Oriol Bartomeus, doctor en Ciencia Política y autor de “El terremoto silencioso”

“Estamos creando una sociedad de fanáticos que viven felices en burbujas selladas”

Hablamos con Oriol Bartomeus, doctor en Ciencia Política. Del relevo generacional y de su influencia en la transformación electoral en Catalunya es de lo que habla en su libro reciente: 'El terremoto silencioso' (Eumo Editorial).

Siscu Baiges
 
 
 

El doctor en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Barcelona Oriol Bartomeus nació en 1971. Por lo tanto, pertenece por poco a la generación del ‘desarrollo’ español, que nació en los años sesenta. Sin embargo, seguramente debería incluírsele en la generación de los ‘ciudadanos nuevos’, los que se formaron en la democracia que llegó después de la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975. Del relevo generacional y de su influencia en la transformación electoral de Catalunya es de lo que habla en su libro reciente: ‘El terremoto silencioso’ (Eumo Editorial).

¿En qué consiste el ‘terremoto silencioso’ que da título a su libro?

Consiste en una transformación profunda del censo electoral en Catalunya que se ha ido produciendo paulatinamente, día a día, y, precisamente por eso no nos hemos dado cuenta de ella hasta que la hemos tenido encima. En Catalunya muere cada día una media de 150 personas. En los últimos cuarenta años han muerto dos millones de personas y han nacido y se han incorporado al censo unos dos millones y medio. Si miramos como era la sociedad catalana en 1977 o en 1978 y como es ahora, encontramos que una tercera parte del censo electoral de entonces ya no existe y que un 40% del censo electoral actual no estaba en 1978. Esto supone una gran transformación de la composición humana del censo electoral, de la sociedad catalana. ¿Por qué se han transformado tanto el voto, los partidos? Los dos millones de personas que han muerto representan una época que ha quedado atrás. Con los que se han ido incorporando al censo entramos en una época diferente, muy diferente. Este cambio no sólo provoca un cambio numérico sino de mentalidad, de concepción, de ideas, de experiencias vitales… El hecho de nacer en un momento histórico concreto te da un perfil humano, social, político, diferente del que tendrías si te hubieras socializado en otro periodo.

Habla de cuatro generaciones: la de la guerra civil, la de la post-guerra, la del ‘desarrollo’ o ‘baby boom‘ y la de la democracia. ¿Cuál predomina ahora?

La de la post-guerra. Una generación es dominante por dos motivos. Uno, por su magnitud. Las generaciones más grandes tienden a imponer sus perfiles. Pero también por la posición vital. Las generaciones dominan socialmente cuando tienen entre 35 y 55 años. La generación de la post-guerra tiene una posición dominante muy larga porque llega al dominio, al poder cuando todavía es muy joven. Es la que hace la transición, la que está en la lucha clandestina, la primera que llega a la universidad de manera sustancial. Envía a la jubilación antes de hora a la generación que vivió la guerra civil y se ha mantenido hasta ahora en los puentes de mando político, económico y social. Simboliza el sistema político actual. ¿Por qué ahora tenemos la sensación de que el sistema del 78 está sufriendo una fatiga de materiales? Porque todos los sistemas envejecen y declinan y también por una cuestión humana: la generación que ha encarnado este sistema está pasando a retiro. La gente más joven de esta generación roza a estas alturas los 68 años. La gran masa generacional de la post-guerra, los nacidos entre los 40 y los 60, se han jubilado, están dejando los puestos de mando y están siendo sustituidos por la generación del desarrollo, que se encontró hecha la transición. En la transición eran niños. Les falta el vínculo emocional con el período de la última década del franquismo y de la transición.

¿Este relevo generacional ayuda a explicar porqué el panorama político catalán ha cambiado tanto y ha dejado de ser un modelo prácticamente bipartidista entre CiU y PSC?

Sí. Si miramos la estructura de voto de Convergencia vemos que es una estructura generacional casi perfecta. El debilitamiento del apoyo a Convergencia no se produce tanto por la desafección de sus votantes sino por su envejecimiento y muerte. A cada generación que pasa, Convergencia tiene un apoyo más debilitado. La que le da más apoyo es la de la guerra civil y lo va perdiendo en las siguientes. Tiene una inercia generacional negativa. En cada nueva generación va perdiendo un peldaño. A Esquerra Republicana le pasa lo contrario. Tiene una estructura generacional positiva. En cada nueva generación crece su apoyo. La tendencia inercial de Esquerra es a crecer a medida que se va produciendo el relevo generacional. En el caso de los socialistas hay, en parte, el efecto de pérdida de apoyo a medida que se van produciendo los relevos generacionales, pero, además, hay un debilitamiento generalizado, sobre todo a partir del 2010, 2011, cuando comienza la crisis económica, el debate del Estatuto,…. Entonces pierden la centralidad.

