El nuevo pacto social, será ético o no será

Las brechas digitales llevan tiempo preocupando a los académicos, pero ahora los abusos con la privacidad han hecho sonar las alarmas de muchos ciudadanos y frente a una inteligencia artificial que nos parece de ciencia ficción, pero que es bien real, emerge la idea de la tecnología responsable

Cristina Fernandez-Rovira
 
 
 

Entre los que creen que los robots han llegado para destruir a la humanidad y los que opinan que van, por fin, a liberarla existen inevitables matices por explorar. Después del encandilamiento con la tecnología de los años noventa y los primeros dos mil, esa suerte de fase de luna de miel que hizo que los nuevos aparatos invadieran hasta el último espacio de nuestras vidas, nos encontramos ahora con la necesidad de manejar la 4ª Revolución Industrial. Esto nos llega, sin embargo, después de la alienación provocada por el neoliberalismo y con los vínculos comunitarios y la solidaridad hechos trizas.

Las brechas digitales llevan tiempo preocupando a los académicos, pero, ahora, los desmanes ―y abusos― con la privacidad han hecho sonar las alarmas de muchos ciudadanos conectados. Frente a una inteligencia artificial que nos parece de ciencia ficción, pero que es bien real, emerge la idea de la tecnología responsable. Según el think tank, Digital Future Society, 2018 fue el año en que pensadores, periodistas, políticos e incluso la industria tecnológica empezaron a lidiar con las consecuencias más problemáticas de las nuevas tecnologías.

El escándalo de Cambridge Analytica y Facebook, en que se acusaba a la primera de manipular los datos de 50 millones de usuarios de la red social para favorecer al entonces candidato presidencial Donald Trump o los presuntos ciberataques al Ministerio de Defensa revelados recientemente en España son solo dos ejemplos de un uso fraudulento de técnicas como la minería y el análisis de datos. Aunque se trata de procedimientos desconocidos por la mayoría de los usuarios que generan la información a golpe de clic, hay quien sí sabe sacarles partido.

Extrabajadores de grandes compañías tecnológicas han empezado a contar las prácticas indebidas que ellos mismos realizaban o ayudaron a implementar, y han creado el Center for Human Technology, con la intención de conseguir que la tecnología esté al servicio del interés de las personas (y no al revés).

Así, 2019 trae iniciativas que ponen de relieve la necesidad del compromiso ético de las nuevas tecnologías. Parece que empieza a importar más lo que debemos hacer con la tecnología por el bien común que lo que podemos, de hecho, hacer con ella. Es fundamental considerar el impacto social y las potenciales consecuencias no deseadas de los avances tecnológicos.

Por ello, la 4ª Revolución Industrial pide a gritos un renovado pacto social. Ha llovido mucho desde que Jean-Jacques Rousseau publicó en 1762 El contrato social, en que explicaba que era necesario establecer un acuerdo para que los humanos pudieran vivir en sociedad. Esa alianza implícita es el contrato social, que da ciertos derechos a cambio de renunciar a la libertad que se tendría en el estado de naturaleza. Pues bien, los derechos y los deberes de los individuos se hacen fundamentales para vivir en comunidad y el Estado debe garantizar que el pacto se cumpla. Sin embargo, Rousseau ya advirtió que los derechos y los deberes podían cambiar si las personas querían. Así, los términos del contrato pueden modificarse.

La incertidumbre actual demanda que todas las personas pensemos las nuevas cláusulas contractuales. ¿Quién debe explotar los datos que producimos en las redes sociales, nosotros o el monopolio tecnológico? ¿Qué se debe hacer con el rastro digital? ¿Hasta qué punto nos importa nuestra privacidad? ¿Tenemos derecho a la desconexión digital? ¿Es lícito crear tecnologías adictivas para el beneficio económico de unos pocos? Estas son solo algunas de las preguntas que, personalmente, me hago y para las cuales no encuentro respuesta en el debate político. Sin embargo, la tecnología no es neutral y, por tanto, la responsabilidad debe ser asumida.

La relación entre los ciudadanos y la tecnología es uno de los mayores retos que tenemos por delante. Si asumimos que el desarrollo tecnológico es imparable, los desafíos van, cada vez, a ser mayores. El bienestar y el empoderamiento de los ciudadanos deben estar en el núcleo del avance tecnológico, pues es momento de pensar al servicio de qué se pone este desarrollo. La tecnología no puede determinar el destino de la sociedad, sino solo ofrecer distintas posibilidades en un momento en que las democracias han de asegurar su supervivencia.

Cristina Fernandez-Rovira
Sobre Cristina Fernandez-Rovira

Cristina Fernández-Rovira. Periodista, màster en Conflictologia i en Integració Europea. Doctora en Sociologia i Antropologia. Politòloga en progrés. Treballa de professora a la Facultat d’Empresa i Comunicació de la Universitat de Vic-Universitat Central de Catalunya Contacto: Twitter | Más artículos

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