El barco de la Marina

Si subimos dos calles de la pretérita calle adyacente al Rec Comptal, todavía aprovechado por muchas mujeres a principios del siglo pasado, cuando se erigía la plaza de Toros Monumental, daremos con una casa de forma peculiar, un barclo con briznas insólitas y dones para dividir las calles Casp y Ribas

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Nunca he sido un entusiasta del carrer Marina. El artículo de hoy nace de esas rutas de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cuando salgo del edificio de Radio Nacional en Roc Boronat cambio mis paseos para no aburrirme. Una de mis opciones favoritas es seguir el carrer Almogàvers y llegar al metro de Marina, desde donde subo la avenida hasta llegar a los aledaños de la Sagrada Familia.

Como voy sólo, esto desde mi humilde opinión es clave para poder observar todo de modo óptimo, he reparado en una especie de proyección parcelada por dignificar una serie de barrios olvidados hasta las Olimpiadas. El orden de la reforma no se hizo de modo lineal y eso genera una cierta extrañeza. La Villa Olímpica sería el primero, para seguirle a continuación el entramado del Fort Pienc, donde terminaremos nuestros pasos. Entre ellos, aunque todo depende de cómo apreciemos el mapa, estarían Glorias y la Meridiana, caballos de batalla imposibles y muy mejorados en la última legislatura, casi hermosos a pesar de tantos pesares.

Marina tiene muchos elementos interesantes. Además de la churrería Argilés, la decana de un negocio en vías de extinción, siempre me fijé en sus columnas laterales, creadas con motivo de la Exposición Universal de 1929 y ninguneadas tanto por la ciudadanía como por las autoridades municipales. Flanquean la carretera con la intención de hilvanar una perspectiva con el templo de Gaudí al fondo, siempre más amenazante en su crecimiento vertical similar a la plataforma espacial de 8 ½, de Federico Fellini.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de un bloque desahuciado con una publicidad donde, en letras blancas, se lee es vicio, es alquiler. Hombre, el vicio y la depravación campan a sus anchas, pero la frase forma parte de una vieja propiedad de la casa de sillas Gay, cuyo apellido está medio borroso en el inmueble.

Si subimos dos calles de la pretérita riera adyacente al rec comtal, aún aprovechado por muchas mujeres a principios del siglo pasado cuando se erigía la plaza de Toros Monumental, daremos con una casa rarísima, un barco con bríos insólitos con dones para dividir las calles de Casp y Ribes. Me llamaba la atención desde hacía más de una década y decidí solucionar mi curiosidad visitando mi amado archivo municipal al ignorar la resolución del asunto a manos de otros barcelonautas.

Antes de recurrir a mecanismos oficiales miré en el catastro, donde figuraba la fecha de 1940, dato que me hizo sospechar una relación de la nave pétrea con una vivienda del Guinardó analizada hace unas semanas en estas mismas páginas. Los papeles negaron esta posibilidad y descubrieron otras igualmente fascinantes.

En 1946 Teodoro Soum encargó a Sebastián Bonet Ayet realizar esta joya salvada, sin noticia de inminente derrumbe pese a necesitar una mano de chapa y pintura, de la quema o la piqueta, esos dos monstruos infames. En los bajos de Casp 192, donde en la actualidad reluce una tienda de petardos abierta sólo en junio, se instalaron negocios. La fachada es una perla de la estrechez, la proa del navío fantástico en su dimensión horizontal y notable en su verticalidad por la creciente ascensión entre el balcón y lo rectangular de su parte habitacional.

Justo al lado, otra vez en Marina, destaca una finca roja, de ese ladrillo tan típico decenio inaugural de la posguerra, cuando los arquitectos tuvieron mucho trabajo en esa alocada carrera por invadir barrios hasta entonces a medio hacer, con alguna villita modernista y exiguas alturas. El previsible aumento demográfico, causado en parte por la inmigración y desde otra vertiente por una modificación tremendista del modelo urbano, produjo una uniformidad del espacio en esa Barcelona exenta de la nobleza del Gran Eixample.

Lo remarcable es el vínculo entre el barco y esa estructura de una sola pieza. La delata el Neptuno de la fachada, guiño clarísimo. Es una lástima no disponer de la posibilidad de regresar al instante de las obras para contemplar su puente de madera unificador entre lo pequeño y lo grande, aunque no tanto como el nombre del lugar, pues entonces Marina, cosas de un nomenclátor ideologizado desde parámetros imperiales, remitía a Carlos I, y quinto de Alemania.

Bonet Ayet fue muy prolijo. Algunas fuentes hablan de hasta doscientos proyectos. Su gran éxito, un instant classic según los parámetros de esa era autárquica, fue la morada presidida por la divinidad marítima. En 1948 fue glosada por los Cuadernos de Arquitectura, pero como es comprensible al paseante le atrae más el bajel, despreciado desde ese credo histórico según el cual es mucho mejor y documentable la inmensidad, pues lo insertado en la cotidianidad no tiene ningún tipo de fulgor para los folletos turísticos.

Si dejamos atrás Marina y nos adentramos hacia Arc de Triomf aplaudiremos lo diáfano del Fort Pienc, englobado entre la Estación del Norte, con el Palacio de Justicia y la Central Hidroeléctrica al fondo. En el carrer Ribes 141 hay otro rastro de Bonet en una nueva entrega del navío, más discreta al estar menos apartada para la visión. Quien quiera detectarla deberá fijarse con esmero en ese tramo donde Ribes y Ausias March quieren confluir sin lograrlo del todo.

La repetición de esta proeza naval es una estela de cómo hay otra Barcelona invisible para la ortodoxia. Bonet Ayet sólo es uno de sus apóstoles, hay muchos otros en esquinas, plazas, pasajes y rincones ajenos a rutinas impuestas. El barco es sueño de una normalidad anormal y metáfora de volar pese a la crudeza del día a día, bello por depararnos descubrimientos inesperados en medio de nuestra querida y odiada jungla urbana.

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