El triunfo de los radicales

Otros bromean, con evidente desfachatez, sobre el silencio de las personas que en octubre llevaron camisetas blancas. No se equivoquen, estamos bien presentes, nuestra puerta está abierta y el deseo de una solución pactada deviene siempre más acuciante

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
El ministre de Justícia, Rafael Catalá, Interior, Juan Ignacio Zoido i el d’Educació, Cultura i Esport, Iñigo Méndez de Vigo / @caval100

El ministre de Justícia, Rafael Catalá, Interior, Juan Ignacio Zoido i el d’Educació, Cultura i Esport, Iñigo Méndez de Vigo / @caval100

Hace demasiado que no escribo sobre el Procés, y en parte es por la sensación que ya dije todo lo que debía decir a lo largo de estos últimos años. Asimismo, es probable que a ello se una un hastío siempre creciente por la cuestión, hastío enlazado con un disgusto cada vez más profundo por el rumbo de unos acontecimientos, donde los tristes ganadores temporales son los radicales de uno u otro lado.

También es posible que debamos enfrentarnos, quizá lo único estimulante de la cuestión, a dos niveles de realidad. El primero se basaría en el sempiterno dominio del relato de un colectivo minoritario que maneja los principales altavoces. En el caso catalán este se enmarcaría en la intransigencia de parte del Parlament en su enroque para no ceder a la lógica más elemental.

Cuando el Senado aprobó la implantación del 155 muchos consideramos que, por una vez, Mariano Rajoy había jugado bien sus cartas al conectarlo con la convocatoria de elecciones. De este modo el efecto sería breve y se levantaría con la investidura de un nuevo president. Pasados los meses el inmovilismo del bloque independentista ha convertido la medida en una especie de sopor metafísico que flota sobre la cabeza de todos los catalanes.

En 1933 hubo una crisis de proporciones significativas en la Segunda República porque la derecha quiso que Juan March, por aquel entonces preso, fuera miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales. Por supuesto el banquero de Franco no es comparable a los políticos catalanes encarcelados. Lo menciono porque, nos guste o no, alguien entre rejas o fugado de la justicia no puede desempeñar en condiciones normales cargos públicos de la máxima importancia, algo que en el caso que nos concierne quizá sabían Puigdemont, Sánchez o Turull desde el mismo momento en que se convocaron los comicios, pero en este trayecto del que no se intuye conclusión siempre ha primado lo emocional sobre la razón.

La solución sería proponer un nombre apto dadas las anormales circunstancias o seguir la vía Tardà de crear un frente amplio, pero parece que algunas de sus señorías no están por la labor. Otras, las que nos representan en el Congreso de los Diputados, parecen mimetizarse con el presidente del Gobierno y juegan con fuego a un inmovilismo harto preocupante. Eso explicaría el por qué la calle ocupa con tanta solvencia el espacio dejado huérfano por los diputados de cada uno de los hemiciclos, señal positiva en lo concerniente a España y negativa en Catalunya por el cariz de los movimientos emprendidos de los CDR, de los que uno no sabe si aumentan su mecha al estar de vacaciones o por la rabia de la radicalidad instaurada; al fin y al cabo, todo es fijarse, cada vez son menos los que se manifiestan. Quedan los más ruidosos en un proceso también visible en el cambio de tornas en lugares estratégicos. Me resulta obsceno que Elisenda Paluzie, a quien sólo han votado los miembros de la ANC, diga que el Govern no sigue su hoja de ruta, como también me resulta como mínimo altisonante el discurso de Roger Torrent y su cap jutge té legimitat per a perseguir el president de tots els catalans, frase venenosa donde las haya, poco democrática y muy fácil de destripar desde parámetros cabales.

También me resulta obsceno que la parálisis política confiera el máximo protagonismo a la judicatura. En El café sobre el volcán, extraordinario libro de Francisco Uzcanga, se menciona cómo en 1929 muchos protestaban en contra de la prisión preventiva. Las cosas siguen igual y desde mi punto de vista los antiguos consellers deberían estar en la calle hasta que el juicio dictaminara sentencia. A veces olvidamos que no falta tanto para los triples comicios de 2019 y mucho de este toma y daca puede interpretarse desde esa clave, lamentable porque el Partido Popular intensifica su discurso extremo por el ascenso de Ciudadanos, sin duda la principal formación beneficiada por toda la evolución del Procés, tanto en Catalunya como en el resto del Estado.

Por lo demás esto sigue siendo una cuestión de lenguaje que algunos medios y las redes sociales, otra cosa es pasear por la calle, el segundo nivel de realidad, atusan con premeditación, alevosía, alba y nocturnidad. Los políticos fuera de nuestras fronteras no son exiliados, sino fugitivos. Así lo marca el vocabulario con independencia de nuestra opción política. Para que el disparate sea aún más mayúsculo podemos añadir la mala nueva de estos días. El encarcelamiento de Puigdemont en Alemania ha sido muy útil para prolongar las reductio ad hitlerum y comparar la situación actual con la de Companys en 1940, una tragedia que ahonda en ese suave y tenso filo presente durante todo este desastre: ¿Cómo queremos educar a la ciudadanía? ¿Hasta tal punto despreciamos la Historia para tolerar estos despropósitos interpretativos que se expanden como la pólvora?

Otros bromean, con evidente desfachatez, sobre el silencio de las personas que en octubre llevaron camisetas blancas. No se equivoquen, estamos bien presentes, nuestra puerta está abierta y el deseo de una solución pactada deviene siempre más acuciante. Sin embargo, no nos corresponde tomar la iniciativa, esta recae en aquellos que reciben un sueldo para representarnos, unos auténticos irresponsables que alargan nuestra agonía. Si el desgobierno conduce al caos puede que estemos instalados en el mismo. En caso de persistir quizá sí deberían tomarse medidas excepcionales. Pueden llegar con votos u otras formas de sentido común, pero son urgentes y preferiría que las adoptaran personas encorbatadas. Hablen de una maldita vez, hagan su trabajo y alejen la pesadilla. Como pueden comprobar no he dicho nada distinto de lo que predico desde siempre. Esa es mi derrota, escribir para la nada porque los empecinados han cronificado sus tapones.

1 Comentario en El triunfo de los radicales

  1. Aurelia Sanz // 13/04/2018 en 17:38 // Responder

    Em sembla, el teu article, un prec/suplica que fem més de la meitat de la població de Catalunya. Continua, Jordi, escrivint amb aquesta mateixa voluntat i criteri, perquè molts ho necessitem i ens permet viure amb el destg de trobar, en aquesta caverna en la que s’ha convertit Catalunya, un raig de llum i esperança que ens permetés eliminar fantasmes i un dia despertar amb la noticia que s’ha trobat la manera de formar un govern racional i de consens a Catalunya

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