El hotel que nunca fue una masía

El recinto abrió sus puertas el 26 de septiembre de 1899 y no funcionó, cediéndose al cabo de unos meses al neonato Fútbol Club Barcelona, que usó el complejo como vestuario y jugó algunos partidos en esos terrenos, terminándose el episodio cuando se firmó su venta para iniciar la ejecución de la maravilla de Domènech i Montaner y el equipo más emblemático del país recaló hasta 1905 en el campo de la carretera de Horta

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Enrique Vila-Matas denomina calle Rimbaud a los límites geográficos de nuestra infancia, el territorio caminado que comprendía, si hablamos en términos actuales, nuestra zona de confort, los lugares donde nos sentíamos seguros. Más allá llegaban aquellos dragones a los que sólo vencimos cuando superamos una edad de nuestra vida y crecimos al ampliar nuestro conocimiento espacial.

Una de mis fronteras de niñez era la escuela Mas Casanovas, donde por otra parte tuve una de mis grandes victorias deportivas al anotar la canasta decisiva de mi grupo de EGB contra aquellos chicos educados en ese edificio misterioso y enorme, fácilmente reconocible por sus dos torres que nos hacían identificar la construcción con el Ayatola Jomeini. El tiempo, nos situamos a finales de los ochenta, propiciaba el símil, totalmente absurdo.

Otro de los puntos geográficos infranqueables en mi infancia era passeig Maragall. Más allá estaba el Camp de l’Arpa, un mundo a descubrir que sólo paseé más tarde, fijándome en su nomenclátor. Una de las calles de la zona se llama, es bien poética, de l’Eterna Memòria y siempre me hizo pensar en el nacionalismo. Iba muy equivocado.

En realidad, la evocación era un homenaje de Miquela de Borràs i Valls a su marido, el caballero Joan de Peguera, que asimismo también figura en el callejero de la parcela. La razón, bien comprensible, es la calidad de propietaria de la mujer, quien poco después del fallecimiento de su esposo contrajo matrimonio con Matías Ramon de Casanovas i Bacardí, muerto poco después del enlace. La viuda donó al hermano del finado vastos terrenos, y así fue como Baltasar de Casanovas dominó una extensión que iba desde el Lligalbé hasta el Torrent de la cabarassa, justo al lado del actual carrer d’Aiguafreda del que hablé el pasado verano.

Muy cerca de la escuela protagonista del artículo se encuentra el passatge de Casanovas, una calle ahora mismo más bien escasa donde aún es posible rescatar ambiente de barrio, con cenas de los vecinos al aire libre y una tranquilidad insólita para nuestro siglo. La relación de este rincón con una antigua masía es evidente y nos permite empezar una breve historia del enclave.

Muchos hablan del centro escolar como si fuera la pasada ubicación del caserón rural. Se equivocan. En 1881 la filoxera arrasó la prosperidad de las viñas de Can Casanovas. Como consuelo aún quedaba su fuente, apreciada por los vecinos, hasta el punto de dar nombre al hotel de lujo que Montserrat de Casanovas, como pueden comprender los terrenos no habían cambiado de dueño y todo quedaba en familia, instaló en las inmediaciones de lo que en breve sería el hospital de Sant Pau, causa mayor para demoler en 1902 la antigua masía.

El hotel, con treinta y dos habitaciones y dotado de electricidad, algo revolucionario en aquel instante, era una especie de filial del Inglaterra, inaugurado en 1897 donde hoy en día está el edificio de Teléfonica, entre Fontanella y el Portal del ángel. No es complicado imaginar que la señora caviló sobre la posibilidad de atraer clientes con ganas de llevar a sus queridas a la parte alta de la ciudad para estar tranquilos en ese barrio de nuevo cuño, aislado y a salvo de rumorologías.

El recinto abrió sus puertas el 26 de septiembre de 1899 y no funcionó, cediéndose al cabo de unos meses al neonato Fútbol Club Barcelona, que usó el complejo como vestuario y jugó algunos partidos en esos terrenos, terminándose el episodio cuando se firmó su venta para iniciar la ejecución de la maravilla de Domènech i Montaner y el equipo más emblemático del país recaló hasta 1905 en el campo de la carretera de Horta.

El Hospital condicionó todo el entorno, y así nacieron calles como Igualdad, que Franco luego mutó a Cartagena, Coelo, la actual pare Claret, o Catalunya, que corresponde a San Quintín.

Un lustro después de dar sus primeros pasos el hotel pasó a ser un cuartel de la Guardia Civil, y así fue hasta 1934, cuando con la República llegó la Escuela Pablo Iglesias. Durante poco más de un decenio esta área del Baix Guinardó tuvo un marcado carácter marcial, pues es bien sabido que donde hoy en día se encuentran los jardines de Girona estuvo el homónimo cuartel de Caballería, visitado incluso por el Rey Alfonso XIII.

Volvamos a mi experiencia. La cuesta de Cartagena con Mas Casanovas es salvaje, uno de esos trechos ideales para maldecir los huesos a la pendiente. A finales de la anterior centuria donde ahora vemos un hotel estaba el consulado chino. No puedo precisar, con toda seguridad me resultaba irrelevante, que escondía el interior del gran supermercado que hace esquina con Castillejos.

Estos tramos tienen algunas referencias simbólicas. Para muchos su marca más destacada es el DIR. Para mi educación sentimental adulta Can Vives, un delirante bar fundado en 1965, es el santo y seña, un resistente tanto por sus parroquianos, gente normal de siempre, como por mantener unas señas de identidad ajenas a la homologación, tan típica de Barcelona.

Los inmuebles de los alrededores expresan esas contradicciones urbanas. Apenas sobreviven algunas casas de los años veinte en el carrer del Mas Casanovas, Rosalía de Castro o Llorens i Barba. El resto son bloques sin personalidad, aniquiladores de una estética perdida para siempre jamás.

El viejo Hotel volvió a ser de la benemérita en 1950. No debía ser tan mala idea destinarlo a cuestiones pedagógicas. Al recuperarse se llamó Obispo Irurita y los niños que allí estudiaban convivieron con el barraquismo imperante en las hectáreas de la Masía. En 1986, tras años de depauperación, resucitó y al cabo de 365 vio la luz el CEIP Mas Casanovas, vigente y en funcionamiento hasta la fecha.

Cuando paso al lado, algo que ocurre con bastante frecuencia, me aturde reflexionar sobre el anonimato de sus dimes y diretes mientras el islamista barbudo me provoca una sonrisa. Los coches lo superan sin prestarle atención. Los transeúntes respiran hondo y maldicen las subidas. A altas horas de la madrugada su fotografía es el silencio. Por la mañana el curso del agua sigue, sin extinguirse.

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