El desperdicio alimentario manda en nuestras vidas y enferma la del planeta

Cada año se produce un 60% más de los alimentos necesarios para satisfacer a los 7.600 millones de habitantes que somos y, a la vez, unas 40.000 personas mueren de hambre cada día. Y, a la vez, se deberá fabricar un 70% más de alimentos para la población en 2050

Carmelo Marcén Albero
 
 
El 42% del malbaratament alimentari es dóna a les llars particulars | Pixabay

El 42% del malbaratament alimentari es dóna a les llars particulars | Pixabay

A menudo miramos al para entenderlo, estudiamos la sociedad porque forma parte importante de la vida colectiva, a traves de la cual cada cual, de manera individual, y el conjunto de la sociedad gestiona sus modos de ser, utiliza los recursos del planeta y convive en un mundo cada vez más complejo. Para leer estas realidades desde el pensamiento crítico basta con fijarse en las experiencias cotidianas; en este caso la alimentación o, más bien, el desperdicio alimentario que la sociedad genera en muchos ambientes y momentos. Para comprenderlo vamos a apoyarnos en los números. Se trata de concluir si los hábitos generalizados y las actitudes individuales ante la alimentación, que tanto interaccionan con la sociedad y el planeta, deben ser diferentes.

Quizá el diálogo sobre el asunto podría comenzar preguntándose si el cubo de la basura de casa contiene muchos o pocos desperdicios de alimentos, de cuáles más. Al mismo tiempo, habrá que considerar que aquello que se compra para comer no se produce todo en la tierra, sino que se cría en granjas o se elabora en fábricas. La FAO afirma que hay muchos alimentos seguros y nutritivos que están inicialmente destinados al consumo humano que son desechados o utilizados de forma alternativa (no alimentaria) a lo largo de las cadenas de suministro; merece la pena leer, aunque este informe sea de hace unos años, Pérdida y desperdicio de alimentos en el mundo-. La FAO también aborda este grave problema social y planetario en el ámbito de América Latina y el Caribe, e incluso, ha firmado alianzas con la FLAMA (Federación Latinoamericana de Mercados de Abastecimiento).

Se produce un 60% más de los alimentos necesarios para satisfacer a los más de 7.600 millones de habitantes que somos y, a la vez, unas 40.000 personas mueren de hambre cada día. Esta realidad se lee en la línea de las paradojas de la alimentación despilfarradora: países productores de unos alimentos que exportan en su casi totalidad y que a la vez los compran fuera para propio consumo –África es el paradigma de la explotación alimentaria, vende barato y compra caro–.

El viaje de los alimentos puede comprobarse fácilmente. Seguro que en  casa hay bastantes que vienen de muy lejos, cuando los tenemos ahí cerca; en algún supermercado habremos visto por ejemplo naranjas de Sudáfrica, cerezas de Chile, galletas de Nueva Zelanda o nueces de EE.UU. Y no olviden que el despilfarro también afecta al uso de la energía, esa que tanto tiene que ver en el cambio climático.

Pero además, la FAO avisa de que la desnutrición y el hambre a escala global son consecuencia de un sistema económico implacable que no entiende de humanidad y ética; busca producir más, no alimentar mejor. Se calcula que cada año se desperdician unos 1.600 millones de toneladas de alimentos –un tercio de la producción mundial– cuya valoración económica se acerca a 1.200 millones de dólares.

En Europa y América del Norte se desaprovechan entre 95 y 115 Kg por persona y año. ¿Es eso un desperdicio? La ONU plantea que, en el caso de que la población mundial sea de 9.000 millones en 2050 –alrededor de un 20% superior a la actual– se necesitarán un 70% más de alimentos.

Pero hay que saber quién y dónde desperdicia. La AECOC (Asociación Española de Fabricantes y Distribuidores) hizo referencia en 2012 a los desechos alimentarios en distintos escenarios: hogares (42%), empresas de producción (39%), canal de restauración y bares (14%) y empresas de distribución (5%).

Debemos entender las consecuencias de tirar comida en forma de peajes al medioambiente: un 8% de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) proceden de la pérdida y el desperdicio de comida que se cultiva en el 30% de la tierra agrícola, a la cual llegan añadidos por esta razón casi el 20% de los fertilizantes y consume el 21% del agua dulce.

Así, detectar de dónde vienen estos deshechos y si son demasiados no está de más. Si constatan que se desperdician muchos alimentos no se queden sin hacer nada. Construyamos entre todos una línea de acción.

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