«Discrepancia bienvenida»: herramientas para afrontar debates controvertidos sin caer en un diálogo de sordos

Desde el Procés hasta el feminismo, pasando por el fascismo o el racismo, son varios los temas que encienden polémica a todos los niveles de la sociedad. La polarización de los debates televisados ​​y las disputas por redes sociales no ayudan a recuperar las bases de la cultura del diálogo. Hablamos con Cécile Barbeito y Marina Caireta, autoras de la guía 'Discrepancia bienvenida'

Sandra Vicente
 
 
 
Cécile Barbeito y Marina Caireta han creado la guía 'Discrepancia Bienvenida' para afrontar debates complejos en el aula

Cécile Barbeito y Marina Caireta han creado la guía 'Discrepancia Bienvenida' para afrontar debates complejos en el aula

El otro. El enemigo. El contrario. Estos términos son a menudo empleados cuando se tratan debates y temas controvertidos y debemos referirnos a la persona que no piensa como nosotros. Y que, por tanto, está equivocada. O no. Las acusaciones por adoctrinamiento a docentes a raíz de los hechos del 1O fueron la consecuencia tangible y extrema de la polarización y falta de cultura del debate que impera, no sólo en las aulas, sino a la sociedad en general.

Los debates sobre el referéndum, sin embargo, no son los únicos en la lista de la controversia: el feminismo, el fascismo, el auge de la extrema derecha, las elecciones o, incluso, el animalismo son sujeto de caer en la polémica. Las redes sociales no ayudan y, parece, que «hemos perdido las herramientas de la cultura del debate. Desde que todo está polarizado ya no dialogamos», nos explica Cécile Barbeito, politóloga y diplomada en cultura de paz. Junto con la educadora Marina Caireta, ha publicado la guía ‘Discrepancia bienvenida!‘, un texto que debe servir de manual para poder afrontar debates controvertidos en el aula. Pero no sólo allí.

«Se trata de desmontar la imagen del enemigo y afrontar el miedo a la polarización», dice Caireta. Así, aunque esta guía esté enfocada a las escuelas, los maestros -que son los encargados de moderar y guiar estos debates- no dejan de ser personas inmersas en toda una dinámica social en que «familias, jóvenes, alumnos, profesores, centros… todo el mundo tiene miedo y es comprensible», apunta la educadora. Así, una de las consecuencias de haber perdido la cultura del debate -en las aulas y en general- es que hay temáticas que «consideramos que nos están vetadas. Y las que creemos que sí se pueden discutir, las abordamos desde la polarización -y la violencia- del ‘ellos’ y el ‘nosotros’ «, dice Barbeito.

Debatir sobre todo, con todo el mundo

Una de las primeras dinámicas que proponen las autoras de la guía es acostumbrarnos a hablar de temas que, a priori, no generen tanta polémica. «Con el Procés hemos confirmado que necesitamos volver a introducirnos en la cultura del debate. Por muchas ganas que tengamos de debatir sobre estos temas que están tan de actualidad, primero necesitamos herramientas», apunta Caireta. Explican, pues, que en un aula en la que los alumnos quisieron hablar del juicio del Procés, la maestra, en vista de la situación, decidió que fueran los jóvenes los que propusieran un tema que les fuera de interés para debatir sin tantos riesgos. Eligieron hablar sobre los animales en cautiverio.

Plantear, pues, temas que no sean de actualidad (que no quiere decir que no sean polémicos) hace que no haya una línea de opinión socialmente aceptada y que, por tanto, los participantes de la conversación no estén influenciados por una postura determinada. «Esta partida de cero nos permite, por un lado, tener que reflexionar por qué pensamos lo que pensamos, ya que no es una opinión que nos haya venido dada, y por otra, nos hace más fácil aceptar que haya opiniones diferentes a nuestra», dice Barbeito.

Método socrático: aprendamos a hacernos preguntas

«De pequeños es cuando más preguntas hacemos y sin sentirnos intimidadas. Pero después lo vamos perdiendo, porque no nos atrevemos. Y la educación tiene parte de culpa, porque a los alumnos les pedimos respuestas, no preguntas», reflexiona Barbeito. Y es que, como dice la politóloga, una pregunta de niño rompe el marco mental de adulto, pero «en lugar de bloquearnos por no tener la verdad absoluta, deberíamos aprovechar las reglas del juego que nos plantean los pequeños».

Este marco mental nuevo puede ayudar a abrir la mente a nuevas perspectivas. Y, si todavía cuesta, las autoras de ‘Discrepancia bienvenida’ recomiendan los juegos de rol o el distanciamiento que se logra con el teatro. «Además, ponerse en la piel de otra persona, también rebaja el riesgo».

La empatía, sin embargo, es el Santo Grial del debate, lo que todo el mundo busca pero nadie ha encontrado nunca del todo. Por ello, Barbeito y Caireta proponen que, cuando hay conflicto, reflexionemos y argumentemos por qué defendemos una postura concreta. Busquemos la raíz de los argumentos y «démonos cuenta de nuestros sesgos». Y es que, si nos interesa un tema, y ​​alguien dice algo en contra de nuestros valores «te parecerá tan ofensivo que te costará mucho más dar una respuesta respetuosa. Debemos ser conscientes de qué temas nos tocan más», recomienda Barbeito.

