Entrevista | Óscar Martínez, periodista de 'El Faro'

«En las sociedades actuales se ve a los migrantes solo con un cliché, sin ganas de entender las causas»

Óscar Martínez, perseguido y amenazado por su trabajo sobre la violencia de las maras y el crimen organizado en América Central, es actualmente uno de los periodistas de investigación más importantes de América Latina. Desde que viajó en el tren conocido como 'La bestia' –de Oaxaca a Veracruz (México)–, se ha convertido en uno de los principales expertos en migración centroamericana. Actualmente trabaja en el periódico salvadoreño 'El Faro'.

Yeray S. Iborra / Sònia Calvó
 
 
Óscar Martínez, periodista de El Faro / SÒNIA CALVÓ

Óscar Martínez, periodista de El Faro / SÒNIA CALVÓ

El periodista Óscar Martínez defiende la importancia de «otorgar a los reporteros tiempo y recursos para sostener la mirada». Precisamente eso es lo que intentan en El Faro, donde Martínez trabaja explicando la violencia de las maras y el crimen organizado en América Central, convirtiéndose además en uno de los principales expertos en migración centroamericana. Para él es importante que el periodismo sea «un taladro del discurso oficial», no por «joderlo», sino por vocación de «explicarlo y desmontar las capas para llegar a la columna real que hay detrás del discurso».

Martínez ha recibido varios galardones como el Premio Internacional a la Libertad de Prensa o el premio Maria Moors Cabots. También ha publicado los libros Los migrantes que no importan y Una historia de Violencia: Vivir y Morir en Centroamérica. Ahora acaba su próximo libro, en el que trata de explicar, a través de la historia de Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood, la historia de El Salvador y todo un proceso internacional. Martínez se muestra convencido de que el periodismo debe dar voz a las personas, pero «no dejarles decir lo que quieran», sino «tener una postura honesta de querer entender sus razones».

Es periodista en El Faro. ¿Apuestan por lo que se conoce como ‘periodismo de paz’? ¿Debe el periodismo contribuir a la solución de un conflicto de manera efectiva, convirtiéndose en un actor y no solamente un espectador?

Nunca lo habíamos definido así, no lo descartamos. No lo llamamos periodismo de paz, una etiqueta poco estudiada en centro América. Lo que intentamos hacer es permanencia, ya que solo eso entraña complicidad. Cuando hay tanto bombardeo sobre poblaciones grandes como la migrante, posturas tan antagónicas como la de Donald Trump o entidades sociales que trabajan en terreno con migrantes jugándosela todos los días, uno llega con la cabeza mueblada con estereotipos. Pero ante esto, solo la permanencia te empieza a explicar cosas y te permite llegar a la escala de grises. Eso es lo que intentamos contar en el Faro, justificar dentro de contextos más complejos que el inmediato. Pero explicar un contexto implica conocerlo muy bien, si queremos explicar el porqué de trasfondo. Por eso en El Faro hay apartados, como Sala Negra o En el camino, donde otorgamos a un grupo de reporteros tiempo y recursos para que sostengan la mirada. Así que yo no diría ‘periodismo de paz’, sino ‘de profundidad’ o ‘de permanencia’. Eso es lo que yo entiendo por buen periodismo.

Las etiquetas siempre bailan… 

Hablar de desahucios, de homicidios, de la Mara Salvatrucha… el problema al final siempre es el mismo, reproducir estereotipos. Eso no es periodismo, es propio del discurso político. El periodismo lo que quiere justamente es romper estereotipos. Otro error es reproducir el discurso oficial, no únicament el que sale de los despachos del Ministerio… Por ejemplo, el tema del narcotráfico no lo cubrimos desde lo que piensan los gobiernos. Publicamos el reportaje ‘Ser un nadie en tierra de narco’, donde explicamos qué significa ser indígena en medio de la selva de Guatemala, frontera con México. Petén es la gran puerta de salida de la droga que cruza Centroamérica rumbo a México. No tratamos de justificar las razones por las que es normal que haya personas que colaboren con el mundo del narco, pero sí que queremos entenderlas y explicarlas, porque hasta cierto punto es comprensible.

