El catalán, la llave que abre la puerta de las casas

La comunidad filipina en Barcelona suma más de 15.000 personas y el 80% de ellas se dedica al servicio doméstico, a menudo como internas y sin contrato. El aprendizaje del catalán, de la mano de centros como el de Normalización Lingüística de Barcelona, ​​es indispensable para lograr la residencia y para poder conseguir un trabajo fuera de un hogar

Sandra Vicente
 
 
 
Una de las clases de catalán de la comunidad filipina en el Centro de Ciudad Vieja del CNL | Sandra Vicente

Una de las clases de catalán de la comunidad filipina en el Centro de Ciudad Vieja del CNL | Sandra Vicente

Al fondo del pasillo hay una sala con las luces apagadas, de donde se escapa la melodía de una canción típica de la cultura catalana entrelazada con las risas de una veintena de mujeres. Al fondo, está Genie Barolo, a quien también se le escapa una risa cuando hay alguna palabra que no entiende o que pronuncia mal. La música es uno de sus primeros contactos con el catalán, idioma que estudia desde hace tres meses. Es de origen filipino y una de las primeras en presentarse voluntaria para contar su historia.

Genie es una de las 40,000 personas filipinas que, según la embajada del país, viven en España. Mayoritariamente están repartidas en dos grandes bolsas de 15,000 personas cada una, en Barcelona y Madrid. Hace un año y medio que llegó a Barcelona y, a pesar de tener estudios en administración de empresas, trabaja como interna del servicio doméstico en una casa de la zona alta de la ciudad. “Es el único trabajo que las filipinas podemos hacer aquí, ya que no tenemos papeles”, explica Genie.

Esta situación es la misma en la que se encuentran el 80% de recién llegadas filipinas. Y es que a pesar de que hay cada vez más personas que se dedican a la restauración, o a la construcción en el caso de los hombres, el servicio doméstico sigue siendo la ocupación mayoritaria. “Estar en una casa es de las pocas tareas que podemos hacer sabiendo seguro que la policía no nos va a pillar trabajando sin papeles”, explica Sherwin Penaranoa, también filipino y trabajador interno, o chico, como dice él. Sherwin es uno de los compañeros de Genie en la escuela de catalán, donde estudian juntos desde hace tres meses. Y es que para conseguir los papeles -es un requisito, aseguran- y poder encontrar un trabajo mejor cuando estén legalmente asentados, el catalán es una herramienta indispensable.

Así, Genie y Sherwin son dos de las 125 personas filipinas que estudian catalán en la Delegación de Ciutat Vella del Centro de Normalización Lingüística (CNL) de Barcelona, ​​con un fuerte apoyo económico del Ayuntamiento de Barcelona, ​​que hace posible la contratación de profesorado para que estos cursos se puedan organizar en sábado. Este centro, que depende del Consorcio para la Normalización Lingüística, realiza cursos de catalán en colaboración con el Centro Filipino Tuluyan San Benito desde 2008.

Si bien las clases de catalán de todos los niveles y para todas las comunidades se hacen durante días laborables, en el caso de la comunidad filipina es diferente. Se hacen los sábados por la tarde, porque es el momento en que las mujeres internas tienen libre. “Viven en las casas y trabajan durante todo el día. Tienen una vida muy enclaustrada y si no nos adaptáramos a este horario les sería imposible “, apunta Carmen Rigal, delegada de Ciutat Vella del CNL de Barcelona.

El poco contacto que tienen con el exterior, haciendo largas jornadas laborales dentro del hogar -en la que, a menudo, viven-, hace que no estén expuestas a la lengua que estudian y que no tengan posibilidad de compartirla. “El nivel es muy básico, de escucha y con un fuerte apoyo visual, para que se vayan acostumbrando al catalán. Pasar a un nivel un poco más avanzado supondría que se quedaran estancadas porque no hay posibilidad de dedicación al estudio durante la semana”, apunta Rigal.

Y es más: muchas de las familias que contratan a las jóvenes filipinas lo hacen por su avanzado dominio del inglés, para enseñar a los pequeños de la casa. “A mí no me está permitido hablar otra lengua que no sea el inglés”, reconoce Genie, que afirma que, a pesar de no vivir donde trabaja, no tiene tiempo, ni nadie con quien practicar. Y es que otra de las características de la comunidad filipina es que suelen migrar solas. “Por eso estos cursos, además de enseñar catalán, también sirven para fortalecer los vínculos entre ellas”, apunta Rigal.

Quien sí vive donde trabaja es Sherwin; en una casa de Sant Cugat. “Mi señora (fórmula que expresa en castellano, aunque todavía se comunica en inglés) me entiende mucho. Hablamos entre nosotros de todo y nos divertimos muchísimo. Yo le enseño inglés y ella a mí catalán”. Los libros, las canciones o los vídeos de YouTube son herramientas indispensables para ir practicando, dentro y fuera de la clase. Y como interactuar es clave para el aprendizaje de la lengua, los cursos del CNL cuentan con varias salidas fuera del aula, como visitas al Museo Nacional de Arte de Catalunya o al mercado de Santa Lucía durante las fiestas de navidad.

Un contacto con la lengua y con la comunidad

“El catalán abre puertas. Poderte comunicar en la lengua del territorio de llegada es fundamental para entender qué pasa y a qué tienes derecho. Y para acceder a mejores empleos”, asegura Rigal. Y es que tanto Genie como Sherwin tienen claro que no quieren ser internos toda la vida. “Acabamos en esta escuela porque el catalán es un requisito para tener los papeles. Así que, aunque es una lengua muy difícil continuaremos”, apunta Genie. “Queremos tener oportunidades laborales, estar aquí legalmente y en un futuro tener un trabajo alejado del servicio doméstico”, añade.

“Necesitamos aprender rápido porque sólo tenemos tres años. Poco a poco aprendemos cosas pequeñas como decir buenos días, buenas noches … aprendemos tranquilos pero sí es verdad que nos cuesta estar concentrados en el estudio”, reconoce Sherwin. Para él la lengua también es complicada, pero cree que en la Delegación de Ciutat Vella del CNL es “muy fácil aprender catalán. Nos ayudan muchísimo, es por la gente que hay detrás de las escuelas como estas decidí venir a vivir a Barcelona”, dice. Sherwin pasó por Rusia, Malasia, Francia o Alemania antes de instalarse definitivamente en la capital catalana.

“Cuando pisé por primera vez Barcelona, ​​supe que me quedaría porque me sentía como si ya fuera de aquí. Por eso nos esforzamos tanto en aprender la lengua. Esta ciudad nos da todas las facilidades y toda la confianza pero depende de nosotros estar a la altura”, apunta Sherwin, mientras su compañera Genie asiente con la cabeza. Les queda un año y medio aún para poder acceder a la residencia y obtener un trabajo fuera del servicio doméstico. Ahora, de momento, al abrirse las aulas de Ciutat Vella durante el descanso de la clase se van oyendo conversaciones de las alumnas, en una lengua incomprensible para la mayoría de oyentes no filipinos, pero salpicadas de frases y palabras inconexas en catalán. Una lengua que, poco a poco, van haciendo suya y que se va forjando en una clave que les abrirá puertas.

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