“Descentralizar el turismo fue necesario, pero ahora se empiezan a gentrificar barrios que estaban esquivando esa bala”

El turismo es bestia negra y gallina de los huevos de oro; es precarización y nuevos puestos de trabajo. El turismo, eje central de la campaña para las municipales de Barcelona y de tantas otras ciudades, es el hilo conductor de 'Ciudad de Vacaciones. Conflictos urbanos en espacios turísticos', libro de José Mansilla y Claudio Milano

Sandra Vicente
 
 
 
Claudio Milano y José Mansilla, coordinadores de 'Ciudad de Vacaciones' | Sandra Vicente

Claudio Milano y José Mansilla, coordinadores de 'Ciudad de Vacaciones' | Sandra Vicente

Barcelona, Madrid, Palma, Buenos Aires, Valparaíso o Chiapas. Estas ciudades, de países y continentes distintos, aparentemente tienen poco en común. Pero también lo tienen todo: en la lógica del capitalismo neoliberal, en unas dinámicas de ciudadanos flotantes y de consumo inmediato, estas ciudades están todas determinadas por el turismo.

Esa bestia negra de muchísimos movimientos sociales, se identifica tanto con la gentrificación y la precarización de lugares de trabajo y viviendas, como con la generación de empleo y el enriquecimiento de la ciudad. ¿Cómo conviven, pues, estas dos realidades? “Una ciudad no puede vivir sin turismo, pero tampoco con este turismo: el problema no es el turismo en sí, sino el modelo”, apuntan José Mansilla y Claudio Milano, coordinadores del libro ‘Ciudad de Vacaciones. Conflictos urbanos en espacios turísticos’, editado por el OACU y Pol·len Edicions. Junto con estos dos sociólogos, 22 autores más componen una crítica global al modelo de turismo actual.

Empezáis el capítulo de Barcelona hablando de las protestas de vecinos en la Barceloneta en 2014. ¿Qué significaron estas propuestas?

Claudio Milano (C.M.): Fueron el fin del tan aclamado ‘Model Barcelona’, herencia del maragallismo. El modelo de los grandes eventos, de una Barcelona turística que exportar, sobretodo, a Latinoamérica. 2014 fue el año 0, el momento en que empiezan a verse las grietas de este modelo y se empezó a llamar la atención sobre algo que las ciencias sociales y los estudios urbanos ya venien notando desde hacía décadas. Se mostraron las consecuencias de la sobredependencia de la industria turística.

Recogéis las teorías de Harbey de la sobreacumulación: ¿Qué supone esta explotación e inversión única en el turismo, el convertir una ciudad en un bien mercantilizable?

José Mansilla (J.M.): Las consecuencias son las que se vieron en ese verano del 2014. Por eso es una fecha tan simbólica, porque canalizó determinados elementos que no se pueden entender sin tener en cuenta cuatro aspectos. El primero es que hacía sólo tres años del 15M: estábamos en una repolitización muy potente. Veníamos de movimientos como Can Vies o la Flor de Maig. Segundo: todo lo relacionado con la cuestión nacional catalana no estaba tan presente como ahora, que parece que el Procés canaliza todas las cuestiones y efervescencia social. Tercero; Trias había llegado al Ayuntamiento en 2011, dando una vuelta de tuerca más al proceso de sobreacumulación y privatización del espacio urbano. Y por último: estábamos en medio de la crisis.

Barcelona llevaba apostando por el turismo desde hacía tiempo, pero es con la crisis que se usa como herramienta barata para intentar salir de la depresión. Poner de nuevo en marcha el motor económico, pero en una lógica capitalista de las ciudades como lugares de atracción de capital. Así, Barcelona quiso jugar en la liga de las grandes ciudades, pero no la juega para nada. Barcelona está al nivel de Lisboa, no de París. Es un modelo de ciudad que quieren las empresas que buscan sueldos bajos y gente capacitada. Esa Barcelona, que se viene construyendo desde hacía tiempo, es la que cae por su propio peso en 2014.

Fue en ese momento, también, en que se empezó a gestar el término ‘turismofobia’ pero como algo totalmente negativo que desacreditaba a los vecinos. Pero la ‘turismofobia’ no deja de ser un canalizador de otras muchas luchas sociales.

C.M.: El cambio en el uso de las ciudades desde los 70′ inevitablemente canaliza la lucha de los movimientos sociales hacia el turismo: es la turistificación del activismo. La lucha se dirigía hacia una vivienda digna o contra la precarización laboral y, al final, se encuentra en el turismo un culpable a todos estos conflictos. Los que se juntan para luchar contra este modelo de turismo son los mismos que venían del 15M y que acaban conformando la red SET (Regiones del Sur de Europa contra la Turistificación).

J.M.: El turismo funciona como operador simbólico: es capaz de generar una serie de imágenes que relacionas con una serie de elementos. Puede canalizar protestas que, puede que aparentemente, no tengan nada que ver, pero que toman forma ante el turismo. Y esta idea es exactamente la misma que funciona para la turismofobia como elemento criminalizador de los movimientos sociales. Vemos dos grupos que ven amenazados sus intereses materiales más inmediatos y nos encontramos ante la duda gramsciana del sentido común: ¿qué impera, la turismofobia o la barriofilia?

