Dicen que nunca pasa nada

La vieja Vila siempre ha sido activa, festiva y animada en contraposición con su vecina, asimilada por muchos barceloneses con la burguesía pija, donde nunca pasa nada y reina un sopor infumable. No van equivocados. El crecimiento salvaje a finales del Ochocientos nutrió a este rincón de muchos veraneantes a semejanza de otros núcleos aislados donde se respiraba mejor pese a no estar lejos del centro urbano como Vallcarca, el Carmel u Horta.

Jordi Corominas i Julián
 
 
 
La plaça Molina l'any 1900

La plaça Molina l'any 1900

Josep Pla no amaba Barcelona, pero sabía escribir muy bien sobre su superficie. En enero de 1948 publicó en Destino un artículo donde hiló muy fino sobre Sant Gervasi de Cassoles, donde nos moveremos a lo largo de las próximas semanas: “Sant Gervasio fue un pueblo de carcamales, de prudentes y de beatos. Pueblo de veraneantes ricos y de retirados, con las escasas rentas de esta clase de estamentos. Era un barrio en que todo era pequeño: las casas, los jardines, las ambiciones y el color local.”

El texto sigue con un lamento sobre la situación del lugar a finales de los años cuarenta, caótico y destrozado por la calle Balmes, abierta en 1929 desde la Diagonal hasta el passeig de la Bonanova para incidir negativamente mediante un trazado sinuoso urdido por el arquitecto Guillem Busquets, quien en su condición de conseller hizo y deshizo a su antojo en un proyecto preludio de otros muchos en la capital catalana al cargarse sin miramientos torres y destripar la plaça Molina, sitio protagonista de este artículo y uno de tantos epicentros de la zona, que de recibir su nombre por tanta casa sola ahora está repleto de las mismas sin solución de continuidad.

Como el paraje tiene muchos elementos no está de más iniciar nuestro estudio con su denominación, poco pensada por los ciudadanos, quienes en más de una ocasión asocian el nomenclátor con una inexistente política casual cuando cada placa tiene un valor para comprender el surco del tiempo en nuestro devenir.

Francesc Daniel Molina fue el gran arquitecto de la Barcelona previa al modernismo. Entre su legado figura el diseño de la plaça Real, el maravilloso ingenio circular de la de Milans, la idea configuradora de la del Duc de Medinaceli y no sólo eso, pues se le debe el grupo del Geni Català en Pla de Palau, la rectitud del carrer Princesa y hasta el Teatre Principal, rival del Liceo durante buena parte del siglo XIX.

La plaça Molina | Foto: Jordi Corominas

Más allá de este homenaje la plaza tiene un valor indudable de frontera. Los comentarios de Pla son certeros, pero obvian una lucha geográfica de suma trascendencia. Si bien para muchos Sant Gervasi se separa de Gràcia en Guillem Tell, quien escribe considera esa especie de interludio un paréntesis entre ambos hemisferios. La vieja Vila siempre ha sido activa, festiva y animada en contraposición con su vecina, asimilada por muchos barceloneses con la burguesía pija, donde nunca pasa nada y reina un sopor infumable. No van equivocados. El crecimiento salvaje a finales del Ochocientos nutrió a este rincón de muchos veraneantes a semejanza de otros núcleos aislados donde se respiraba mejor pese a no estar lejos del centro urbano como Vallcarca, el Carmel u Horta.

Ya hablaremos de estos amantes de una segunda residencia sin complicaciones. Por ahora me gustaría desmentir ese no pasa nada, cierto en algunos momentos, sí, pero con notables excepciones como las de Carlos Barral o Antoni Tàpies, residentes durante un buen trecho de su existencia en el carrer de Sant Elies, casi colindante con Molina, como si existiera una energía positiva para la creación, quizá fundada por Joan Maragall, quien tuvo su casa y murió en el actual carrer de Alfons XII, el viejo camino de Sant Gervasi donde aún sobreviven algunas casitas útiles para entender cómo fue hará más de una centuria.

Volvamos a la plaza, no vaya a ser que nos despistemos. En la misma hay una fuente datada en 1874 con una inscripción de los vecinos agradecidos al por entonces ayuntamiento independiente, pues el pueblo fue agregado, como la gran mayoría de los aledaños, mediante el Real Decreto de 1897. Tiene cuatro escudos. El catalán, el de Sant Gervasi, el español y el barcelonés, con toda probabilidad añadido como producto de la anexión.

La font de la plaça Molina | Foto: Jordi Corominas

Hoy en día la fuente es un mobiliario sin mucho éxito entre la concurrencia, más atenta a las terrazas, donde en abril de 2014 falleció el actor Alfonso Bayard, o al incesante tráfico en esa confluencia de caminos. Hasta hace bien poco mi punto predilecto del enclave era el mural de Terry me Va, por desgracia desaparecido por la poca consideración del Ayuntamiento con esos trozos de Historia mural. Por suerte quedan las fotos, aunque no es lo mismo y eso me obliga a detallaros otras cumbres en mi intento, bastante estéril, de agotar el recinto.

Los amantes del mundo subterráneo sabrán del valor de la estación del FGC, estrenada en 1954 y la última de fila en estar cubierta como antes lo estuvieron, por ejemplo, las de Urquinaona o Lesseps. A su alrededor lucen algunos bancos como reposo ideal previo a una cita o emplazamiento perfecto para leer el periódico o ver el día pasar, porque la vida es otra cosa, más larga y con tantas metamorfosis como las de la plaza.

Si los transeúntes miraran más se sorprenderían ante el inmueble más majestuoso de la plaza, la Casa Sants, constituida en puridad por dos edificios de siete plantas hasta formar un bloque unitario destacable por su fachada libre de muros de carga y, en cambio, atiborrada de tribunas, remates y cuerpos volados en el cuerpo central. Su autor es Jaume Mestre Fossas, quien la firmó justo antes de la Guerra Civil, con toda seguridad como producto de la remodelación del conjunto, bajo la estela del GATPAC, del que fue uno de sus más brillantes y anónimos representantes, con obra remarcable en la avinguda Gaudí o el Instituto Menéndez Pelayo, en la no muy distante vía Augusta.

El Racionalismo, como también acaece con el Noucentisme, es otra víctima de la monocromía obsesiva con el Modernismo, como si no existiera otra tendencia entre nuestros muros. Como habrán comprobado ocurre un poco lo mismo con la plaça Molina, a priori anodina y, en realidad, llena hasta los topes de aspectos estéticos nada desdeñables. Por cierto, me olvidé el busto del bardo. Nos espera, no se preocupen.

2 Comments en Dicen que nunca pasa nada

  1. Enric Amat // 08/08/2019 en 9:55 // Responder

    A tocar de la Plaça Molina hi ha l’Institut d’Estudis Nord-americans (Via Augusta 123) que durant més de setanta anys ha estat una referència en l’ ensenyança de l’anglès. Per desgràcia acaba de tancar portes.

  2. Lluís Feliu. // 12/08/2019 en 23:26 // Responder

    Dues anècdotes: 1) el carrer Verge de Gràcia, que va de la plaça de la torre a p.Astùries/Guillem Tell, pertany al districte de Sant Gervasi. 2) Al mur despullat de la finca adjacent a la gasolinera de Balmes va lluir un anunci de la Moritz Epidor durant tres decènis, molt abans de que l’empresa reneixés.

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