El parque extraño

El Turó Park hace de barrera definitiva, una especie de glacis entre los ricos y el resto. Los terrenos pertenecían a la familia Bertrand Girona. En 1912, muy en consonancia con los gustos de la época, decidieron montar un parque de atracciones como el Saturno de la Ciutadella, inaugurado justo un año antes

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
Foto: Jordi Corominas

Foto: Jordi Corominas

Mi relación con el Turó Park siempre ha sido más bien absurda, entre otras cosas por considerarlo una especie de frontera definitiva entre dos zonas demasiado alejadas de mis territorios.

En realidad, el limes se halla en Diagonal con Francesc Macià y su reminiscencia en el imaginario colectivo separa las idiosincrasias con pasmosa facilidad, y si continuáramos con las barreras mentales de los ciudadanos podríamos ir algo más lejos y ubicar la verdadera divisoria en el Cinc d’Oros, pues más arriba están los antiguos pueblos y abajo el Eixample y la ciudad antigua.

En este sentido el Turó Park haría de barrera definitiva, una especie de glacis entre los ricos y el resto. Los terrenos pertenecían a la familia Bertrand Girona. En 1912, muy en consonancia con los gustos de la época, decidieron montar un parque de atracciones como el Saturno de la Ciutadella, inaugurado justo un año antes.

La diferencia, huelga decirlo, radicaba en la geografía. El de la vieja fortaleza, derruida durante el Sexenio Democrático, era interclasista, mientras nuestro protagonista captó una clientela adinerada con cierta pereza a moverse mucho y más aún a la hora de mezclarse con el proletariado durante esos decenios calientes, no en vano la Semana Trágica aún coleaba en forma de tremenda resaca y la existencia de dos urbes a nivel sociológico no sólo se palpaba en el ambiente.

Foto: Jordi Corominas

La idea fue brillante, aunque dependía mucho de la moda justo cuando lo volátil empezaba a imponerse y las tendencias eran cada vez más breves sin llegar al nivel de nuestros días. Por otra parte, esto es una mera suposición, el Tibidabo debió ganar pujanza, si bien también cabe considerar el aburrimiento en la gestión del proyecto y la firme posibilidad de ganar más dinero con un pacto beneficioso con el Ayuntamiento, quien aceptó encantado transformar el recinto en un parque ajardinado a cambio de dar a los Bertrand Girona la urbanización de sus posesiones.

Fue así como en 1934, en plena Segunda República, las máquinas cedieron por completo su sitio a una variada vegetación, un estanque, un quiosco y otros elementos concebidos por Nicolau Rubió i Tudurí, quien tenía un extraordinario bagaje en la labor al haber trabajado con Jean Forestier en el ajardinamiento de Montjuic, experiencia fundacional hacia su creación personal en los aledaños de la Sagrada Familia, plaza Letamendi o los del Palau Reial de Pedralbes.

Mis vivencias en el recinto, además de dadaístas, siempre se han teñido de cierto desencanto. La primera vez me chocó la desolación del paraje, medio abandonado y con necesidad de una acuciante reforma. En el recuerdo de esa visita queda la acumulación de heces perrunas y una arena patética en su dejadez, algo remediado durante el último lustro con su nueva puesta a punto para dignificarlo.

Ignoro si transcurrió alguna historia apasionante en su interior. Leo en una biografía de Carmen Laforet, escrita por Anna Caballé y Israel Rolón-Barada, de las tristes citas entre la escritora y Ricardo Lezcano durante la inmediata posguerra, cuando el enclave devino integrante del nuevo reducto privilegiado barcelonés, pues los vencedores de la República trasladaron el epicentro del Eixample a la por aquel entonces avenida del Generalísimo.

Foto: Jordi Corominas

Los jóvenes se sentaban en un banco con el consentimiento de una tía de la autora de Nada. Poco después se colocó en el tramo superior la Font de l’Aurora, que entre 1929 y 1933 fue puerta de acceso a Gràcia al estar ubicada en los Jardinets, donde las estatuas suelen durar poco. Ahora podemos apreciarla rodeada de flores y no encaja con el entorno, como si los caballos y la diosa del amanecer, de dedos de rosa según los clásicos, hubieran sufrido un mal viaje hasta recalar en esa extraña marginación.

Pero al menos desde los años sesenta recibieron compañía de otras criaturas, como la Ben Plantada d’Eugeni d’Ors, siempre la he visto de espaldas y asemeja a una intrusa perdida en ese marasmo, el busto del tenor Francesc Viñas de Josep Clarà y por último El pájaro de Jean-Michel Folon, de 1994 y por tanto enmarcado en el esfuerzo del consistorio de Maragall por llenar el espacio público con piezas repletas de una pátina moderna.

Por lo visto se recuperará, no lo había mencionado por su magia, el teatro de títeres, clausurado a finales del siglo XX. De este modo retomaremos esa fascinación por esos personajes de trapo encandiladores de niños y adultos hasta en els Quatre Gats, cuando sólo el demonio y los guardias civiles hablaban en castellano al ser la encarnación del mal.
Al abandonar el parque llego a l’avinguda Pau Casals, quizá la única de todo el Planeta con dos estatuas dedicadas al músico. La de la entrada al Turó es más compleja y lleva la firma de Apeles Fenosa, alegoría de la música estrenada a bombo y platillo en 1982 con la presencia de Jordi Pujol y Narcís Serra en su etapa en la alcaldía. Más abajo damos con el violoncelista según Josep Viladomat, quien lo moldeó en 1940 durante el exilio de Prada de Conflent.

Viladomat zanjó así una polémica típica del país, pues suya era la figura ecuestre del dictador instalada en el castillo de Montjuic hasta hace bien poco y con su cabeza perdida en algún almacén municipal. La omnipresencia de ese catalán universal saneó lo que fue conquistado en enero de 1939 con el ingreso de las tropas franquistas y mientras tanto el Turó Park espera revivir en sus alturas.

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