Derechos, feminismo y modelo biográfico, vértice de un triángulo para la atención en salud sexual a la juventud

Un ejercicio constante de reflexión sobre nuestra propia sexualidad nos aportará claros beneficios desde el punto de vista personal pero a nivel profesional es del todo clave para poder comenzar un trabajo honesto, empático y respetuoso con la persona que atendemos

Georgina Picas Bernadell i Jordi Baroja Benlliure
 
 
Cartells de La Lore se'n va al CJAS i del mateix Centre d'Atenció a les Sexualitats / Carla Benito

Cartells de La Lore se'n va al CJAS i del mateix Centre d'Atenció a les Sexualitats / Carla Benito

Para trabajar en el ámbito de la sexualidad es imprescindible realizar un trabajo previo que nos haga repensar nuestro posicionamiento profesional y, sobre todo, personal al respeto. Y esto pasa por reflexionar de manera honesta sobre nuestra biografía sexual. Qué se me ha enseñado (y silenciado) con palabras o con actitudes de ol que es correcto y de lo que no, qué experiencias he tenido y como las valoro, qué relación tengo con mi cuerpo y la exploración del placer, cuál fue la última vez que no me protegí ante un embarazo o ETS y porque, cuando fue la última vez que mantuve relaciones sexuales cuando no me apetecía para complacer la pareja, qué experiencias negativas he podido sufrir fruto de la vergüenza, la presión de grupo o la violencia, qué mensajes he recibido a la hora de socializarme como “niño” o como “niña”… y qué implicaciones ha tenido esto en mi vida.

Dependiendo de las respuestas y del grado de profundidad, cada persona llegará a unas conclusiones diferentes pero probablemente con un común denominador: que cada uno de nosotros ha ido escribiendo nuestra biografía sexual cómo ha podido y ha sabido con las herramientas que teníamos… nada demasiado diferente de lo que han hecho y hacen los y las jóvenes de todas las generaciones.

Este ejercicio constante de reflexión sobre nuestra propia sexualidad nos aportará claros beneficios desde el punto de vista personal pero a nivel profesional es del todo clave para poder comenzar un trabajo honesto, empático y respetuoso con la persona que atendemos.

Pero como profesionales necesitamos más herramientas para ofrecer un acompañamiento fructífero a la población joven. Desde el Centro Joven de Atención a las Sexualidades, el CJAS, hemos ido construyendo con el tiempo un marco conceptual que atraviesa tanto las intervenciones educativas grupals como las individuales. Es un marco que bebe, principalmente, de la filosofía de los primeros centros de “planning” nacidos en el estado español en 70 –origen de nuestra asociación- y que se triangula en estos ejes: (i) los Derechos Sexuales, (ii) el modelo biográfico y (iii) la perspectiva feminista.

Los Derechos Sexuales

Partir de los Derechos Sexuales es un concepto que, básicamente, quiere decir virar desde un modelo enfocado en las “necesidades” verso la idea que las personas tienen derechos que tienen que poder disfrutar y ejercer. Por lo tanto es fácil adivinar que es algo más vinculado al principio del apoderamiento de las personas, tanto de las usuarias como de las profesionales.

Para nosotros hablar de Derechos sexuales incluye también aquellos reproductivos a pesar de que en la agenda internacional se separan básicamente para disponer de más cartas de negociación en las siempre complejas partidas de ajedrez para lograr acuerdos supraestatals.

Pero qué son estos derechos? Pues el listado es largo pero básicamente vienen a decir que cada persona es libre de vivir su sexualidad como le plazca y que tiene derecho a que se le garanticen las herramientas básicas para la vivencia de una sexualidad saludable y libre. Es decir, derecho en la educación sexual, derecho a la información y derecho a la asistencia libre de discriminaciones de ningún tipo.

Estos derechos han sido ampliamente debatidos y ratificados a nivel internacional, nacional y local. Estamos pues, y sobre el papel, en un modelo de Derechos. Pero su abordaje plantea el curioso efecto de generar consensos en la teoría pero actitudes defensivas en el momento en que se quieren traducir a la práctica. Y es que nuestro modelo habitual no es el de los derechos. Los programas tradicionales – y la práctica profesional habitual – tiende a ver las poblaciones vulnerables desde una mirada de necesidades no teniendo demasiado en cuenta sus capacidades, derechos y estrategias, elementos claves del apoderamiento.