El periodismo debe de ser un taladro del discurso oficial, pero no por vocación de joderlo, sino por vocación de explicarlo y desmontar todas las capas para llegar a la columna real que hay detrás del discurso. Por todo ello prefiero hablar de posturas, de manera de encarar temas, de resultado materiales, no de etiquetas de ‘periodismo de paz’.

Habla de construcción del migrante a través de estereotipos. ¿Cree que esta construcción es la misma en todos lados? 

Llegar a la estructura que genera actitudes es muy difícil. Pocos periodistas y medios lo hacen porque implica invertir tiempo y dinero. Invertir tiempo significa que un periodista no haga cinco noticias al dia, sino una cada dos semanas y eso conlleva menos páginas publicadas y, por lo tanto, menos publicidad. Por eso muchos medios se han convertido en supermercados. Hay otras profundidades complejas en la cobertura de migraciones. Hay una postura de que los migrantes son una especie de ‘walking deads’ que van a destruir México, pero también hay otra postura nociva que tiene que ver con migrantes buenos y migrantes malos, donde el migrante tenía que ser una víctima que sufriera mil cosas para que entonces se pudiera justificar que no lo violaran o no lo secuestraran. El principal mal es estigmatizar al migrante como devorador de un país, pero simplificarlo también es un mal.

Para no simplificarlos, ¿tenemos que entenderlos como sujetos políticos, dándoles la misma voz que cualquier otro actor con nombres y apellidos?

Es lo que debe hacer el periodismo, rascar la superficie de todo sentido. Por ejemplo, yo ahora estoy escribiendo un libro sobre Miguel Ángel Tobar, el niño de Hollywood. Hay entrevistas donde él explica su pasado como pandillero, y otras en las que se le destroza y le pregunto por que querría que mi hija crezca al lado suyo. Hay momentos en los que te enfrentas a cosas complejas. Darle voz a alguien no es dejarle decir lo que quiera, darle voz a alguien es tener una postura honesta de querer entender sus razones y para entenderlas hay que increparle, no llorar con él. Si quiero obtener la verdad de alguien le hago preguntas inteligentes y que le incomoden. En eso consiste el periodismo.

En relación a la construcción del migrante, hay muchas veces que se les presenta como víctimas de procesos pero mal explicados. Muchos medios lo cuentas desde los despachos o únicamente hablando con los que han llegado, sin ir al origen del viaje. A mi me tiene podrida la victimización banal del migrante, pero no la historia trágica, esa puede ser profunda si como periodista hiciste un seguimiento. Pero no se puede banalizar.

El mal periodismo alienta mucho a la gente que le gustan los extremos facilones. Si viene de medios antiinmigrantes alienta a aquel que quiere odiar a los migrantes, pero el periodismo lacrimógeno alienta solo al hiperconvencido. A la gente que esta en medio, los que no tienen una postura formal, solo el periodismo de fondo les puede hacer voltear. Para quien esté convencido de su postura, solo el buen periodismo argumentado puede hacerle cambiar su postura. Ese es el mayor mérito del periodismo, hacerle cambiar de posturas radicales. Por eso debemos discutir sobre los temas, pero también sobre cómo cubrirlos, como enfocarlos y con qué métodos.

Somos muy consciente del tipo de lector que tiene El Faro y qué periodismo quieren leer y lo que detestan, pero incomodar a tus lectores también es una función del periodismo. Cuando los medios escribimos lo que quiere la gente es cuando empezamos a hacer un panfleto y a incumplir nuestra labor, que es generar masa crítica. No se generan masas críticas sin incomodidad, y si todo es cómodo, es que algo se está haciendo mal.

Cuando se habla de la gente del Salvador en Barcelona, se acostumbra a mostrar solo a las pandillas. ¿Por qué cree que es eso?

Hay procesos para crear marcas y la marca de El Salvador es la Mara Salvatrucha. En general las sociedades nunca han querido entenderlo. El Salvador no trata a los migrantes como México por el simple hecho de que no estamos situados geográficamente donde está México, sino les haríamos lo mismo y entonces seríamos nosotros los malos de la historia. En las sociedades actuales se ve a los migrantes solo como un cliché, sin ganas de entender las causas. Cada vez hay más sociedades antiinmigrantes y eso no es exclusivo de una región. Por eso digo que hay estructuras de fondo que generan este odio, con mensajes al estilo de Le Pen o Trump, que cuallan en todo el mundo, porque no se explora más allá.

