El diablo en Gràcia

La bancarrota de Atzeries no iba a finiquitar su sueño. De algún modo se las apañó para pactar con Belcebú, ganó el primer premio de la lotería y tirar hacia delante su inmueble, repleto de referencias luciferinas.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

La historia de hoy es increíble. Gràcia tuvo un gran crecimiento demográfico a mediados del siglo XIX. Fue durante ese período cuando, de la mano de Antoni Rovira i Trías, cobró su actual urbanismo, consistente en completar cada parcela de terreno adquirido con una plaza destinada a oxigenar el espacio.

En la parte baja de la Vila existe un núcleo gitano comprendido, más o menos, entre la plaça del Poble Romaní, maltratada durante años por las barracas escolares de la vergüenza, hasta la del Gato Pérez, que de ágora sólo tiene el nombre y dos miserables banquitos. Su epicentro se halla en la del Raspall. La página del nomenclátor barcelonés menciona que debe su nombre a un peine enorme de una tienda del ramo, pero quien escribe sospecha más bien en una deformación de Raspail, ilustre socialista utópico. Lo mismo pasa en el carrer dels Petons, idealizado desde el original Pontons.

He pasado muchas noches en Raspall. El edificio que la delimita, centro absoluto entre els carrers de Samsó y el Profeta, data de 1863. Así lo indica su portal. Muchas veces maté mi tiempo en el antiguo Resolís, regentado por Joaquín. Era una tasca de siempre con calendarios erótico-festivos, olor a grasa y no sé si hasta un jabalí, observador de los parroquianos.

Si lo dejamos atrás llegamos al Gato Pérez, círculo de extraña tristeza por lo que pudo ser y no es. A la izquierda, empieza en el cruce con Milà i Fontanals, está el carrer de Torres, nombre del propietario inicial, del que sabemos cuándo nació, pero no la fecha de su fallecimiento. Entre sus edificios brilla con luz propia la casa Agustí Atzeries, más conocida como la casa del diablo.

Reza la leyenda que el tal Atzeries era un fabricante de éxito. A principios de la década de los noventa del Ochocientos quiso dignificar su estatus mediante la reconstrucción de su vivienda. Las obras iban viento en popa hasta que, de repente, se arruinó, según dicen la mayoría de fuentes y transmisiones orales, por una maldición gitana que siempre me recuerda a mi amigo Juanjo, un payo casado con una gitana que durante diez años dimos por muerto hasta una noche en que me lo crucé en el carrer Còrsega. Días más tarde se repitió la situación, y desde entonces me pregunto si lo atisbé o sólo fueron imaginaciones fruto de horas brujas.

La bancarrota de Atzeries no iba a finiquitar su sueño. De algún modo se las apañó para pactar con Belcebú, ganó el primer premio de la lotería y tirar hacia delante su inmueble, repleto de referencias luciferinas.

Durante muchos años la casa presentó un estado deplorable. Decían que la habían ocupado, tapiaron sus ventanas y del pasado sólo quedaron los mascarones de la planta baja, testas diabólicas que se hallan en otros puntos de la ciudad, como en la casa Bonaventura Pollés de rambla Catalunya con Valencia o en el portal de del número 369 del carrer Aragó, donde un par de monstruosas cabezas nos dan la bienvenida acompañadas pocos metros después por una libélula, la aguja que cose la boca de los mentirosos mientras duermen. El rastro del ángel caído invade la capital catalana, localizándose también en la parte baja de la Rambla, en l’església del Pi y hasta en la casa César Santurio del carrer de la Mare de Déu del Coll, oculta entre las columnitas de sus ventanales, sonriente por su invisibilidad por las prisas de los paseantes.

El caso de Agustí Atzeries es especial. Ahora han restaurado la vivienda y el primer piso luce espléndido con cuatro murales esgrafiados con el señor de las tinieblas en varias tesituras que intentan reproducir las primigenias, alusiones pictóricas a la comedia, el drama y la zarzuela.

En el frontón de la fachada apreciamos la fecha de la finca, concluida en 1892 por el arquitecto Joan Baptista Pons i Trabal, quien le confirió un aire ecléctico en ese instante donde el modernismo aún no había acaparado toda la estética edilicia. A la izquierda destaca un jarrón bifronte, con dos rostros lamentándose en un grito mudo. Desconozco su significado. Hace poco vi uno idéntico en el carrer Vico de la zona de Monterols y sentí un leve escalofrío, el mismo que percibí en la casa del diablo al ver en su puerta a un vigilante de seguridad.

El hombre fue de una amabilidad exquisita. Nos explicó que alguno de los pisos del interior está valorado en más de seis millones de euros. Los inquilinos tienen piscina y bien, entramos en la eterna problemática. Por una parte, su presencia ha permitido la restauración del edificio, una maravilla que para completarse debería aportar algo de pedagogía para quien circule por su entorno. Por la otra esos precios desorbitados entroncan con la progresiva expulsión de los vecinos de toda la vida, perdiéndose así poco a poco la identidad de Gràcia, siempre poderosa pero risible si pensamos en su antaño y en el ahora, donde hasta suena a chiste hablar de progresismo cuando lo han desmantelado a golpe de talonario mientras la mayoría de los ocupantes de sus plazas ignoran casi todo de su Historia y tradición.

Quizá esa es otra maldición demoníaca. Lo advirtió el Banc Expropiat, sustituido ahora por un inofensivo supermercado mientras el mercat de la Abacería permanece cerrado a la espera de su reforma. A veces no necesitamos poetas para dar con metáforas definidoras de la cruda realidad.

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