Además, dentro del abordaje de Derechos no tiene cabida, bajo ningún concepto, ni el juicio moral, ni la abucheada, ni la imposición, ni el mensaje del miedo… Para todo el mundo que trabaja dentro de este marco hay dos mantras principales: “Los derechos no se negocian” y “Si no garantizamos los derechos los estamos vulnerando”. Y, uff, hace mal cuerpo que como sistema, y también como práctica profesional individual, podamos estar vulnerando derechos cotidianamente. Tenemos derecho a solicitar -y que se nos dé- la postcoital o la realización de unas pruebas de ETS –por ejemplo- sin necesidad de explicar nuestra vida, si no se desea y sin frases culpabilitzadores y moralistas. Tenemos derecho a marcar los propios límites de cómo queremos vivir nuestra sexualidad y de cómo querer gestionar los riesgos. Tenemos derecho que se nos informe de todos los métodos contraceptivos sin que entre el sesgo profesional de pensar “el que mejor le conviene a la usuaria porque es así o aixà…”. Tenemos derecho a que no se presuponga nuestra heterosexualidad por defecto. Cuánta violencia institucional no continuamos generando por el hecho de seguir una inercia heterocentrada que sitúa en situación de exclusión cualquier otra sexualidad no normativa… Pensamos si no en los registros que llenamos cada día, en las preguntas que hacemos de entrada, en los carteles y la simbología que proyectamos desde nuestros centros… Y pensamos en si estamos, como profesionales, preparadas para abrir una mirada a las diferentes maneras de vivir la sexualidad. Porque no podremos nunca conectar con la sexualidad de las otras personas si no somos capaces de entenderlas, también desde la lógica del placer.

Tenemos derecho a recibir educación sexual… y en este punto metemos la pata como sociedad de una manera escandalosa porque seguimos sin garantizarla y continuamos con un déficit estructural que, por mucho que hagamos charlas de dos horas o visitas de 15 minutos, no seremos capaces de contrarrestar de manera eficiente.

Si empezábamos este artículo planteando la obligatoriedad de cada persona que se dedica profesionalmente al ámbito de la sexualidad a hacerse determinadas preguntas sobre la propia vivencia, también es exigible tanto a instituciones como profesionales que nos respondamos la siguiente pregunta: “¿Conozco bien los derechos?” “¿En qué modelo me sitúo yo?”, “¿Cuáles son los derechos que yo o mi institución vulneramos cotidianamente hasta el punto que ya ni nos damos cuenta?”

El modelo biográfico

Este modelo encaja bastante, como no podía ser de otro modo, con un enfoque de derechos y tiene mucho que ver con el posicionamiento profesional y todo aquello que se enseña en las facultades de cual tiene que ser nuestro rol.

A mediados del siglo XX, después de la segunda guerra mundial, se inició la necesidad de abordar la salud sexual y nació el modelo biomédico, de lo contrario dicho de riesgos o preventivo. Se trata de un modelo que quería dar respuesta a la necesidad de ”evitar los riesgos” que la actividad sexual conlleva, básicamente las ETS y los embarazos no deseados. Se basaba en el marco conceptual que la salud es la ausencia de la enfermedad. Este modelo ha hecho que se haya asociado el concepto de sexualidad con peligro, proyectando una idea negativa y no vinculada a la satisfacción o al placer. También ha provocado una medicalització de la sexualidad y del propio cuerpo.

Por otro lado teníamos -y tenemos vigente de alguna manera- el modelo moral, que nacía como una reacción por parte de los grupos conservadores a todas aquellas propuestas más liberales sobre la sexualidad. Se basa en un abordaje doctrinario donde sólo tiene cabida una manera de vivir la sexualidad, en pareja heteromonógama y para finalidades reproductivas. Por lo tanto en confrontación directa con todo aquello que quede fuera de estos estrechos márgenes: incluyendo el placer, las diversidades sexuales o la interrupción del embarazo. Otorga la responsabilidad de la educación sexual a los progenitores principalmente, pero también a partes iguales en la escuela y la iglesia.

En oposición frontal a los dos modelos anteriores apareció el revolucionario -o emancipador o sociopolítico- que nació en el seno de la izquierda freudiana como una síntesis del pensamiento entre Marx y Freud. Quiere crear una revolución sexual y social e incluía conceptos como la perspectiva de género, la educación sexual como un derecho y la investigación de una vida sexual satisfactoria.

Y finalmente nace el modelo biográfico y personal en el cual entidades como el CJAS nos queremos situar. Se trata de un modelo de origen sueco que nace a los años 50 y trata la sexualidad desde una mirada positiva y fundamentada en el saber científico. Incorpora algunas ideas claves de los modelos citados anteriormente: Del biomédico, incorpora la idea del conocimiento científico como base de trabajo; del moral toma la idea de la importancia de la ética relacional, pero en el sentido más amplio y liberal de la palabra; y del revolucionario toma la idea del derecho a la sexualidad y la perspectiva de género. Se fundamenta en el concepto de salud de la OMS centrado en el bienestar y la promoción de calidad de vida del individuo y que reconoce la sexualidad como algo positivo y un factor clave para el bienestar.

