El poeta y la iglesia

Más allá de la anécdota, en el inmueble mencionado vivió sus últimos decenios Jaime Gil de Biedma, ignorado como Carlos Barral y tantos otros por la cultura oficial de la Generalitat, con el clamoroso desprecio de 2014, cuando se obviaron los aniversarios de sus muertes en una diáfana muestra de cómo se quieren privilegiar sólo la expresión en catalán, una barbaridad de las grandes cuando Barcelona ha dado grandes narradores y poetas a la Hispanidad

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Gil de Biedma | Colita

Gil de Biedma | Colita

Lo confieso, soy un adicto a las placas, y quizá he machacado el tema en muchos escritos, pero su existencia en las grandes ciudades europeas les proporciona una pedagogía urbana válida para entender su Historia mientras las paseas, y en este sentido a Barcelona le queda un gran camino por recorrer pese a iniciativas loables como el mapa literario trazado hace pocos meses, disponible en papel y desde la virtualidad; mientras no pongamos rectángulos con escritos en los lugares donde vivieron personalidades de renombre impediremos su descubrimientos a muchos caminantes, quienes con esta información al aire libre añadirían más conocimiento a su mente con sólo mover sus piernas.

Este párrafo inicial no es fruto de la casualidad. La semana pasada comentábamos el prodigio oculto del carrer J.S. Bach, culminándolo con el edificio de Ricard Bofill en la esquina con Maestro Pérez Cabrero, un director de orquesta decimonónico clave para la carrera de María Barrientos.

Más allá de la anécdota en el inmueble mencionado vivió sus últimas decenios Jaime Gil de Biedma, ignorado como Carlos Barral y tantos otros de la generación de los cincuenta por la cultura oficial de la Generalitat, con el clamoroso desdén de 2014, cuando se obviaron los aniversarios de sus fallecimientos en una muestra clarísima de cómo se quiere privilegiar sólo la expresión en catalán, una astracanada de gran calibre cuando Barcelona ha dado grandes narradores y poetas a la Hispanidad.

Si tuviéramos cierto nivel podríamos elaborar un recorrido por los domicilios de este exiguo y tan fundamental autor. Nació en el seno de una familia acomodada y para la leyenda queda ese sótano más oscuro que su reputación, donde en la actualidad hay una peluquería, ajena al montón de efemérides transcurridas en ese rincón, cueva liberatoria para este clásico con espíritu renovador, tan sólo homenajeado en unos interiores de manzana del Poblenou.

Foto: Jordi Corominas

La presencia de una placa en el número 6 de Pérez Cabrero ayudaría a reconocer su contribución, pues los espacios son claves para comprender los momentos creativos de los artistas. Tenemos esos metales donde nació y murió Joan Salvat-Papasseït, enorme y mitificado, no así con el bardo dandi, Secretario General de la Compañía de Tabacos de Filipinas, donde aún es posible contemplar su despacho de la Rambla.

Los sitios nos explican singladuras. La presencia de Jaime Gil en ese bloque de Bofill conecta dos modernidades demasiado poco mencionadas en el imaginario barcelonés. Me gusta imaginar a ese hombre valiente, y en ocasiones citado hasta la banalización, saliendo de su casa para ir al cercano Pippermint, y asimismo me complace cavilar las reuniones vividas en entre esas cuatro paredes.

Al abandonar su vivienda se encontraba, eso no tiene refutación posible, con la Iglesia de San Gregorio Taumaturgo, de alucinante historia desde el encargo del famoso obispo Modrego en 1945, fecha importante al encajar las piezas edilicias de toda la zona. En un principio estuvo en los bajos de una casa y la fase inicial de las obras fue responsabilidad de Bartomeu Llongueras, asiduo al barrio como vimos a través de una mansión del carrer de la Reina Victòria.

Más tarde el peso del trabajo correspondió a Jordi Bonet Armengol, hijo de un arquitecto discípulo de Gaudí con un repertorio bastante amplio por todo el centro urbano, a destacar su Edificio Vitalicio desde lo recurrente y la casa Elisa Conty en lo anónimo pese a su extraña belleza, aún más rara si cabe por su emplazamiento a pocos metros de la Monumental.

Foto: Jordi Corominas

Su retoño, aún en vida, estuvo vinculado a la órbita de poder al ser director general de Patrimonio durante el primer Pujolismo. Sus contribuciones al paisaje de la capital catalana son de un estilo más bien afeado, como demostraría la horrenda iglesia de Sant Medir del carrer de la Constitució, insalvable pese a tener un aroma, más bien un guiño, al genio de la Pedrera.

En el caso que nos ocupa las soluciones emprendidas juegan entre lo renacentista, acorde a las tendencias de su progenitor, y al delirio de su planta elíptica, remarcable porque el templo es identificado por la mayoría como redondo. Su parte más significativa corresponde a la fachada, con triunvirato de puertas y óculos, cuatro columnas y un frontón romano imponente, bien cosmético para disimular el estropicio de ver algo así casi como una rotonda o una pantalla para estropear la continuidad de la perspectiva.

Un poco más abajo tenemos una finca de Francesc Mitjans de 1944, pionera en el estilo propio de la primera posguerra. Jaime Gil debió saber esas referencias. Hubiera sido gracioso endosarle una grabadora en el bolsillo de su americana para apreciar sus opiniones sobre esos compañeros existenciales de piedra. Al fin y al cabo fue hijo de su tiempo y, como decíamos con anterioridad, su apuesta por residir en un elemento concebido por Ricard Bofill no dejaba de ser una declaración de intenciones, ratificada por estar en esas alturas alejadas propias de su clase social, las mismas a la espera de un homenaje modesto y útil para dignificar ese torrente lírico.

Barcelona, decía en una de sus composiciones, ja no es bona. Lo será cuando acepte sus múltiples legados y destierre la política de su cuadrícula para abrazar la pluralidad, realismo puro y duro, magia de tener muchos cuerpos en un único organismo.

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