Mini-Crónicas catalanas

El interregno catalán

Durante el verano hemos asistido a un despliegue de fenómenos de esta naturaleza. Morbosos. Hagan ustedes la lista, según sus preferencias. Pueden destacar el gesto histriónico de la líder de la oposición arrancando lazos amarillos. O colgar el video del ayuntamiento de Vic emulando al Gran Hermano. En resumen, un agosto que no pasará a los anales de la historia catalana.

Andreu Claret
 
 
 
Lazos amarillos / Foto: nito100

Lazos amarillos / Foto: nito100

Desde la cárcel, Antonio Gramsci se preguntó por aquellas situaciones en las que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. Advirtió que, en este tipo de interregnos, surgen ‘los más diversos fenómenos morbosos’. Su sabio retrato viene a cuento para ilustrar lo que ocurre en Catalunya.

Durante el verano hemos asistido a un despliegue de fenómenos de esta naturaleza. Morbosos. Hagan ustedes la lista, según sus preferencias. Pueden destacar el gesto histriónico de la líder de la oposición arrancando lazos amarillos. O colgar el video del ayuntamiento de Vic emulando al Gran Hermano. En resumen, un agosto que no pasará a los anales de la historia catalana.

Mientras unos obvian que, para mucha gente, detrás de un lazo hay un preso, otros manipulan la humillación que provoca la absurda prisión incondicional de los políticos procesados para avivar la promesa de otra DUI. Gramsci tenia razón. Estos interregnos producen alucinaciones, como la ilusión de la vuelta al pasado o la fantasía de un país nuevo, ‘de soca-rel’. Basta con darse una vuelta por esta Catalunya que TV3 llama candorosamente ‘el territori’ para concluir que lo viejo no volverá. Pero basta ver el resto de Catalunya, la que no sale en TV3, y pasar de los sentimientos a la política para comprobar que la República no pasa de ser una pintada en el asfalto o un cartel a la entrada de un municipio irredento.

El independentismo tiene fuerza para impedir la involución que pretenden PP y Ciudadanos. Le falta coraje para afrontar aquel dilema que Fontana planteó mejor que nadie al afirmar que la independencia, o se negocia por las buenas, o se conquista por las malas. Así es como están las cosas, y de ahí que el vaticinio inevitable sea la frustración. Tanto si seguimos en una fase de cronificación como si caemos en el abismo de la violencia. Nada bueno en cualquier caso. Soledad y desesperanza, por mucho que las calles se vuelvan a llenar de gentes soliviantadas. Este es el momento que vive Catalunya. Presa entre la irritación y la melancolía. Con Torra y Puigdemont agarrados al ‘territori’. Y con Sánchez acosado por la derecha española y buscando desesperadamente un interlocutor para evitar que el otoño catalán no sea peor de lo que ha sido el verano

Andreu Claret
Sobre Andreu Claret

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