Todos tienen parte de razón … ¿o no?

Barbeito y Caireta apuestan por el «diálogo controvertido, planteando que todos tenemos parte de razón». Pero, ¿es cierto que todo el mundo tiene razones siempre? ¿Qué pasa, pues, si uno de los participantes del debate tiene una postura claramente machista o racista? «Podemos entender que los derechos humanos son mínimos innegociables. Se debe poder hablar de todo, pero no todas las posturas son aceptables. Ahora bien, debemos cuestionar, no censurar».

Y es que la «censura» y la apelación a la libertad de expresión, a menudo pueden ser herramientas para justificar opiniones de aquellas que Barbeito considera que no «son aceptables». Hay, según Caireta, «que aprender a comunicar y entender que todas las opiniones son escuchables pero no respetables. Pero las personas sí son respetables».

Reformulando, pues, la afirmación inicial, Barbeito y Caireta apuestan por «nadie tiene razón totalmente». Y con ello, intentar esquivar la siempre polémica y planeante figura del ‘líder de opinión’. Compañeros de trabajo, líderes políticos, periodistas, académicos, familia o maestros pueden ejercer esta figura que inculca, sin matices, su opinión al grupo, que acaba decidiendo posturas individuales siempre con la premisa de no contradecir -ni cuestionarse- al líder de opinión. «Los alumnos, por ejemplo, tienen clarísimo qué es lo políticamente correcto y qué es lo que el maestro espera que digan», dice Barbeito.

Poder opinar en contra de una opinión hegemónica

La teoría del sesgo de arrastre plantea un experimento. En una sala, todo actores y actrices, excepto una persona. Se les hace una pregunta y, quienes son actores, responden mal. Se les vuelve a preguntar y vuelven a responder mal. Así una y otra vez, hasta que la persona que no es actriz, empieza a dar la razón al grupo. «Cambias de opinión porque te ves diferente, pero no eres consciente de que lo haces. Esto se ve cuando hablamos de intención de voto. Yo puedo pensar que no entiendo cómo la gente puede votar al PP. Pues mi padre les vota…», dice Caireta. Así, todo el mundo tiene su muestra particular que determina, en gran medida, sus posturas. «Nos falta conciencia de que nuestra visión es menos compartida de lo que pensamos», añade.

Así, Barbeito y Carieta defienden los grises, los matices. «Tenemos que aprender a asumir contradicciones, porque si no, tendemos a la radicalidad, que es lo que nos da seguridad, porque no nos deja espacio a las dudas». Y cuanto más polémico sea el debate, más tenso será y «esto deja sólo espacio para opinar a las personas más polarizadas», dice la politóloga. Y en este círculo vicioso, las personas que no tienen su postura clara o que aún no se han enfrentado a las contradicciones («normales, en una sociedad tan compleja como la nuestra»), suelen callar.

«¿Cómo hacemos que los que no hablan lo hagan? El uso de la palabra siempre es curioso: los hombres hablan más que las mujeres, los que hablan otro idioma no lo tienen fácil… en el uso de la palabra se reproducen situaciones de poder social», apunta Barbeito. Crear, pues, climas de seguridad con un mecanismo que respete los turnos y las posturas es clave. Esto, obviamente, en Twitter no pasa, pero en un aula -para educar a los futuros tiuteros- es más fácil. «Tener un objeto que sólo pueda sostener quien habla se convierte en un objeto simbólico de peso que, incluso las criaturas que no suelen hablar, quieren tener entre las manos y se expresan», aconseja Caireta. En el ‘Señor de las moscas’ esta técnica funcionó. Al menos un rato…

¿Cómo esquivar a los agentes censores?

En el caso de Sant Andreu de la Barca, ciertas familias actuaron de agentes censores contra maestros que habían planteado un debate en clase (propuesto por los alumnos). Esta oposición de familias a hablar de ciertos temas en el aula no es exclusiva del Procés: religión, orientación sexual, intención de voto… todos estos temas son susceptibles «ya sea por ideología o porque creen que esta educación se imparte en casa», dice Barbeito.

Caireta considera que siempre se las debe informar de los procesos de debate en el centro, «porque lo sabrán de todas maneras». Así, una buena idea sería pedirles que participen de las actividades de debate, «para que abandonen la idea del adoctrinamiento». Es significativo, dicen, que vivamos la diferencia de opinión como conflicto. «Quizás lo que hay detrás de estas diferencias sí puede serlo, pero los conflictos son diferencia de intereses o necesidades, no de opiniones», dice la educadora. «Y en democracia, tenemos que aprender a convivir con ello». Y, como dicen ambas, nos molestaríamos menos con los otros si lo entendiéramos. «Si pensáramos en la discrepancia como una diferencia bienvenida».

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