Hay reportajes que solo cuentan la parte oficial, pero no podemos hablar de las pandillas sin hablar con ellas. Del mismo modo que no se puede hablar del PP sin ‘peperos’, no se puede hablar de las pandillas sin pandilleros. Incluso los grandes dictadores han hablado. Por eso debemos tirar de la lengua, conseguir informantes.

No obstante, es muy diferente la situación que se vive en Barcelona que en el Salvador. La Mara Salvatrucha nace en el sur de California como una reacción al entorno de los que habían recién llegado. Se necesita una sociedad tan deformada y unas instituciones como las salvadoreñas absolutamente desinteresadas. Ahí todo se va a un agujero negro en el expediente de Justicia. Necesitas una construcción de país sobre cimientos de desigualdad y injusticia tan soberana como la de El Salvador en la que, después de la guerra, se inventan una ley de amnistía entre comandantes guerrilleros, militares y presidentes de la derecha que se basaba en el perdón y el olvido. Se puede perdonar, pero olvidar está cabrón. El perdón es una actitud directa donde alguien debe reconocer lo que hizo.

Necesitamos una sociedad construida sobre cimientos podridos para que la pandilla prolifere. Las pandillas son expresiones nefastas de lo que somos como sociedad. Y la sociedad catalana no esta tan jodida como la salvadoreña. La idea de que la Mara Salvatrucha podría funcionar aquí es partir de que no son parte de la sociedad, sino que se van instalando allá donde aterrizan, y no es así, ya que las pandillas son una expresión de la sociedad.

Publicaron un reportaje donde se explicó que la Policía masacró la finca San Blas, donde revelan indicios de ejecuciones sumarias y montajes en la escena de los homicidios. En ese caso solo quedó una testigo viva. ¿Como aseguran la protección de las fuentes, a riesgo de ser asesinadas?

Hemos dejado de publicar temas cuando hemos estado convencidos de que no había ninguna posibilidad de proteger a la fuente. Nos hemos equivocado en algunos casos. Una madre campesina del monte no tiene por qué haberse preguntado por temas de seguridad, en cambio yo sí que debería, ya que es mi responsabilidad. Tomamos varias medidas, nos asesoramos, les ofrecemos opciones pero, sobretodo, somos siempre brutalmente honestos sobre las consecuencias. No podemos prometer que se va a judicializar un caso, ya que no somos ni jueces ni fiscales, pero sí que podemos prometer que se publicará una historia solida gracias al testimonio. Eso es lo único que podemos prometer, buen periodismo.

Sabemos que puede haber problemas para las fuentes. Hay muchas que están ocultas para poder seguir vivas, porque han recibido amenazas de muerte. No obstante, hay veces que si una fuente habla es un criterio para no asesinarla. Cada caso es diferente, pero todos implican riesgos. Hay casos en los que hemos conseguido que no acusen ni amenacen a nadie, donde no se sabe quién nos habló. Pero también hay reportajes que implican que mucha gente del medio deba tener escolta. Hay un caso donde contamos que el Gobierno negoció reducción de homicidios con pandilleros donde todavía no se ha averiguado quien dio ese off the record y lo tienen a la par muchas veces, pero no tienen ni idea ni nunca la van a tener.

En Sala Negra, una de las secciones de El Faro, actualmente solo publican hombres. ¿A qué se debe esto? ¿Hay una postura activa en cuanto a aplicar perspectiva de género? 

Hay una postura activa sobre esto en El Faro, pero desde hace poco tiempo, unos cuatro años. Necesitamos contratar a más mujeres pero como una voluntad. Nunca ha habido una prohibición, pero las estructuras no tienen por qué funcionar por prohibiciones explícitas necesariamente. En la redacción general de El Faro ahora trabajan más mujeres, pero en Sala Negra no. Al principio había, con periodistas como Marcela Zamora, que cubrió muchos temas de migraciones, prisiones y tortura. Sin embargo, yo sí creo que hay mayores dificultades para una mujer en algunos contextos, pero también algunas oportunidades, como por ejemplo hablar con víctimas de violación o con las mujeres de los burdeles.

