los niños. No estamos culpando, sino que buscamos vías para deshacer nudos en los vínculos emocionales que han interceptado el fluir natural de la vida y desbloquearlos.

¿Y cómo restauramos esta fluidez vital que ha quedado obstruida por adversidades de la vida?

Mi motivación más importante, donde tengo la energía personal y profesional en estos momentos, es en la comunicación educativa con corazón. No se trata sólo de hablar desde el corazón, sino de poner corazón, que es el gran olvidado. Es un proyecto que compartimos con Montse Jiménez.

La parte emocional, la del vínculo emocional con los otros, es donde tenemos más trabajo por hacer. Para mí, la comunicación es la clave porque el lenguaje no sólo define la realidad, sino que también la crea, y es vehículo y generador de emociones. Según el lenguaje que utilizamos, generamos una realidad y unas emociones determinadas, podemos abrir o cerrar posibilidades. A veces es como si las palabras bonitas no sirvieran de nada, pero no es así. Si sabes encontrar las palabras bonitas para decir qué tienes que hacer y dar sentido a lo que haces, seguramente encontrarás también cómo hacerlo. Porque lo que es bonito conmueve y lo que nos conmueve nos mueve más fácilmente.

¿Volver a conectarse con la belleza?

Hemos pensado que la belleza no es útil y precisamente muchas cosas no nos funcionan hoy en día porque hemos perdido esta capacidad de conectar con la belleza del vivir y de las personas, con el potencial de bondad que hay dentro de cada uno de nosotros. Nos hemos desconectado de la mirada que repinta la realidad, que da pinceladas de color a aquello que es negro. Tenemos que generar esta belleza y construir entornos bellos de relaciones, entornos educativos donde la belleza esté muy presente, la visible, la física, la estética, pero sobre todo la intangible, la del alma, la de las relaciones.

¿Cómo puede ayudar a los adolescentes la inteligencia emocional?

Hay dos grandes preguntas en la vida que nos tenemos que hacer y que ya se empiezan a hacer los adolescentes: qué quiero yo de la vida y qué tengo yo para dar a la vida. Son estos dar y recibir los elementos indispensables para estar bien. Estas preguntas tan importantes no todo el mundo las puede responder sólo con la vida académica. La escuela te tiene que dar elementos para que tú te hagas estas preguntas y empieces a tener algunas respuestas. Por lo tanto, lo que necesitamos es tiempo. Un niño al que no le hemos descubierto un talento durante la escuela no quiere decir que no lo tenga, simplemente quiere decir que todavía no ha aflorado. Tenemos que cambiar la mirada de eso que llamamos fracaso escolar, primero, porque no se tiene que llamar fracaso y, segundo, porque nunca es sinónimo de fracaso en la vida. Es como la metáfora del maestro que se asemeja al buen jardinero porque sabe ver que cada flor es única y diferente, pero todas son igualmente dignas y preciosas.

Valorar los talentos individuales…

Una vez leí que Ken Robinson decía que nos hacía falta una visión más agrícola de la educación y no tan industrial. Francesco Tonucci también lo dice: los niños cuando pasan por la escuela acaban todos con la misma bata. Al final “industrializas”, haces productos con elementos comunes y olvidas otros, como la creatividad, la parte artística, espiritual… Tendríamos que cambiar esta visión por otra más “agrícola”. La vida también es así, pasamos momentos con emociones difíciles donde la cosecha es exigua, pero continuamos trabajando para que haya una mejor… Tenemos que aprender de los procesos de la naturaleza porque nos hemos desconectado de ella, de las ciudades sobre todo.

Hay momentos muy complicados en la vida.

Pienso que lo más difícil de la vida es cuando aparece la dificultad, la adversidad o la tristeza con contrato indefinido. No sabes cuándo se irá. Entonces tú tienes que hacer un pacto con la adversidad, le dices que la dejarás que esté contigo, para que sea amigable y se vaya cuanto antes mejor. Cuando estás en el suelo, a veces te puedes pasar un tiempo ahí, pero tienes que tener también la disponibilidad y la esperanza de volver a levantarte. ¿Qué necesitamos para eso? Construir una red afectiva sólida en nuestro entorno porque cualquier pérdida y cualquier dificultad la pasaremos mejor si tenemos dónde sostenernos y con quién elaborarlo. Y nosotros tenemos que ser también redes para otros. Y sólo con la belleza, con la alegría y con el amor construiremos redes firmes que servirán en los momentos más difíciles.

¿Inteligencia emocional y bondad serían el tándem perfecto?

Mira, cuando mis hijos eran pequeños siempre les decía que si yo iba a una entrevista con su tutor o tutora y me decían que eran unos malos compañeros, me preocuparía mucho más que si me decían que iban mal en una o más materias. Si me dicen que sois buenos, yo estaré tranquila porque desde la bondad todo tiene solución. Mi mensaje para cualquier persona que me importa es que ojalá consiga aquello que le haga bien en la vida y le ayude a hacer el bien, aunque no sea del todo lo que quería. Esta es la verdadera quinta esencia, el Santo Grial.

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