El chalet del mono y el perro

La casa Barnolas, con su excepcional portalada, es una rareza sin peligro de desaparecer. Quizá sólo pida un poco más de atención, arrinconada como está entre el fútbol y el humo que cada día la intoxica mientras sólo unos pocos la elogiamos con ganas de desvelar sus secretos.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

A veces los caminos más insípidos deparan las mejores maravillas. Todos tenemos un chip instintivo que configura nuestras rutas urbanas. En las mías no suele figurar el carrer de les Camèlies, pese a conocerlo bastante bien y moverme bastante por esa zona entre amigos y afinidades.

En uno de sus puntos más extraños confluye con Ronda Guinardó y Sardenya. Si bajamos iremos a la plaça d’Alfons el Savi y si subimos daremos con la de Sanllehy. El lugar es peculiar al producirse una fractura en la linealidad de la calle como consecuencia del estadio del C.E. Europa, inaugurado en 1965 y coronado poco después con el horrendo rascacielos del mismo nombre.

Si volvemos a Camèlies, cuyo bautizo es anterior a 1900, encontraremos en su número 40 una preciosa casa modernista de 1905 que vecinos y paseantes conocen como la del mono y el perro. Se encuentra ubicada en un enclave especial, pues colinda con el passatge de Camil Oliveras, donde sobreviven los últimos vestigios de la vieja Travessera de Dalt, antaño kilométrica y ahora reducida a un recuerdo sin siquiera identificación.

La casa que suscita nuestra atención es obra de Miquel Pasqual i Tintorer, un arquitecto de larga trayectoria y más notable anonimato presente, una injusticia a todas luces si analizamos su singladura y descubrimos su labor como responsable municipal tanto en Gràcia como en Barcelona. En la primera lleva su firma el mercat de la Llibertat y en la segunda realizó contribuciones tan significativas como el puente de la plaça Mons de Vallcarca o la casa Burés en el cruce de Girona con Ausiàs March.

No sabemos qué diría Pasqual i Tintorer de la remonta efectuada en 2004 de su encantadora villita. Desde entonces el inmueble, pese a mantener su esencia original, es víctima de otro maltrato en esa calle con poca historia palpable y demasiados coches en su asfalto, una lástima irreparable que, sin embargo, no entorpece la visión de la belleza.

Quien escribe sufre por no poder ofreceros más información sobre el propietario. La pena es mayor si cabe al no existir ninguna referencia iconográfica que sirva de mínima orientación. La vivienda es famosa, para los observadores, por su heterodoxo escudo que en el centro ostenta una flor flanqueada por un simio desquiciado y un atento cánido. La presencia del primate me hace pensar en un probable tránsito del residente en las Antillas españolas, pero es mera suposición. La otra sería contemplar el blasón como una fantasía irónica, pues existe otro indicio que nos sume aún más en la desesperación investigadora.

Me llamo Jordi Corominas, pero cuando era más pequeño a muchos les dio por apellidarme Coromines. Es un clásico de la tierra que también sacude las propiedades de Barnolas, modificado con la proverbial e en un segundo domicilio en el número 23 del carrer de Torres. Ahí tuvo una casa desde finales del siglo XIX que Pasqual i Tintorer reformó en 1910 para convertirla en un bloque de pisos destacable por sus esgrafiados con motivos florales y el hierro forjado con hojas, detalles estéticos sin relevancia a la búsqueda de pistas válidas para nuestra misión.

La existencia de dos edificios con el mismo nombre no es singular. Lo apreciamos hace algunas semanas con la casa Josep Sabadell, quien además de la anomalía de la Meridiana tenía otra en la rambla del Prat. Esta coincidencia podría darnos a entender que Barnolas nació en la antigua Vila de Gràcia, pero poco más podemos aportar. Me gustaría, quien sabe si mi obsesión apunta a lo cierto, imaginarlo en el Viejo Mundo durante su juventud. Al regresar a la patria aprovechó su fortuna e invirtió con acierto. Es una hipótesis, la culpa es del simio, que lo emparejaría con otros remanentes de colonialismo en la ciudad como la Font del Negret de Bruc con Diagonal y ese niño negro al que su hermana blanca lava la cara con alegría.

La sinuosidad de las formas de la fachada me recuerda al grupo escolar del passatge Centelles, rubricado en 1906 por Jeroni F. Granell. Quizá ambas tengan ciertas concomitancias por la relación de los dos arquitectos o simplemente, a veces dar vueltas al asunto carece de sentido, respondan a una moda de ese instante.

Lo más increíble es que el mono y el perro hayan dado tan poca literatura y estén allí casi para ser apuntados con el dedo, sonreír y poco más. El gran ejemplo libresco de la calle es la homónima novela de Mercè Rodoreda, brillante en su prosa y con enorme valor documental porque de lo narrado nada ha sobrevivido al paso del tiempo. Ahora Camèlies es una vía rápida sin alma, aceras estrechas para su dimensión y la única magia de ser uno de los accesos a la parte alta de Gràcia para confluir al territorio de Juan Marsé y entender cómo el autor de Últimas tardes con Teresa transcurrió su infancia en un enclave excepcional, pues su pisito del 104 del carrer Martí era una puerta fronteriza a muchos barrios del entorno. Si ascendía tenía a dos pasos la Salud y el Carmel. Si continuaba a la derecha ingresaba en el Guinardó, mientras si elegía la izquierda, siempre más recomendable, se introducía en Gràcia hasta recalar en la plaça Rovira, barrera de una cierta Gràcia, pues lo cierto es que una vez la abandonas la sensación de agotamiento de una atmósfera se percibe a cada zancada, como si hubiéramos ingresado en otra dimensión.

La casa Barnolas, con su excepcional portalada, es una rareza sin peligro de desaparecer. Quizá sólo pida un poco más de atención, arrinconada como está entre el fútbol y el humo que cada día la intoxica mientras sólo unos pocos la elogiamos con ganas de desvelar sus secretos.

1 Comentario en El chalet del mono y el perro

  1. Fernando Robledo // 08/08/2018 en 1:41 // Responder

    Felicidades Jordi.

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