¿Se han acabado los tiempos en que CiU ganaba las elecciones al Parlamento de Catalunya y los socialistas las municipales y las generales españolas

Se han acabado. En parte, por el relevo generacional. En el caso de ERC es bastante evidente. Se ve en los pueblos del interior, lejos del Área Metropolitana, donde este efecto queda muy tapado. Los resultados electorales muestran que Esquerra asume primero el relevo de los socialistas como alternativa a Convergencia y luego quita a Convergencia el papel dominante. En las últimas elecciones, ha habido un cambio de la lógica tradicional de partidos dominantes. Antes había un esquema muy estable donde los socialistas ganaban las elecciones municipales y generales y Convergencia ganaba las autonómicas. Ahora tenemos un sistema mucho menos estable en el que entran más partidos y el que gana las elecciones no lo hace con la fuerza que lo hacían Convergencia y el PSC en su momento. Los partidos están mucho más juntos. No hay un gran partido y luego partidos pequeños sino muchos partidos medios que se disputan la victoria por un margen escaso de votos. El consumo televisivo y los resultados electorales tienen un patrón similar. Venimos de una época donde había una limitada oferta televisiva y donde la cadena principal obtenía un share muy alto. Esto ocurría también con los resultados electorales. Había mayorías absolutas. Ahora cada vez hay más televisiones y la audiencia está más fragmentada. Hay pocas televisiones que obtengan el 30% o el 40%. Más bien están entre el 15% y el 20%. Eso también pasa en el campo electoral. Cada vez hay menos partidos entre el 30% y el 40% de los votos y más partidos entre un 15%, un 20% o un 25%. Un partido puede ganar las elecciones con el 25% de los votos.

También parecen superados los tiempos en que en las elecciones al Parlamento de Catalunya había mucha menos participación que en las generales y las municipales

Esto se debe más bien a la coyuntura actual. En las elecciones de 2012, especialmente la de 2015 y sobre todo en el 21-D de 2017 ha habido una gran movilización en base a dos voluntades: la de proclamar la independencia y la de evitar que haya una mayoría que lo haga. Esto ha movilizado de manera muy acusada el censo electoral hasta el extremo de que la participación en las elecciones autonómicas ha sido superior a la de las generales. Es un elemento de coyuntura que se explica por la tensión de estas convocatorias concretas. Son unas elecciones que podríamos definir como críticas. No sabemos qué pasará cuando todo esto se matice y la tensión, posiblemente, baje. La movilización, la participación, la abstención en las elecciones ha dejado de tener un patrón estable. La gente es capaz de participar en unas elecciones con mucha fuerza y ​​seis meses después no hacerlo en otra convocatoria electoral. Podemos pasar del máximo al mínimo de participación en cuestión de meses. El votante de las nuevas generaciones tiene una capacidad muy fuerte de engancharse y desengancharse del proceso electoral. En las generaciones antiguas sí que había oscilaciones entre la participación y la abstención pero eran más regulares y de menor dimensión. Ahora tenemos unas oscilaciones muy grandes en un espacio temporal muy corto. Esto provoca que ante cualquier elección sea imposible saber si la gente participará o no. Depende de la tensión que perciba en estas elecciones.

En el aumento del apoyo al independentismo de los últimos años ¿ha pesado más el relevo generacional o la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estado de Catalunya?

Con el independentismo hay una cosa muy curiosa desde el punto de vista científico. La preferencia por la independencia era un elemento muy generacional. En cada nueva generación había más independentistas. La inercia de relevo generacional anunciaba que el independentismo iría creciendo paulatinamente a medida que las nuevas generaciones se hicieran más fuertes en el censo y las viejas fueran desapareciendo. Esto es cierto hasta el año 2012, más o menos. La reacción a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto hace crecer el independentismo y debilita pero no rompe la lógica generacional. En 2012, sin embargo, el independentismo crece principalmente y de forma abrupta y muy fuerte en las generaciones más antiguas. Y esto parece ser que se debe al cambio de posición de CDC. Cuando abandona su posición nacionalista histórica y se vuelve independentista arrastra a todo su electorado. Como tiene un electorado generacionalmente de edad avanzada, a partir de 2012, al contrario de lo sucedido históricamente, la generación que se muestra más proclive al independentismo, es la de la guerra civil. La lógica generacional del independentismo se elimina. A estas alturas, no se ve una lógica generacional en el independentismo como sí que se veía antes del procés. Ahora los más independentistas son la gente mayor.

Dice en el libro que los partidos no pueden fiarse demasiado de su suelo electoral, que los nuevos electores fluctúan mucho ahora. ¿Puede esto afectar también el apoyo al independentismo, en un sentido o en otro?

