Análisis

El resultado en Barcelona puede ser clave para la reconciliación en Catalunya

Los resultados en las elecciones municipales en la capital de Catalunya podrían permitir iniciar una nueva etapa en las relaciones entre socialistas y republicanos, con los comunes como intermediarios. Sería una fórmula para ayudar a la "desinflamación" y, finalmente, mejorar la convivencia

Andreu Farràs
 
 
 
Ajuntament de Barcelona | Wikipèdia

Ajuntament de Barcelona | Wikipèdia

Aún no sabemos cómo será el Gobierno de los años que vienen y ya estamos a punto de comenzar una nueva campaña electoral. En Catalunya, en las elecciones del próximo 26 de mayo «sólo» se celebran municipales y europeas, pero en muchas comunidades autónomas españolas también deben ser elegidos los parlamentos regionales.

Las elecciones a las Cortes del 28 de abril fueron para muchos una primera vuelta de una carrera que algunos, según como vaya el segundo asalto del 26-M, querrán que continúe hasta los comicios al Parlament de Catalunya hacia finales de este año.

Una emisora ​​de radio catalana preguntó a sus oyentes si en las municipales de su pueblo o ciudad apoyarían al mismo partido que votaron en las legislativas. Más de la mitad de los oyentes que se pronunciaron aseguraron que optarían por unas siglas distintas a las de abril. Confirmaron lo que se ha comprobado en los últimos años de democracia, que el voto es dual en muchos lugares y que a menudo, en los ayuntamientos, se hace confianza más a la persona, el proyecto y el trabajo realizado en el municipio que la ideología del candidato a la alcaldía.

Un mapa de color amarillo con manchas rojas

El resultado de las elecciones municipales en Barcelona será, como siempre, de vital importancia en el panorama general y trascenderá al mismo ayuntamiento, más allá incluso de Catalunya. El contexto social e ideológico surgido del proceso independentista y las posteriores represalias decididas por el alto funcionariado de España confieren al gobierno municipal que resulte de las votaciones del 26 de mayo un simbolismo especial. Aun y el voto dual, lo más previsible es que en la inmensa mayoría de las ciudades medianas y pequeñas de Catalunya los ayuntamientos terminen tiñéndose del fuerte color amarillo de los independentistas de ERC, con algunas excepciones rojas en el área metropolitana de Barcelona, ​​en Tarragona y alrededores y quién sabe si en la singular Vall d’Aran. Un mapa similar a las generales, salvo quizá de la ciudad de Barcelona, ​​tan republicana como las últimas generales.

Las encuestas -nada infalibles- pronostican grosso modo un triple empate en Barcelona de ERC, Comunes y PSC, no necesariamente por este orden. Quizás el mensaje de la mayoría de los ciudadanos es precisamente este: no dar el poder absoluto a ninguno de ellos porque el objetivo es justamente que se entiendan. El 28-A, la mayoría de los electores catalanes apostaron claramente por el partido independentista que propugna el entendimiento con los adversarios más moderados del españolismo. Y, el mismo día, la mayoría del resto de ciudadanos españoles rechazaron con firmeza los tres jinetes del 155 y apoyaron (muchos catalanes también a través del recuperado PSC) al político más moderado y que hablaba siempre de «buscar la convivencia «.

Maragallismo a raudales

Todos los cabeza de lista barceloneses de izquierdas reivindican el legado de Pasqual Maragall. Incluso el neocentrista Manuel Valls. Ernest Maragall, por obvias razones familiares; Jaume Collboni, porque representa al partido de la vida política del alcalde de los Juegos Olímpicos, y Ada Colau, porque se considera la heredera de la gestión más de izquierdas que ha habido en la capital de Catalunya desde la restauración de la democracia.

Del mismo modo que hace unas semanas osé decir que consideraba que lo más conveniente para los catalanes y el futuro inmediato de Catalunya era que ganara Pedro Sánchez siempre que contara con el apoyo vigilante y leal de Unidas Podemos, me parece que la resurrección de un gobierno municipal tripartito de centro-izquierda (ERC-BEC-PSC) supondría numerosas ventajas para los barceloneses. Porque aseguraría una gestión municipal que velara por las políticas buscadores de más igualdad social y, sobre todo, porque permitiría iniciar una nueva etapa en las relaciones entre socialistas y republicanos, con los comunes como intermediarios (¿relatores?), Que podrían ayudar a la «desinflamación»y, finalmente, mejorar la convivencia.

Campaña teatral

Durante la campaña que comenzará en unos días, veremos volar dagas dialécticas, acusaciones fundadas o no, reprobaciones y quizás incluso insultos entre Colau, Collboni y Maragall. Ley de vida. Pero, tras las escenificaciones teatrales de la campaña, llegará la hora de las negociaciones y las alianzas, dado que no parece probable que nadie obtenga mayorías cómodas. Y no veo un mensaje mejor para los electores, contribuyentes y ciudadanos de Barcelona, ​​Catalunya y España que los partidos que gobiernan ahora y deberán gobernar en los próximos meses en la Moncloa y en la plaza de Sant Jaume se sienten juntos en la mesa del gobierno del primer consistorio de Catalunya.

Si las urnas confirman la corta diferencia entre los números de concejales de Collboni, Colau y Maragall que vaticinan las encuestas, no habrá excusa para que los tres sean los primeros en cumplir las reiteradas promesas de diálogo y distensión entre independentistas y constitucionalistas. La personalidad de los respectivos jefes puede ayudar decisivamente. Ernest Maragall no es un nativo independentista sino converso. Colau es soberanista, pero no quiere la secesión. Y Collboni pertenece al sector más moderado del partido socialista. Si se quiere, si los puristas y hiperventilados los tres partidos se quedan en casa o callan, todo ayuda a que, después de los aspavientos de la campaña, Barcelona se convierta en la capital de la reconciliación.

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