El enigma de la Mare de Déu del Coll

La magia de estas pesquisas son los huecos sin zanjar, como si pese a cuadrar esencias de existencias anónimas fuéramos incapaces de entenderlas en su totalidad por la ausencia de datos secundarios y, por lo tanto, determinantes

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
La casa Casa César Santurio

La casa Casa César Santurio

Cuando paseo por el carrer de la Mare de Déu del Coll suelo fijarme mucho en lo heterodoxo de sus inmuebles. Como en toda la ciudad el paso del tiempo ha causado estragos irreprables. Muchas casas de principios del siglo pasado cayeron ante el feísmo de la Dictadura y la Democracia. Algunas de ellas tienen dos números, pues el lugar fue sometido a un cambio de orden direccional y matemático. De repente, los edificios pasaron de pares a impares, y viceversa.

Vallcarca, hoy en día barrio sostén de la lucha vecinal en la ciudad, fue durante décadas un remanso de paz. Poco a poco fue llenándose y sólo, es una hipótesis, la inauguración de su puente, antaño famoso por los suicidios, en 1923 supuso un aumento del trajín. En 1900 el verde brillaba y la orografía complicaba elegirlo como zona residencial. En
esa fecha el abogado Ramón Santurio Vives, residente en la graciense plaça de la Llibertat, decidió ampliar su parque inmobiliario con una enorme vivienda en el número 30 del carrer de la Mare de Deú del Coll. Algunas fuentes dicen que su arquitecto fue Josep Maria Raspall, quien diseñó el Molino con sus famosas aspas, cifrando la construcción en 1925, algo sólo constatable por los jarrones florales de la balaustrada superior, típicos del Noucentisme. La duda es natural en cualquier situación. En este caso es mayor si cabe por el estilo y la nula referencia del bloque en un artículo canónico de Oriol Bohigas.

Lo primero se explica a partir de esas extrañas columnitas con demonios en su interior y una decoración cargadísima más propia del plateresco que de cualquier tendencia catalana. Lo segundo es importante porque el otrora urbanista
máximo de la capital no hubiese perdido oportunidad para criticar lo bizarro del conjunto, atractivo precisamente por su rareza, único en su especie al desmarcarse de mil y una homologaciones que apreciaremos en próximos artículos dedicados a Vallcarca.

La fecha de 1925 suscita más preguntas por otros motivos. Santurio tenía un primogénito. Lo llamó César y lo mimó al fundar la esperanza de un futuro prodigioso. Un artículo del 28 de enero de 1914 nos informa de la obtención de su título de Bachiller. El 10 de julio de 1923 fue nombrado fiscal municipal suplente del distrito de la Concepción. Todo iba viento en popa a toda vela hasta la muerte del patriarca, acaecida, oh cielos, en 1925. Lo sabemos por la Gaceta Municipal del 27 de abril de ese año. En ella consta la queja de César Santurio Ruqué por considerar excesiva la plusvalía por la transmisión de dominio del inmueble sito en el número 30, actual 69, de Nuestra señora del Coll, lo que me hace cavilar en una súbita precariedad y el inicio de una mala racha económica agravada por hechos ajenos a su voluntad. En 1929, no creemos en la existencia simultánea de dos César Santurio entre nuestros muros, un dependiente a su cargo le robó la nada desdeñable cantidad de 1700 pesetas. ¿Había abandonado su labor judicial?

Su flamante y tétrica herencia fue más un peso que una bendición. Como en muchas otras tantas ocasiones me gustaría ser un pájaro para contemplarla desde el cielo. Su terraza con una especie de observatorio debe ser una maravilla. Santurio lo sabía e intentó rentabilizarla. Muchos anuncios de los años treinta presentan la torre como la
joya de la corona. El Hotel Victoria constaba de 23 habitaciones amuebladas con agua corriente, calefacción central, entrada de autos, garajes individuales, salida a dos calles y facilidad de transporte por el tranvía 25. Por las primeras propagandas sabemos del interés del propietario por albergar clientes vitalicios. Pensión a trescientas pesetas
mensuales. Estancia diaria a diez. Cubierto a seis.

Justo antes de la Guerra Civil ofrece venderlo sin intermediarios. Por otro breve de 1942 averiguamos el fracaso de su intentona. Proponía el palmo a diez pesetas. El registro de defunciones dice que murió el dos de diciembre de 1966 en el 69 de Nuestra señora del Coll. Tenía 72 años y la familia siempre se acordó de él con necrológicas
conmemorativas. Lo enterraron en el Cementerio de Les Corts.

La magia de estas pesquisas son los huecos sin zanjar, como si pese a cuadrar esencias de existencias anónimas fuéramos incapaces de entenderlas en su totalidad por la ausencia de datos secundarios y, por lo tanto, determinantes. La Casa César Santurio siempre me ha llamado mucho la atención. Hasta hace bien poco fue una flamante residencia con veinticuatro cuartos, pues en algún instante nuestro protagonista le añadió uno más. Su anomalía es por la fachada. Sí, nos repetimos, pero es normal, pues esa piedra, su simbología, serviría para explicar los detalles que faltan para completar el mosaico, donde otras teselas deben jugar su papel
en la obra.

El abogado que consiguió el auge para su clan tenía otras propiedades. Una estaba en el carrer Granada, actual Granada del Penedés. Esta casa fue a la hermana de César, quien en 1939 tuvo un contencioso por la reforma de la Vía Augusta, que afecta su inmueble. Poco más puedo deciros. El carrer de la mare de Déu del Coll está repleto de estímulos visuales, islas arquitectónicas entre polvo, cemento y pedazos mediocres. Si hemos inaugurado la serie con la Casa César Santurio es por el sinfín de enigmas que plantea. Podríamos haber hablado más de su belleza, sustantivo nada reñido con la fealdad. Si no estuviera la echaríamos en falta. Y eso, convengámoslo, tampoco es muy habitual.

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