Para las generaciones nuevas el cambio es positivo. No son especialmente coherentes ni consideran que la coherencia sea algo positivo. Yo hablo de los «fanáticos efímeros». Las generaciones nuevas son más duras en sus posicionamientos, extremas si queremos, pero duran poco. Puedes volverte independentista pero, de la misma manera que has hecho eso y tienes una posición muy fuerte sobre este tema u otro, si varía la coyuntura dejas de serlo. Estás fanático durante unos años y luego no sé si te vuelves fanático de otra cosa o caes en el espacio de la moderación. Estamos en una sociedad más tensa, de posiciones más duras, pero con una capacidad de cambio, de opinión, de opción, de voto, donde todo es más volátil.

Estábamos acostumbrados a oír que los jóvenes son de izquierdas y se hacen de derechas con el paso de los años. ¿Podemos decir algo parecido del independentismo juvenil?

Depende del momento que te toque vivir. Se suele decir que los jóvenes son muy radicales y que cuando alcanzan una posición se moderan, pero hemos visto como una gran proporción de mayores ha modificado su posición política y se ha radicalizado en los últimos años. La moderación parece que no es una característica de los ancianos. Lo que ha habido es una respuesta de los individuos a la coyuntura. Los parámetros de la coyuntura se han modificado y los individuos han cambiado su posición en función de la nueva, lo que quiere decir que si cambia en el tema independentista quizás también se producirá esta evolución.

¿Qué dicen los estudios de opinión sobre la relación entre ser de izquierdas e independentista? ¿Es contradictorio? ¿Se puede ser de izquierdas e independentista pero no de izquierdas y nacionalista, como sostienen algunos?

Hay un error óptico en esto. El independentismo y el nacionalismo catalán se han relacionado históricamente con la izquierda. Básicamente, porque desde el siglo XVIII el nacionalismo español ha sido conservador, de derechas, y los nacionalismos periféricos -incluso el del PNV en el País Vasco- se han considerado como progresistas, porque formaban parte de la coalición progresista histórica que unió a la izquierda y a los partidos periféricos. Hay una miopía que hace que cuando alguien se considera catalanista, nacionalista catalán o independentista tiende a verse a sí mismo más a la izquierda que un nacionalista español. En las encuestas se ve, desde los años ochenta, como el electorado catalán sitúa a Convergencia en una posición mucho menos derechista que el PP, incluso en los momentos que ambos partidos se han coaligado, han gobernado juntos o se han entendido políticamente o parlamentariamente en Catalunya o en Madrid. El PP es visto como un partido muy a la derecha mientras que a Convergencia y CiU se les situaba en el centro. Lo mismo le pasa a Ciudadanos, que la mayoría del electorado catalán le sitúa muy a la derecha. Se mezclan dos cosas. A ERC, a pesar de que ha compartido y comparte gobierno con CDC y sus organizaciones herederas, se la sitúa muy a la izquierda. En parte por el propio del nombre del partido. Hay este vínculo extraño que hace que se piense que si se es independentista se es de izquierdas. Por eso les cuesta tanto a los opositores al independentismo convencer del mensaje que un gobierno independentista puede ser de derechas. Y por eso le es tan fácil a un gobierno independentista presentarse como casi socialdemócrata pese a hacer recortes sociales.

Si se pide a los catalanes que se sitúen ideológicamente se decantan hacia la izquierda

Cataluña es más de izquierdas que España porque el peso del electorado urbano es más fuerte y sabemos que el electorado urbano es siempre más de izquierdas que el electorado rural. Cataluña, por tanto, como territorio industrial urbano, es más de izquierdas que la media de España. Si separáramos Barcelona, ​​el área metropolitana y la Región 1 encontraríamos una Cataluña menos de izquierdas.

¿Qué papel han jugado los medios de comunicación -especialmente TV3 y Catalunya Radio- en el aumento del apoyo a la causa independentista?

Un papel evidente como promotores-propagandistas de una opción política, lo cual tampoco es nuevo. Históricamente, los medios de comunicación públicos catalanes han jugado un papel político bastante favorable a la fuerza gubernamental, sobre todo en los años de los gobiernos Pujol y no tanto en los de los gobiernos de izquierdas. Los medios públicos y algún medio privado han jugado un papel claro. En un mundo donde los partidos políticos tienen muy poca capacidad de incidencia directa sobre el electorado y siempre están mediatizados por los medios de comunicación, la fuerza de estos es muy importante. En el caso catalán, además, como que juega el tema de la lengua, la gran mayoría de la ciudadanía catalanohablante sólo tiene una televisión a través de la cual informarse, que es TV3. La fuerza que tiene, por tanto, en esta parte de la ciudadanía es muy grande. Y es evidente que se ha utilizado políticamente.

