La decisión más difícil de Colau: gobernar o no gobernar

Contra todo pronóstico, parece que Ada Colau volverá a ser alcaldesa de Barcelona, de la mano de los votos de Valls. Un regalo envenenado que pasa por una decisión que desgasta y que ha tenido que pasar por contestar a una serie de preguntas. Analicémoslas

Guillem Pujol
 
 
 
Ada Colau, durant la nit electoral del 26M | Sònia Calvó

Ada Colau, durant la nit electoral del 26M | Sònia Calvó

Pocos días después de la intensa noche electoral del 26M, en la que Ernest Maragall ganó las elecciones a la alcaldía por poco menos de 4600 votos de diferencia respecto de Ada Colau, los republicanos se temen lo peor: pasar cuatro años más sin poder obtener la alcaldía de la capital catalana. Contra todo pronóstico, todo apunta a que Ada Colau volverá a ser alcaldesa de Barcelona. No era el escenario esperado ni por Maragall ni por Colau, que en la misma noche electoral hacía una discurso con sabor a despedida. Pero fue Manuel Valls, aquel con el que nadie contaba, quien con una sola frase – «haré todo lo posible para que no haya un alcalde independentista» – ha puesto en grave peligro el sueño de los republicanos y forzado a los comunes a asumir una decisión que no habían llegado a considerar.

Manuel Valls ofrecía sus votos, sin contrapartidas, para hacer alcaldesa a Colau. O mejor dicho, para impedir que lo sea Maragall. Es posible que mucha gente se pregunte: ¿qué saca Valls de todo esto? Pues primero, poder venderse ante su electorado como político de altura que les ha salvado de tener un alcalde independentista. Segundo, mostrar su autonomía respecto Ciudadanos, tomando una entidad diferenciada en el marco de la política catalana, tal vez pensando en un posterior asalto a la Generalitat de Catalunya. Por último, también consigue desgastar a Colau y Maragall, ya que empuja a encerrarse en la política de bloques, rompiendo a los dos únicos candidatos que habían conseguido tejer un discurso que traspasara el debate independencia/no independencia.

Así, el próximo 15 de junio parece que Ada Colau se presentará en el Pleno del Ayuntamiento y someterá su candidatura al consistorio. Al no ser la lista más votada, necesita, como mínimo, 21 de los 41 votos necesarios. Colau ya tiene asegurados los 8 del PSC, por tanto, 18 en total. Los seis votos envenenados de Valls le darán la alcaldía. Decimos envenenados porque lo que parece un regalo para Colau es, en el fondo, una decisión que desgasta y que ha tenido que pasar por contestar a una serie de preguntas. Analicémoslas:

¿Qué pensarán las bases?

BeC es una fuerza municipal que, a diferencia de otras fuerzas políticas que disponen de medios de comunicación y poderes económicos afines, basa gran parte de su fuerza en la capacidad militante y deliberativa de las bases. Las bases importan, y en los comunes aún más. Aquí, sin embargo, lo más probable es que estas estén divididas. Aquella parte más cercana al PSC (en gran parte ex-votantes) y a ICV verían con buenos unos un pacto con Collboni, ya que no se fían de un partido que gobierna con coalición con los post-convergentes. Pero la otra parte, vinculada a los movimientos sociales por un lado y el sector soberanista por el otro, preferirían no tener nada que ver con Collboni. En este sentido, cualquier decisión implica una pérdida.

¿Cómo quedará el partido de cara a unas hipotéticas elecciones autonómicas tras el juicio?

Es una pregunta que está sobre la mesa. Es un rumor generalizado que una sentencia desfavorable del juicio (es decir, cualquiera que no pase por la absolución de todos los presos políticos) llevará a un adelanto de elecciones por parte del President, que esperará sacar rédito político en un momento en que el partido – cualquiera que sea la sopa de letras postconvergente – está en horas bajas. En este sentido, el «mundo común», aunque poco definido a nivel nacional, sufriría bastante la decisión de aceptar la oferta de Valls, que debería justificar cómo una fuerza de izquierdas acepta un pacto con uno de los tres partidos del bloque 155. Sin embargo, Barcelona en Comú es un partido de alcance municipalista, por lo que si bien esta preguntará estará flotando permanentemente, su respuesta no será del todo determinante.

¿Cómo dejará esta decisión el partido dentro de cuatro años?

De manera similar a la anterior, pero esta sí es una pregunta relevante. La primera de las respuestas es que cuatro años en política son un mundo, y que por tanto cualquier decisión que se tome respecto al pacto se verá afectada por una multiplicidad de factores que no se pueden ni concebir hoy en día. En todo caso, en el análisis futurible que se pueda hacer, se asume que un pacto con el PSC puede llevar a los comunes a verse engullidos por la familia socialista, y al tiempo verse enmarcados en el eje indepepència/no independencia, un debate que los comunes siempre han querido rehuir.

Por otro lado, sin embargo, pactar con ERC también llevaría a una pérdida de votantes, aquellos que veían en los comunes la única opción real para poner freno al independentismo. En este punto, la opción de abstenerse e ir a la oposición parece seductora para mantener la coherencia interna. Pero hay un último argumento, que bebe de los principios fundacionales de los comunes, aquel que pregona que la existencia misma del partido no es el partido, sino cambiar la realidad de la ciudad. En este sentido, es evidente que cuatro años de gobierno dan para hacer muchas cosas y que, también, una buena gestión de gobierno puede borrar el malestar entre los votantes por haber tomado una u otra decisión. Este argumento puede llegar a pesar, y mucho, a la decisión final.

Con todo, hay factores que superan las decisiones «tácticas» o «racionales». Por ejemplo, la supuesta mala relación entre Collboni y Colau, o la presión de algunos cargos de los comunes a aceptar la oferta para mantener, entre otras cosas, su lugar de trabajo. También se puede mencionar la animadversión que supone en el corazón de pico pensar que su tránsfuga, Elisenda Alamany, podría convertirse en alcaldesa, debido a ser la número dos de la lista de ERC y considerando la avanzada edad de Maragall. Pero estas son otras cuestiones.

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