EL ANÁLISIS... PLURAL

El ‘tsunami Sánchez’: una oportunidad para reconstruir el catalanismo

Este tsunami llamado Pedro Sánchez no es tanto un tsunami de destrucción –a pesar de que puede serlo para Cs y Podemos– cómo de construcción –de un nuevo partido socialista menos liberal y más socialdemócrata– y de reconstrucción –del gran espacio que ha sido el catalanismo político– para los próximos dos años.

Jaume Risquete
 
 
 
Pedró Sánchez, al seu primer Consell de Ministres |  Pool Moncloa/César P. Sendra

Pedró Sánchez, al seu primer Consell de Ministres | Pool Moncloa/César P. Sendra

Es una gran oleada que puede convulsionar profundamente el mapa político español y catalán. Ahora ya no parece que estemos en los tiempos de la astucia ni de las prisas, sino en los de la generosidad. Y ésta se cultiva reconociendo al otro y cediendo. A pesar de que con este escenario que ha dibujado Sánchez, parece más bien que será la reforma de la Constitución española la primera piedra en el camino para hacer frente a la desafección y la desconexión.

Cataluña necesita recuperar la convivencia; lo han admitido incluso políticos situados en los extremos del eje polarizado. Pero sin una política de gestos (en los últimos días Josep Borrell ha dicho sí a las embajadas y Fernando Grande-Marlaska al acercamiento de los consellers encarcelados) y sin el definitivo abandono de la unilateralidad por amplios sectores del independentismo, el conflicto continuará enquistado.

Hay una Cataluña alejada de los extremos, que ha sido la verdaderamente silenciada en los últimos seis años. A medida que desaparecía del espacio político, social y mediático, este espacio lo iban ocupando los protagonistas del conflicto (político y social), gracias a la retroalimentación de los polos opuestos. Uno de los efectos de la jugada de Sánchez puede ser el inicio de la reconstrucción del espacio del catalanismo político, el gran damnificado del procesismo.

Por eso, la moción-tsunami de Sánchez se ha recibido por muchos en España y Cataluña no como una gran oleada de potencia destructiva que traería más caos, sino como una de aquellas tormentas de verano que alejan el bochorno y durante unas horas dejan una agradable sensación de calma fresca.

¿Volvemos a un escenario de bipartidismo?

Sobre Pedro Sánchez se ha dicho que era el líder típico de la política posmoderna basada en la pura imagen, en el marketing, en el cartón-piedra, en las frases vacías detrás las cuales se esconde el neoliberalismo. Un perfil en la línea de Albert Rivera, impulsado a la fama después de una campaña electoral al Parlament de Catalunya (2006) en la que desnudo prometía aire nuevo, regeneración y hacer frente al nacionalismo catalán. Dos líderes, Sánchez y Rivera, que coinciden con el perfil ético y estético de otros políticos que se han destacado en los últimos años, sobre todo en Occidente: líderes mucho más técnicos y menos animales políticos.

La maniobra de Pedro Sánchez y su equipo de confianza ha dejado fuera de juego al mismo PSOE, al PP, a Cs y a Podemos. También medios de comunicación etiquetados de progresistas que como El País han machacado el pedrosanchismo, hasta el punto de convertirse en el diario de referencia naranja.

El sueño posmoderno de la fragmentación política se ha desvanecido, de momento, tan rápidamente cómo han apuntado las encuestas que vuelven a dejar a Cs y Podemos a remolque de PSOE y PP.

En este contexto, el bipartidismo sale beneficiado y ahora habrá que ver si el PSOE puede, en dos años (con las municipales en el ecuador), ir descolgándose del PP o bien si el PP aprovecha dos años en la oposición para autoregenar su imagen y mensaje, a pesar de que en tiempos posmodernos el próximo líder del PP puede durar tan poco como Max Huerta.

Política de guiños

Pero el efecto más sorpresivo que puede tener la jugada de Sánchez es provocar que el tsunami llegue a las playas bastante removidas del proceso catalán. Los primeros gestos desde la Moncloa han ido en esos dos ejes que han marcado la política española y catalana posmoderna: la desafección y la desconexión. Ante la desafección política, el objetivo de Sánchez es volver a la política de gestos: al colectivo de mujeres (un gobierno alabado por todas partes para tener mayoría de ministras), el de los inmigrantes (una Europa progresista alabando que Valencia acoja las 609 personas del Aquarius)… y pronto los pensionistas. Muy en la línea de la primera legislatura de Zapatero (2004-2008) de guiños sociales como la ley de matrimonios homosexuales.