Protestes a la Barceloneta contra la pressió del turisme, al 2014

En los años anteriores no se hablaba de turismo, sino que el operador simbólico eran las grandes transformaciones urbanas: desde el 22@, que era el demonio, hasta la zona alta de Gràcia y Vallcarca, que era territorio de Núñez i Navarro. Eran reformas materiales y tangibles que habían tenido movimientos de respuesta concretos. Pero el turismo es intangible. Y, además, es más rápido y tiene una capacidad de transformación mucho más inmediata que la reforma urbana. Así, mientras el 22@ está en un momento de semihibernación, tenemos guiris haciendo despedidas de soltero por el Poble Nou, cosa que no había pasado nunca.

C.M.: La diferencia entre el turismo y la transformación urbanística se puede reducir a la diferencia entre turistificación y gentrificación. Mientras que la segunda necesita de políticas públicas o, por lo menos, correlacion con el poder público, la turistificación no necesita maquinaria pública, es mucho más rápida. Sobretodo en una lógica capitalista neoliberal que entiende que todos simos emprendedores. Y lo vemos en plataformas como Airbnb.

Pero el modelo de marca Barcelona no podría haber nacido sin inversión pública. Y lo vemos en grandes eventos turísticos que, a su vez, fueron la causa de las mayores reformas urbanísticas de la ciudad, como la Exposición Universal de 1888, las Olimpiadas o el Fòrum de les Cultures.

C.M.: Porque el turismo necesita de barrios gentrificados, higienizados, para que el capital se asiente y se reproduzca.

J.M.: La idea detrás de estas obras no era conseguir la Barcelona que finalmente tenemos. De hecho, en el plan del Fòrum, sólo aparecía la palabra ‘turismo’ seis veces en un texto de 100 páginas. El problema es la falta de gobernanza del turismo. Está pensado como unas puertas abiertas a la iniciativa privada sin controlar el impacto que tendrá. El primer plan estratégico sobre turismo de Barcelona es en 2010, cuando ya ven que se les empieza a ir de las manos.

¿Es un modelo sostenible?

J.M.: ¿Qué es sostenibilidad? El turismo, en sí, no es sostenible. La novena empresa europea que más contamina es Ryanair: tenemos centrales térmicas que se ve que contaminan menos. El turismo, tal y como lo contemplamos hoy en día no es sostenible porque está basado en el valor de cambio, mercantilizando cualquier actividad. ¿Sabes cuántas sillas de bar hay en Plaza Real? ¡2,000! ¿Y cuantos asientos de banco público? Sólo 9.

Estamos en precampaña para las municipales y el turismo no va a quedar fuera. Diversos alcaldables llevan en sus propuestas subir la tasa turística que se paga en el alojamiento. El lobby hotelero ha reclamado que la tasa se use 100% para mejorar la “calidad” del turismo y no para paliar los efectos que tiene, como se hace ahora en un tanto por ciento

J.M.: Fue con el gobierno de Colau que se consiguió que el 50% de lo recaudado no sea dedicado a promoción (como dice la normativa y objetivo para el que se creó la tasa), sino para intervención en los barrios para prevenir impactos negativos. Para revertir la situación actual deberíamos eliminar, o repensar totalmente, la promoción de la ciudad. Debemos también dejar de relacionar el aumento de visitas con éxito. Y es lo que estamos haciendo: hay una propuesta del Puerto de crear una nueva terminal para cruceros y AENA ha dado el pistoletazo de salida para una primera intervención de las terminales de El Prat.

Eso que se dice de que hay que educar a los turistas me parece muy paternalista: no podemos dejarlo en manos de los turistas, sino que es cuestión de la administración.

En todos estos escenarios que planteáis, el Ayuntamiento de Barcelona tiene las competencias limitadas. No podía faltar, pues, una valoración al gobierno de Ada Colau. Ha habido medidas concretas, como la de cerrar pisos turísticos irregulares en Airbnb pero que, como mostramos en este artículo, tuvo una efectividad muy limitada.

J.M.: El problema básico es que no hay recursos para este tipo de asuntos, como el de control de las licencias turísticas, para los que el Ayuntamiento sí tiene competencias. Por eso, se han hecho propuestas como ceder a una empresa privada el control de los apartamentos turísticos.

C.M.: Este tipo de medidas eran necesarias en su momento y fue muy efectiva pero lo que generó fue que, a largo plazo, hubiera muchas pensiones y hoteles que están abriendo en la periferia de la ciudad. En la zona llamada de ‘crecimiento’. Esta zona nace fruto de una estrategia de descentralización y descongestión pero que, si no viene acompañado de un modelo de cambio, vemos que abre las puertas a la gentrificación de barrios que estaban esquivando esta bala. Así, medidas como estas que fueron inevitables en un momento dado para frenar una situación insostenible en el centro de la ciudad, han sido poco efectivas. Barcelona tiene más de 20.000 pisos en Airbnb, contando sólo con 10.000 licencias.

Necesitamos inspecciones y para ello, el Ayuntamiento necesita dinero. Hablamos tanto de la tasa turística y de su retorno social, que podría ser perfectamente destinada para financiar inspecciones de apartamentos turísticos.

¿Había demasiadas esperanzas con Colau?

J.M: Hubo demasiadas expectativas. Mi valoración es agridulce: ha habido medidas valientes y otras más pragmáticas y políticamente prácticas como la reforma final de la ordenanza de terrazas, que no han sido pasos adelante sino un mantenimiento del estatu quo o un paso atrás.

C.M.: La medida de dedicar el 30% de nueva construcción a la vivienda social es muy paradigmática de su mandato. Bienvenidísima sea, pero Barcelona es una ciudad que ya no puede construir más. El problema no es lo que construiremos, sino lo que ya tenemos.

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