Hay otro punto que es que las pandillas son organizaciones tremendamente machistas, son la expresión más violenta de la sociedad salvadoreña, donde las mujeres no pueden ser miembro desde el año 2005. Los pandilleros dicen que ellas delatan muy rápidamente, que son busconas, generan problemas y peleas, pero el sistema judicial está lleno de hombres que han traicionado a su pandilla. Esto hace que sea una estructura muy difícil de romper. Hay pocos sitios en los que sea aventajado ser mujer, por lo que no puede ser un criterio para elegir si una mujer debe cubrir un tema o no, porque bajo esa teoría mantendríamos el sistema diciendo que es más fácil para los hombres, e incluso seria aún más fácil todo para un hombre, blanco, que hable idiomas… No saldríamos nunca del mismo perfil.

Miquel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood / Foto: ÓSCAR MARTÍNEZ

Este año publicará un libro sobre Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood. ¿Lo que busca es darle voz o contar su historia? 

Se trata de contar su historia. La lógica ambiciosa del libro de El Niño es intentar explicar un país y un proceso internacional a través de un tipo. Quiero que veamos a Miguel Ángel como un producto. No estoy diciendo que todos los que vivieron así se conviertan en ese producto, pero él fue producto de esas circunstancias. Como tiene una vida muy circular es muy clara. Miguel Ángel Tobar era un asesino. Un exmiembro de la Mara Salvatrucha y su clica Hollywood. Fue asesinado en noviembre de 2015 por unos sicarios. Era también testigo criteriado de la Fiscalía y ayudó a enviar a prisión a más de 30 pandilleros. Era un hombre al que el Estado había prometido proteger. La primera vez que él intenta matar a alguien es el capataz de la finca donde trabajaba, porque veía como violaba a su hermana. Miguel Ángel tenía 10 años. Esa fue la primera vez que obtiene una arma. Confluyen muchos procesos violentos en ese violento hombre. Su historia explica complejidades.

Uno de los problemas en general es que olvidamos muy rápidamente la historia o desconocemos qué ocurrió hace pocos años. Por ejemplo, Trump ha dicho que deportará a los miembros de la Mara Salvatrucha y así nació justamente la mara en 2007 en Long Island. Para las clicas de la costa este la deportación jugó un papel transcendental. Se nos olvida lo que acaba de pasar. Por eso me alegra intentar plasmar en un libro qué pasó, ver que hay cosas conectadas para que nos ayuden a entender lo que está pasando ahora. Hay pequeños recordatorios que tienen que hacerse de manera contundente, porque sino vemos que la cabeza de esta sociedad esta hecha para que todo nos pase de oreja a oreja. Miguel Ángel Tobar permite ponerle nombre y apellidos y escenas a todos esos procesos. Es contar el contexto en la vida de alguien.

Durante los tres años que estuvo con Miguel Ángel Tobar, ¿qué relación mantuvieron usted y él? 

Muchos periodistas te dirán que la empatía es una de las mayores virtudes de la profesión, pero yo creo que no, que lo que permitió hacer el libro son la confianza y el respeto mutuos. Respeto en el sentido que cumplíamos los pactos que hacíamos, y confianza porque él sabia que yo no lo iba a ir a entregar a manos de otra pandilla ni le metería una denuncia por homicidio. Él me respetaba pues nunca intentó verme como un idiota ni me decía que él era un buen tipo. Yo le preguntaba si había alguna forma de meter las manos en el fuego de que él no asesinaría a más gente y me decía que no. Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Cuando me preguntó si yo creía que el libro iba a acabar con su muerte yo le dije que no es que lo creyese, es que así seria. Hablábamos con esa franqueza. La confianza y el respeto implica eso, pero no quiere decir que no hubiese puntos álgidos de discusión, como cuando le hacia preguntas comprometidas durante las más de 50 horas que en total le entrevisté a lo largo de 3 años. Miguel Ángel tuvo una vida tremendamente dura, no conoció el bienestar en toda su vida, vivió el infierno en la tierra de la manera menos metafórica posible. Es difícil de asimilar que alguien llame a eso vida. Me dio otros teléfonos, para que alguien me avisase cuando le mataran. Y así fue. En noviembre de 2014, quien tenia ese teléfono me llamó y me dijo “mataron al niño”.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*