Y ante la desconexión catalana, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero le ha marcado el camino a Sánchez en cuanto al segundo de los gestos estratégicos: volver a recuperar el Estatut de Catalunya original, el del tripartito, el que quedó cepillado en el Senado y posteriormente, en 2010, por el Tribunal Constitucional, y que marcó el ascenso del movimiento independentista y la desconexión de al menos dos millones de catalanes respecto al Estado. Este conflicto que ha polarizado el mapa político catalán entre independentistas y unionistas/constitucionalistas, y que ha enviado al ostracismo a los partidos catalanistas equidistantes que como Iniciativa por Cataluña, PSC y Unión Democrática defendían postulados federales y confederales.

La jugada de Sánchez casi parece –siendo mal pensados– un pacto con un PP en decadencia que habría preferido dejar el gobierno en manos del PSOE y hacer oposición para, de este modo, diluir Ciudadanos. Al final, podría ser que la regeneración de la derecha española venga de la mano de los herederos de Rajoy y no por el líder naranja, que se ha camuflado en socialdemócrata y liberal hasta que los corresponsales extranjeros en España lo han dibujado como un señor de derechas.

A un año de las municipales

Queda un año para las municipales. Todo –como se está evidenciando en la política posmoderna–, todo es posible. Pero las próximas elecciones locales serán vitales, especialmente para saber cómo queda Podemos y Ciudadanos, necesitados los primeros de mantener capitales de provincia, mientras el reto de los de Rivera es conseguir por primera vez ganar en pueblos y ciudades con renombre. En el caso de Barcelona, gestos importantes hacia Cataluña podrían deshinchar las opciones independentistas de asalto a la Plaza de Sant Jaume y, por el contrario, hacer crecer a un PSC que podría competir la victoria a Colau.

Los gestos que haga el Gobierno de Sánchez –hay que ser muy ingenuo para todavía creer que en este país hay separación de poderes– hacia los encarcelados y el ofrecimiento de un nuevo Estatut, tan generoso como el que cepillaron, podría hacer bajar el suflé independentista y dar visibilidad a posturas de tercera vía.

Esta tercera vía, vilipendiada durante estos últimos seis años de proceso, pasa para rehacer el catalanismo político. Y aquí será básico que las voces políticas y intelectuales que representan este espacio silenciado recuperen el referente que habían sido PSC e ICV (antes el PSUC).

Dos años, una eternidad en la política actual

El 11 de junio de 2014, en la rueda de prensa donde anunció su dimisión como secretario general del PSC, Pere Navarro argumentó que “los tiempos en política van muy rápidos, nada que ver con hace 20 años”. Tan rápidos que él mismo desapareció de la escena política. Así de rápido ha salido Max Huerta, el nuevo ministro de Cultura del sorpresivo gabinete de Pedro Sánchez que el pasado miércoles presentó la dimisión después de sólo seis días con la cartera en las manos. Cosas de la posmodernidad política y mediática.

Esta velocidad lo alimentan las nuevas formas de comunicación y de formación de la opinión pública. No obstante, la principal clave para entender la transformación del mapa político catalán (y a partir de 2014 también del español con la irrupción de Podemos a las elecciones europeas de mayo que apuntaba a la rotura del bipartidismo español) es la desafección, de la cual se han nutrido los nuevos populismos tanto aquí como en otras regiones de Europa.

Una desafección política a raíz de la crisis económica –negada por José Luis Rodríguez Zapatero hasta 2009–, desafección que en Cataluña se añadió a la desconexión de una parte cada vez más grande de catalanes por cómo había ido el nuevo Estatuto de Autonomía. La desafección sumada a la desconexión reventó el catalanismo político y redibujó el mapa político en Cataluña, desde 1980 mucho más complejo y plural que el español.

Mientras tanto, en España el bipartidismo había soportado el tsunami político posmoderno hasta que a partir de mayo de 2014 la sombra de Podemos y Ciudadanos empezó a amenazar a PP y PSOE.

Ya se ha visto que la velocidad actual en política hace difícil decir qué puede pasar en dos años. En política una semana se ha convertido en una eternidad, como se ha comprobado en el Congreso con la moción de un Pedro Sánchez a quien nadie, ni el más fino analista, podría haberlo imaginado hace un mes en La Moncloa. Seguramente, ni él mismo.

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