El músico trasladado

Las de passeig Sant Joan trazan una especie de skyline que empieza con Clavé, sigue con Hércules y Verdaguer, continua con el Doctor Robert y muere en el arco de triunfo. Lo interesante es que esta continuidad celestial se ha configurado con el tiempo y no fue pensada de inicio

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Si hiciéramos una encuesta entre los barceloneses es probable que la rambla Catalunya ganara en el apartado de avenida más bonita para pasear. Su victoria dependería de muchos factores, donde figuraría la inevitable comparación con passeig de Gràcia, ahora mismo infumable pese a su anchura por culpa de su simbología relacionada con el parque temático.

Mi voto, sin embargo, iría hacia el primer tramo de passeig de Sant Joan. Situado entre travessera de Gràcia y la Diagonal configura la forma de una avenida marcada, con pocos dándose cuenta del hecho, por sus estatuas, casi confirmando la frase de André Pyere de Mandiargues, quien en su maravillosa novela La marge habla de la peculiar característica de las esculturas de nuestra ciudad, altísimas, como si sus creadores tuvieran miedo de verles sufrir daños, algo confirmado por el anecdotario histórico.

Las de passeig Sant Joan trazan una especie de skyline que empieza con Clavé, sigue con Hércules y Verdaguer, continua con el Doctor Robert y muere en el arco de triunfo. Lo interesante es que esta continuidad celestial se ha configurado con el tiempo y no fue pensada de inicio.

Hoy nos centraremos en el monumento a Anselm Clavé, personaje muy olvidado pese a su trascendencia para el Catalanismo al impulsar los homónimos coros, fundamentales en el proceso de recuperar la cultura catalana mediante la música con varios ingredientes muy propios de nuestra tierra, como la idea asociacionista y el romanticismo de la palabra cantada para sentar las bases de un sentimiento colectivo desde lo nacional.
Cuando murió en 1874 fueron muchas las voces levantadas a favor de rendirle un homenaje en piedra, ritual muy propio de una época donde los grandes hombres debían ser inmortalizados en la vía pública. En el caso que nos concierne se lanzó una suscripción popular, encargándose el podio al arquitecto Josep Vilaseca y la estatua a Manuel Fuxà. Ambos habían colaborado en el conjunto dedicado a Bonaventura Carles Aribau, aún admirable en el Parc de la Ciutadella.

La ubicación decidida fue excepcional. La primera rambla de Catalunya tenía una sucesión de piezas que la hacían más noble si cabe. La primera, hoy arrinconada en el cruce con la Gran Vía, era en honor a Joan Güell i Ferrer. En su versión original, mutilada durante la Guerra Civil, era impresionante y sorprende que el actual ayuntamiento no la haya quitado de en medio como hizo parcialmente con la del Marqués de Comillas, pero ya dijimos en su día que los actos efectistas van muy bien para veinticuatro horas de impacto mediático, pues si fueran coherentes deberían cargarse medio Eixample, nacido y construido con el dinero manchado de sangre indiana.

El de nuestro protagonista, inaugurado en noviembre de 1888 por el alcalde Rius i Taulet, se emplazó en medio del carrer València en su paso por rambla de Catalunya, y su voluntad era la de condicionar el espacio, a partir de entonces denominado Saló Clavé. En algunas imágenes de finales de siglo se aprecia su claro reinado, huérfana la zona de las futuras casas modernistas.

El artífice del movimiento coral permaneció, batuta en mano, bien tranquilo en su podio, como si fuera un guardia urbano o un dios intocable. Durante la segunda República Pich i Pon, un personaje que daría para una enciclopedia, contempló su traslado, impidiéndolo su breve período en el máximo cargo barcelonés. En ese mismo instante se inauguró en passeig Sant Joan con Travessera el monumento a Ponce de León, religioso inventor de la enseñanza oral para los sordomudos, de ahí se le represente dirigiéndose a un niño, algo a recalcar porque de noche, cuando se nos suelta la lengua, son muchos los que piensan en otro tipo de comportamiento del benedictino para con el infante.
Justo al lado se había instalado, poco tiempo antes, el pabellón de lectura, complemento de los bancos de lectura casi adyacentes al Palau Macaya que permitían leer a la ciudadanía cuando así lo quisiera.

El pabellón desapareció en 1950 y en su lugar se apostó por poner, siempre me ha gustado este verbo para hablar de esta acción, el conjunto de Clavé. La Vanguardia de enero de 1956 comenta el traslado. Quien escribe deduce que se debió a la obsesión de la administración franquista por acentuar el tráfico rodado por el centro, como demostraría el adiós del tren que pasaba por la calle Aragón desde el famoso apeadero de passeig de Gràcia. Porcioles y sus antecesores quisieron transformar Barcelona en un gran circuito automovilístico que aún no hemos eliminado del todo.

El monumento al músico se reinauguró con una gran fiesta en mayo de ese mismo año, con el añadido de otro podio de cuatro metros para propulsarlo hacia el estrellato. Desde entonces reposa sin muchas molestias. Hoy en día, en una constante histórica, ha perdido la compañía el busto del economista Graell, el gran marginado del paseo, ahora mismo en paradero desconocido por el emplazamiento temporal del Mercat de l’Abaceria de Gràcia.

A pocos pasos de la estatua se encuentra el mítico bar Alaska, con su estructura arquitectónica antediluviana y una terraza a la que nos gustaría entrevistar para saber más de los entresijos del barrio. Si cruzamos la calle, sin mancharnos en la peculiar fuente que ejerce de término medio, vislumbraremos una casa de 1943. Es el número 16 de Sant Antoni Maria Claret, donde vivió Carmen Broto, víctima de uno de los crímenes más famosos de la historia local. El 11 de enero de 1949 vivió su última noche antes de ser asesinada por sus supuestos amigos. Era la querida de Juan Martínez Penas, propietario del teatro Tívoli.

Cuando acaecieron los hechos Clavé aún residía en el centro. No vio nada de nada, pero la cercanía al domicilio de la ilustre aragonesa siempre activa en mi mente su peripecia. Quizá deba contarla en breve.

1 Comentario en El músico trasladado

  1. Miguel M Muñiz Gutiérrez // 06/02/2019 en 18:52 // Responder

    Es un placer leerle de nuevo. Desde que eldiario.es hizo la “purga” no había conseguido encontrar sus artículos. Ánimo y a seguir.

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