Educar fuera del armario: entre el temor y el motor de cambio

El riesgo de que identificarse abiertamente como lesbiana, gay o trans dificulte las relaciones con el alumnado y las familias es una preocupación presente en buena parte del profesorado LGTBI. Percibir que el centro educativo acoge la diversidad de género y sexual es un elemento central para decidir hacerse visible, un paso que, a la vez, promueve cambios hacia escuelas e institutos más seguros para las personas del colectivo

Meritxell Rigol
 
 
 
Pancarta de suport als infants trans en una manifestació a Baltimore / CC-by taedc (Flickr)

Pancarta de suport als infants trans en una manifestació a Baltimore / CC-by taedc (Flickr)

En la trayectoria docente de Katy Pallàs, identificarse como lesbiana tiene un episodio negro, de acoso laboral hasta el despido ─en un centro privado que prefiere no mencionar. Pero, de educar fuera del armario, lo que destaca tiene, por contraste, mucho más color: alumnos que, discretamente, se le acercan para decirle “ei, profe, soy como tú”; otros que, sin ningún tipo de complejo, lanzan en medio de clase uno “soy lesbiana y verdad que es normal, profe?”; compañeros de claustro que se le dirigen con interés creciente para incorporar la perspectiva LGTBI en el aula. Hacerse visible en el entorno educativo ha sido, explica Pallàs, una herramienta clave y cotidiana para abrir conciencias ante la diversidad afectivosexual y de género real. Una realidad, aun así, a menudo obviada en escuelas e institutos, donde, como en el resto de la sociedad, la heterosexualidad y la identidad de género cis (hombre o mujer, de acuerdo con lo asignado al nacer según los genitales) son presupuestas en las personas. Hasta que no se diga lo contrario.

“En un primer momento, hay el miedo de tener que escucharte decir cosas que no te apetecen, pero, cuando hablas desde la seguridad que te da la convicción de que no hay nada malo en ser lesbiana, gay, bi o trans, curiosamente, lo que se produce en el alumnado, en general, es un respeto inesperado”, asegura Pallàs, profesora del instituto Can Peixauet, en Santa Coloma de Gramenet. El profesorado consultado coincide en señalar que reivindicarse con naturalidad dentro de las siglas LGTBI suele posicionarlos como figuras referentes en sus escuelas o institutos. En este escenario, en el que transgredir las expectativas de género suele comportar fuertes sanciones y muchas horas al día de exposición a posibles violencias, contar con el apoyo de personas adultas dentro del centro representa, en ocasiones, un salvavidas para el alumnado.

“El instituto puede llegar a ser la pesadilla, los peores años de la vida de personas LGTB y, si bien es cierto que hay centros que están haciendo un gran trabajo, y esto se nota en cómo están los adolescentes, la mayoría de jóvenes nos hablan de acoso, discriminación, miedo y desconfianza”, explica Sara Barrientos, educadora de la cooperativa Candela. El Observatorio Contra la Homofobia advierte en un estudio, elaborado a partir de encuestar a todo el alumnado de un instituto de L’Hospitalet de Llobregat, que una mayoría ha presenciado o escuchado alguna agresión o discriminación LGTBIfòbica. Ocho de cada diez han escuchado insultos o comentarios peyorativos sobre la orientación sexual no heteronormativa o las identidades trans. Casi un alumno de cada cuatro (24%) ha presenciado o tenido conocimiento de una paliza por motivo de orientación sexual o identidad de género.

La Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Trans y Bisexuales (FELGTB) alerta en un informe dirigido al defensor del pueblo que los planteamientos, intentos y perpetraciones de suicidios entre jóvenes LGTBI son “el punto culminante del sufrimiento de miles y miles de adolescentes debido a los prejuicios sobre la diversidad sexual y de género mantenidos y tolerados en el interior del sistema educativo”. Unos prejuicios y un sufrimiento del que el profesorado LGTBI no es inmune, remarca Rosa Sanchis, profesora de valencià y referente por su trabajo en educación afectivosexual, al explicar porque educar fuera del armario no es la opción más comuna entre los y las docentes.

