El ángulo invisible

Si enumerara todo lo extinto daría para llenar un baúl de tristezas. La casa que centrará nuestras preocupaciones de hoy es la superviviente de un pequeño mundo antiguo al que ha contribuido habiendo creado, casi sin querer, una plaza sin nombre de aspecto vetusto. Hay un banco donde muchas veces acompañantes latinas cuidan a viejos españoles. Algunas noches los adolescentes se besan y más de una semana es posible encontrar libros de viejo dejado en estas maderas junto a un solitario buzón de correos, muy importante por lo pronto y ahora mismo un elemento decorativo de inevitable color amarillo.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
/ Jordi Corominas

/ Jordi Corominas

En más de una ocasión he lamentado la falta de previsión antigua para con las fotografías. En Barcelona debemos tirar de recuerdos mentales para dibujar el croquis previo de los espacios, pues en más de una ocasión escasean los testimonios gráficos de los lugares que han forjado nuestro sentimiento en la vida. No se preocupen, no voy a volverme cursi, pero creo necesario reclamar un esfuerzo municipal para crear un archivo visual de la cotidianidad donde se puedan volcar las instantáneas de todos los vecinos de la capital catalana, algo relativamente fácil en época de hiperconectividad, para generar un mapa completo del espacio y entender sus metamorfosis.

Estas siempre suelen ser a peor, sobre todo si hablamos de los barrios. Estoy en la múltiple esquina del carrer Renaixença con Amèrica y rambla Volart. El cruce es doble por la extraña casa que determina la concepción urbana del sitio. Durante años me ha fascinado su rareza. Cuando era pequeño no me llamaba la atención, casi como si ahora la ausencia de vida en sus alrededores haga brotar una racionalización excesiva de la zona. Antes iba hacia la escuela y encontraba varios negocios florecientes y con suficiente capacidad de crear un núcleo comunitario sólido.

Donde estaba la papelería Montse construyeron un insípido bloque de pisos. El colmado de la casa del castillo, de la que escribiré la próxima semana, cerró hace años y la carnicería de los Gallego feneció, pero no recuerdo cuando. Fue, un poco como lo de la Montse, muy repentino y para los nostálgicos sólo queda en pie el taller mecánico, a medio gas y sin que el propietario nunca se haya dado cuenta de los anuncios pintados a mano en la fachada de su edificio.

Si enumerara lo extinto daría para llenar un baúl de tristezas. La casa que centrará nuestras pesquisas de hoy es la superviviente de un pequeño mundo antiguo al que contribuye al haber creado, casi sin querer, una plaza con tintes vetustos. Hay un banco donde muchas veces las acompañantes sudamericanas cuidan a viejos españoles. Algunas noches los adolescentes se besan y alguna semana uno da con libros de viejo dejados en esas maderas al lado de un solitario buzón de correos, muy importante antaño y en la actualidad un elemento decorativo de inevitable color amarillo.

El inmueble de mi interés remite a la posguerra. Lo supe, como casi siempre, al consultar su fecha de construcción en el catastro. 1940 no parecía nada descabellado, sobre todo porque su forma me recordaba a otra anomalía emblemática ubicada entre el carrer Casp y Marina. En ambos casos la culminación o el inicio, todo depende del ángulo de visión, termina en una punta de lanza hacia arriba, casi como si la piedra quisiera propulsarse hacia un falso infinito.

Si se observa todo con mimo es posible comprobar el bloque, integrado con otro anterior de manera más o menos solvente pese a las diferencias cromáticas y de composición. Durante muchas semanas pensé que su autor debía ser por fuerza el mismo que el de la vivienda de Marina, donde, no está de más comentarlo, hay otras estructuras similares esparcidas por su cuerpo. La solución estaba en el Arxiu Municipal, y ahí fui un martes por la mañana con la ilusión de confirmar mis sospechas o toparme con un relato inesperado.

El catastro, lo hemos repetido más de una vez a lo largo de esta serie, es impreciso. Según los papeles edilicios el permiso para edificar en rambla Volart 63/ América 48 es del 28 de octubre de 1955. La firma del arquitecto es ilegible. El primer propietario fue Matías Alarcón Navarro, quien pidió un invento con semisótano, bajo y dos pisos, con toda probabilidad en vistas a lucrarse con el alquiler.

El edificio se constituye de dos moldes geométricos y por eso siempre me resultó como un lienzo cubista. Las fachadas sólo exhiben ritmo por la acumulación de ventanas y la solución del tramo correspondiente al carrer Amèrica, donde un balcón ligero pintado de verde rompe con la monotonía del conjunto. Esta última parte de la frase es injusta, pues, si bien la casa Alarcón Navarro no es ningún ejemplo de manual, tiene aspectos muy destacables, algo típico durante los años cincuenta del siglo pasado, cuando sin querer el desorden en las obras ciudadanas hizo brotar una notable generación de arquitectos.

/ Jordi Corominas

Asimismo, creo importante para comprender su formulación el origen del hombre que decidió gastarse sus dineros. Matías Alarcón Navarro fue miembro de la UGT de Vera, en la provincia de Almería. En 1938 recaló en Barcelona. De marinero pasó a practicante y en octubre se integró en la 151 brigada mixta.

Todo apunta a que fue un perdedor. El rastro de su familia ayuda a barajar una hipótesis de salvación. Su hermano José fue llamado en diciembre de 1943 a la jefatura del Movimiento por una cuestión de ficheros y en 1957 aspiró a un taxi. Era un vencedor y quizá por eso Matías, un peón, pero republicano al fin y al cabo, pudo tirar para adelante sin muchas complicaciones. Vivió siempre por el Guinardó. Su domicilio anterior a nuestra amada casa heterodoxa fue en Lluís Sagnier 10, al lado de Virgen de Montserrat.

No pude averiguar más. Hoy todo consistía en intentar presentar ciertos puntos útiles para ir más allá en la rutina de un ángulo que siempre llenó mi cabeza de preguntas. No darlas por respuestas prolonga su búsqueda hasta el infinito, equiparándola con la cuadrícula urbana y la imposibilidad de agotarla.

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