El oratorio de Sant Felip Neri de Gràcia

El Oratori de Sant Felip Neri de Gràcia demuestra demasiadas cosas que van desde la diversificación barcelonesa por la magia de barrios con identidad de pueblo hasta la absoluta necesidad de no dar nada por sentado y mirar hacia arriba, otra forma de combatir la pereza

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Como el Eixample es inmenso el barcelonés tiene una tendencia innata a la línea recta y le cuesta perderse por su ciudad. El motivo, además de la extrema pereza para desplazarse a distancias consideradas lejanísimas, radica en la funcionalidad que nos caracteriza. Siempre es mejor ahorrar un poco de camino a confundirse en medio del laberinto. En este sentido hemos cambiado mucho desde el derribo de las murallas, acaecido durante el colérico verano de 1854.

Resulta sencillo imaginar a nuestros antepasados, mucho más duchos en el arte de callejear al vivir en el universo del casco antiguo, un desorden ordenado donde resulta difícil cortar calles como hacemos con la nueva ciudad surgida del diseño del menospreciado Ildefons Cerdà, hombre previsor que nos regaló una ciudad útil por los siglos de los siglos, sin amén.

Escribo esta introducción porque siempre me dio por pensar en la plaza favorita de los habitantes de la capital catalana. Si realizáramos una encuesta la ganadora debería ser la de Sant Felip Neri, en el corazón del mal llamado barrio gótico. Mi única duda con relación al resultado es si muchos la han pisado por lo comentado en líneas anteriores. También me planteo si la mayoría conoce su carácter inventado, pues más allá del oratorio bombardeado en enero de 1938 y la casa de la congregación del oratorio el resto es un añadido por obra y gracia del arquitecto municipal Adolf Florensa, muy presente en la via Laietana.

En una imagen de 1940 se observa un hueco al lado del templo. Fue rellenado a finales de los cincuenta por el edificio renacentista del Gremio de los caldereros, que así culminó su viaje desde su origen en la plaça del Ángel y su extraña estancia al lado de plaça Lesseps, donde acogió a los bomberos de Gràcia.

El otro impostor del recinto, que de este modo cobro su insólito unidad y belleza, es el bloque del gremio de los zapateros, trasladado cuando, con motivo del Congreso Eucarístico de 1952, se destruyó el carrer de la Corribia para convertir el espacio colindante a la catedral en un enorme rectángulo.

Sant Felip Neri no está sólo en Barcelona, y de eso quiero hablaros. Mis amigos saben de mi amor por la Vila de Gràcia. Pasan los años y nunca me regalan un mapa mudo con el que mostrar mi conocimiento de sus calles. En realidad, sería el acicate perfecto para completar mi dominio de las mismas, adquirido mediante infinitos paseos y más de una correría nocturna.

Lo mejor de ser curioso es constatar la propia ignorancia. Una tarde de viernes me desvié de mis habituales recorridos, perdiéndome por un sector poco frecuentado. Empecé la ruta por plaça Molina, me adentré en Gràcia por el passatge de Mulet, crucé el carrer de les Carolines, admiré la restauración de la casa Vicens y desde allí jugué a penetrar territorios que hasta el momento sólo había contemplado parcialmente.

Al llegar al carrer del Montseny, subí un momento al carrer de l’Àngel, descubrí una ventana con abejas masónicas y recuperé el sentido del itinerario para buscar la fecha de la casa del número 8 de Montseny, con toda probabilidad la más antigua de Gràcia y que siempre imaginé como el domicilio de la Colometa. Un poco más adelante no me apeteció llegar al Teatre Lliure y sólo me quedó la opción de descender por el carrer del Sol.

Lo había pisado desde Ros de Olano tras alguna cerveza en la plaça del Sol, pero hasta entonces nunca lo había encarado desde su lado superior, de ahí mi sorpresa al mirar hacia arriba y toparme con una iglesia casi calcada a la de Sant Felip Neri, y claro, no iba equivocado. Todo tiene una explicación.

Estaba delante del Oratorio de Sant Felip Neri de la Vila de Gràcia. En 1564 el santo toscano fue nombrado rector de la iglesia romana de San Giovanni dei Florentini, desde donde creo una comunidad de sacerdotes y laicos, dándole unos estatutos. Debían instruir a los jóvenes y procurar la salvación de las almas. Cada casa de la comunidad debía gobernarse de modo independiente. También se estableció la existencia de un solo oratorio por ciudad.

Como Gràcia se agregó a Barcelona a través del Real Decreto del 20 de abril de 1897 es fácil deducir su construcción antes de esa fecha. Es más ancho, alto y esbelto que su homónimo barcelonés, si bien para apreciarlo uno corre el riesgo de contraer tortícolis por la estrechez de su ubicación; se erigió a principios de los noventa del Ochocientos al lado del claustro, tan fundamental para cohesionar el tejido cívico de Gràcia durante el último tercio del siglo pasado. Su arquitecto fue el vicense Josep Artigas Ramoneda, un perdedor de la Historia edilicia barcelonesa al ser durante el período previo a su traslado el arquitecto del Hospital de la Santa Creu y Sant Pau.

Pocos años después de ser completado sufrió las iras anticlericales de la ciudadanía durante la Setmana Tràgica de 1909, como bien recuerda una placa de su fachada que alude a otro punto fundamental de su singladura. El incendio de sus piedras inspiró a Joan Maragall para escribir el tercer artículo de su serie sobre esos hechos. La iglésia cremada, un puñetazo en toda regla ante la falsa piedad de la burguesía, la misma que desde la voz de Enric Prat de la Riba, por aquel entonces director de La Veu de Catalunya, ya había censurado su intento de reconciliación entre las dos Barcelonas expresado en el mítico La ciutat del perdó, publicado póstumamente en 1932.

El Oratori de Sant Felip Neri de Gràcia demuestra demasiadas cosas que van desde la diversificación barcelonesa por la magia de barrios con identidad de pueblo hasta la absoluta necesidad de no dar nada por sentado y mirar hacia arriba, otra forma de combatir la pereza. Si a eso unen caminar un poco más lentos y el deseo de extraviarse habrán ganado la libertad de tener más espacio mental y la posibilidad del conocimiento más allá de las cartas marcadas.

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