“Hay mucho profesorado que está en el armario, no sólo de cara al alumnado, también para los compañeros y compañeras de trabajo”, apunta. El motivo principal, el miedo a que salir del armario afecte la relación con el alumnado y que las familias tengan prejuicios hacia un profe o una profe homosexual. “También hay miedo a sufrir acoso por parte del alumnado, lo que ha ocurrido en algunos casos”, lamenta Sanchis. En su caso, pasó los primeros cinco años de docente sin hacerse visible. Ahora, hace muchos más que entra a clase “con la autoridad de ser una misma” y, asegura, sale “el efecto positivo sobre alumnado y compañeros”.

Inseguridad para abrir puertas

Otra convencida de la efectividad de poner el propio cuerpo y experiencia para “desestigmatizar y normalizar” la diversidad afectivosexual y de género en los centros educativos es Katy Pallàs. Ahora bien, al mismo tiempo, coincide en qué educar fuera del armario no es una decisión fácil para muchos docentes. Además de tener o no perfil activista, sentir que la cultura del centro acoge la diversidad de género y sexual, es un elemento que puede marcar la diferencia entre abrir el armario o bien ponerle un tope de cara a la escuela o instituto. La inseguridad entre el profesorado LGTBI se acentúa en los centros concertados y privados.

Visi González, coordinadora de educación de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FELGTB), denuncia que, si bien en los centros educativos públicos la sensación de libertad para ser visible es superior, también visibilizarse “es arriesgado”. “Cuando trabajamos la diversidad afectivosexual, de género y familiar en una aula nueva, siempre tenemos miedo a que venga algún padre o madre con el argumento de que adoctrinamos, como si la orientación sexual de una persona se pudiera enseñar. ¡Si así fuera, sólo habría heteros!”, plantea esta profesora de primaria. Otra crítica con la que topan es que “su orientación sexual pertenece al ámbito privado”. “Al profesorado hetero, pero, no se le dice lo mismo cuando hablan de su pareja, de si están casados, de qué hacen con su familia o si vienen a buscarlos a la escuela”, critica.

A pesar de la preocupación todavía generalizada y con precedentes por el trato con las familias, González asegura que hay “más miedo que no realidad”, a la vez que reivindica la necesidad de ser más visibles en los centros educativos. “No sólo porque la experiencia del profesorado es importantísima para el alumnado LGTBI que se siente inseguro, sino porque, por ley, tenemos obligación de trabajar la diversidad de género y afectivosexual; todo el profesorado la tenemos, igual que tenemos la obligación de intervenir cuando hay un conflicto”, reclama.

La FELGTB también advierte que el profesorado trans, a menudo sin la opción de invisibilizarse, son las personas del colectivo LGTBI “peor tratadas al mundo educativo”. “Tradicionalmente, en la educación no hemos podido estar, y si hemos podido, ha sido con el coste del armario, porque el profesorado tiende a reproducir lo que está ‘bien’; lo que socialmente es ‘decente’, de forma que la imagen de lo que tiene que ser un profesor acaba siendo bastante conservadora y no resulta diversa como es la sociedad”, expone Lucas Platero, docente de formación profesional y activista trans. “Del mismo modo que se tiene que aprovechar a los profes con conciencia de clase o antirracista, la educación tiene que aprovechar lo que el profesorado LGBTI podemos aportar en el aula, que va más allá del contenido y tiene que ver con el hecho de educar desde otro lugar en el mundo y no dejar en el aire los temas de los que el alumnado necesita hablar, como suele pasar en las aulas”, reivindica.

Referentes que traspasan las pantallas

Uno de los correos que Rosa Sanchis ha encontrado esta mañana no tiene que ver con dudas de lengua ni con la puntuación del examen. Ya le había explicado que se identifica como trans y, hoy, su alumno le comparte la decisión de empezar a tomar hormonas. “¿Por qué yo no?”, se preguntó otro chico del Instituto Isabel de Villena, al sentirla hablar abiertamente del hecho de ser lesbiana, y, hace unos días, le dijo que se había decidido a salir del armario ante el grupo de clase.