Los jóvenes, sin embargo, ya no miran mucho televisión. Ni TV3 ni otras cadenas. Se informan a través de las redes sociales

En Catalunya y en todas partes nos estamos encontrando ahora que la información a través de las redes sociales fragmenta a la sociedad y crea ‘sociedades burbuja’. Un medio de comunicación como TVE en los años 60 o 70 o TV3 los años 80 o 90 estandariza, homogeneiza. Son medios de comunicación vistos por una gran mayoría que, a pesar de que cada uno lo haga en su casa, está compartiendo el mismo mensaje. Al mismo tiempo, apelan a un público bastante general y no pueden ser muy radicales, ni definidas ideológicamente o comercialmente. Con la TDT nos encontramos especializaciones, con intereses muy definidos, en algunos casos comerciales y en otros ideológicos. Las redes sociales te permiten vivir en un mundo en el que recibes sólo informaciones que te gustan y que te retroalimentan en tus posiciones políticas. Sólo conoces las opiniones que van en contra de las tuyas cuando las ves ridiculizadas, criticadas en un programa que te gusta. La sociedad no es un continuo sino que está hecha de grupos cerrados en una burbuja sellada donde se encuentran personas que piensan todas igual y que no reciben estímulos de los demás grupos. La gente se toca pero no inter-conecta. Estamos creando una sociedad de fanáticos de cada bando, que viven felices en su mundo de fanáticos, donde se retro-alimentan unos a otros y se informan todos con sus verdades y mentiras. Cada vez es más difícil encontrar espacios de socialización, de encuentro, de pacto, donde contrastar opiniones con gente que piense diferente.

La última generación, la de la democracia, ¿ha sufrido un sistema educativo «adiestrador» que la decanta hacia el nacionalismo, hacia el independentismo?

No. Mirando las generaciones se observa el gran éxito de la inmersión lingüística. Uno de los elementos que se ve mejor en los datos es que los miembros de las dos últimas y especialmente los nacidos a partir de 1976 son bilingües, dominan el catalán y el castellano, los entienden, los escriben, los hablan. Prácticamente no hay diferencias entre los jóvenes vengan de familias catalano-hablantes o castellano-parlantes. Es muy positivo, sobre todo viendo de dónde veníamos. En la generación de la post-guerra, que es cuando llega una gran cantidad de gente procedente del resto de España, incluso los hijos de padres nacidos en Catalunya tienen una capacidad de escribir y leer el catalán muy débil. El salto que se ha hecho en las dos generaciones siguientes es brutal. La idea de ‘un solo pueblo’, de una sociedad en la que sus miembros son completamente hábiles en las dos lenguas es realidad a partir de los nacidos en 1976. Este es el gran resultado de la escuela catalana y de la inmersión lingüística. No se ve que los jóvenes educados en la escuela catalana tengan una inclinación independentista o nacionalista especial.

Sitúa en el año 2030 el momento en que la generación formada en democracia será dominante. ¿Cómo se imagina esta Catalunya a doce años vista?

Será una Catalunya mucho más volátil, donde seguramente nos encontraremos con fuerzas políticas diferentes de las actuales. Espero que sea una Catalunya que haya hecho una nueva conexión. La política tiene una parte de vínculo emocional. Uno se liga a ella porque le emociona, porque la atrapa. Esto no me parece malo. Los años 60 y 70 fueron de comunión entre la política y la ciudadanía y nació una generación, la de la post-guerra, que es política, con valores democráticos que desgraciadamente no ha sabido transmitir a las generaciones siguientes. Las nuevas generaciones no tienen conexión emocional con la política porque no han vivido este momento de conexión. Espero que estas nuevas generaciones, en algún momento de ahora al 2030, tengan este momento de conexión y se creen fuerzas políticas que sean su expresión. La transición democrática, la recuperación del autogobierno ha durado cuarenta años, que han sido muy positivos, pero ahora hay que volver a conectar, hacer algo nuevo que dure cuarenta años más. En parte, el triunfo del independentismo entre un sector de la población se debe a que les ha propuesta una conexión emocional y sentimental nueva. El problema es que es una parte de la población y excluye muy explícitamente a toda otra parte. El país sobrevivirá si esta conexión se puede hacer con una gran mayoría, con un 80% o un 90% de la gente, que se sienta partícipe del nuevo inicio. Si esto es posible, la Catalunya de 2030 será una Catalunya reanimada, con nueva fuerza. Si no, me preocupa porque tendremos una Catalunya emocionalmente ligada al proyecto de una parte del país y posiblemente otra ligada al proyecto de la otra parte del país surgido como contraposición al primero, una Catalunya escindida.

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