“Cuando rompes el lugar de hetero o cis que se te presupone y lo haces de manera encarnada y clara, estás invitando al alumnado que también los rompe a sentirse bien y compartirlo y, al conjunto de la clase, le muestres una manera plural de estar en el mundo; le devuelves una imagen de lo que puede esperar encontrar en la vida, a través de valorar en positivo la diferencia”, argumenta Platero, sobre el papel de referente y motor de cambio que tiende a tomar el profesorado visiblemente LGTBI en los centros educativos.

Si bien localizar referentes LGTBI en internet cada vez es más común entre la juventud, más difícil le resulta encontrar referentes accesibles en el día a día. “Cuando lo que, en general, te llega sobre ser una persona trans, lesbiana, gay o que sale de la norma de género, es desprecio; es que da asco; es que eres anormal, encontrarse con personas del entorno que están empoderadas, fuera del armario, que se muestran abiertas y disponibles para recorrer a ellas, los ayuda mucho”, asegura Sara Barrientos. La educadora coordina las colonias de verano Oasis, dirigidas a adolescentes LGTBI. Entre otros, el equipo educativo de este espacio se propone paliar la habitual carencia de referentes LGTBI detectada entre los y las adolescentes, para facilitarles el ejercicio de proyectar vidas ni limitadas ni encasilladas por las siglas.

Además de actuar de referentes y, a menudo, rebajar las actitudes LGTBIfóbicas entre el alumnado, el profesorado LGTBI visible suele promover cambios, también, en sus equipos docentes y dar pie a proyectos sobre diversidad sexual y de género en las escuelas e institutos. Al encontrar complicidades en el claustro y en la dirección, el profesorado consultado coincide en destacar que suelen extender el interés por incorporar la mirada de la diversidad afectivosexual y de género en los centros, ampliar la conciencia de la diversidad real y, así, dar pasos adelante hacia espacios educativos en los que sea seguro expresarla.

Es lo que persigue Stop Diverfobia, un espacio de reflexión sobre cómo nos condiciona el sistema de género, impulsado por Rosa Sanchis hace tres años. Actualmente, cuenta con una veintena de alumnos y alumnas participantes y una veintena de docentes que se han puesto a aprender el ABC LGTBI. “Algunos compañeros me han confesado el miedo que al principio tenían sobre qué dirían en casa los chicos y chicas si empezaban a incorporar la diversidad afectivosexual y de género en su trabajo educativo, pero a final de curso se tranquilizan, escuchan hablar a los chavales y chavalas de cómo se sienten, de que los gusta y que no, y la gente se va animando a hablar abiertamente de la diversidad”, explica Sanchis, para quien el objetivo supera a las personas identificadas como LGTBI y se concreta en “flexibilizar el género para todo el mundo”.

De tres otros docentes, vinculados a la Asociación de Familias LGTBI, surgió, cuatro años atrás, “Escuelas Rainbow”, una iniciativa que implementan dos escuelas en Catalunya. “Ayudamos a los docentes a ponerse las gafas para ver con perspectiva de género, cosa que aparece en todas las leyes de educación desde los años 80, pero que no se ha transversalizado nunca de una manera efectiva en el currículum porque el Departament d’Ensenyament no ve su importancia real”, critica Pallàs, presidenta de la entidad y una de las docentes impulsoras del programa.

La responsabilidad de conseguir centros educativos acogedores para expresar la diversidad de género y sexual trasciende el hecho de que el profesorado LGTBI se visibilice en ellos y, sintetiza Barrientos, exige incorporar “compromiso con la coeducación y el feminismo”. “Buenos referentes lo tenemos que ser todo el mundo: tenemos que generar centros en los que el profesorado pueda salir del armario, sí, pero también en los que el resto de docentes sepan hablar de diversidad y romper estereotipos de género”. En paralelo a la inmersión del profesorado en la diversidad LGTBI, extender la pedagogía a las familias de la comunidad educativa es un reto ineludible, según destaca González. “Son la raíz de los valores ─enfatiza la coordinadora de educación de la FELGTB─ y, si ven que en la escuela trabajamos la diversidad sexual y de género, las forzaremos a revisar creencias”.

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