A la práctica implica también considerar que cada persona tomará sus decisiones ajustadas a su biografía, a partir de sus experiencias, deseos, expectativas y emociones. Y que hay que partir de estos elementos para el trabajo, centrándose más en los factores protectores cómo son la autoestima y el autoconocimiento que no los riesgos.

Pero quizás el más importando de cara a la práctica diaria es que este modelo sitúa al profesional en un rol de facilitador/mediador, que se limita a acompañar y dar herramientas a la persona usuaria para que pueda decidir como ir construyendo su biografía sexual.

Y hay que admitir que las profesionales que nos dedicamos a esto nos genera vértigo que las personas –ya a partir de la adolescencia- tomen sus propias decisiones, especialmente si no coinciden con las que nosotros consideramos como correctas. Nos resulta mucho más cómodo refugiarnos en mensajes simples basados en riesgos. La población no tiene relaciones sexuales para prevenir embarazos no deseados o ETS, sino que tienen relaciones sexuales por varias razones como la obtención de placer, el amor, la curiosidad, la presión o razones económicas.

La mirada feminista, el tercer vértice del triángulo

La mirada feminista es el tercer elemento del triángulo y, como los otros, tiene que atravesar todas las intervenciones. De nuevo en este caso hay que revisar nuestra propia socialización y los prejuicios que se puedan tener en relación al concepto del feminismo.

Un grupo de mujeres de Boston cuando hicieron el libro “Nuestros cuerpos, nuestras vidas” hacia allá en 1969 lo tenían clarísimo: “También queremos aclarar que el sistema médico se tiene que utilizar con cuidado, reconociendo que nuestra buena salud no empieza con la medicina sino con la calidad de nuestras vidas y relaciones”.

Somos personas con emociones, imperfectas, que aprendemos con la experiencia y los errores, y que nos movemos principalmente dentro de una sociedad capitalista y heteropatriarcal. Es decir que se nos socializa para comportarnos de una determinada manera y se espera de nosotros que nos movamos según determinados parámetros. Esto sirve para todo tipo de relaciones sociales, laborales… pero también en relación a nuestra sexualidad.

Desde que nacemos vamos recibiendo mensajes muy potentes –con mayor o menor sutileza- que construyen nuestro género y nuestra vivencia de la sexualidad. Según hayamos nacido con pene o vulva los mensajes recibidos sobre cómo tenemos que vivir y disfrutar de nuestro cuerpo y del sexo y de cómo nos tenemos que relacionar con “el otro sexo” serán diferentes. Bien, no sólo diferentes sino desiguales, dando más relevancia social a los valores considerados masculinos en detrimento de sus “opuestos”, los femeninos. Así, se construye la idea que vincula un sexo biológico con un género determinado y, de retruque, una orientación del deseo determinada. En otras palabras si tienes penes, se espera de ti que adoptes comportamientos masculinos y que te sientas atraído por las mujeres.

Ser conscientes de cuáles son estos mensajes y de qué peso tienen nos puede ayudar a entender el porque de determinadas reacciones. Quizás entendemos el impacto que tiene el ideal del amor romántico, o porque la exposición al riesgo forma parte de los rituales de paso de la masculinidad. También entenderemos el valor que se le da a las primeras relaciones sexuales, y al hecho que a las chicas se las socialice para complacer y adopten un rol más sumiso en las relaciones…

La perspectiva feminista tendría que permitir graduar nuestra mirada con las famosas ojeras lilas y ver cosas que nos pasaban imperceptibles. Un vez puestas, ya no nos tendría que parecer tan fácil animar a las chicas, por ejemplo, a que negocien el preservativo con las parejas sin valorar las dinámicas relacionales –o de poder, o de privilegios…- que se mueven en este marco de normas sociales.

Conseguir servicios más “amigables” y adaptados

Atender de forma que se incorporen los tres ejes –o miradas- mencionados ayudaría notablemente, pero no es garantía de éxito si, como sociedad, no nos esforzamos a disponer de servicios más accesibles y adaptados para jóvenes.

Los contactos de la población adolescente y joven con el sistema de salud es tremendamente valiosa, por escasa y puntual, por esto hay que poner todos los medios para mirar de aprovecharlos. Normalmente es un contacto provocado por un problema urgente a solucionar como una postcoital, prueba de embarazo, ETS o problema con método contraceptivo. Pero ya está bien que sea así, porque con confianza y respeto puede generarse un muy buen punto de partida para trabajar –si la persona lo desea- sobre otros aspectos como son el placer en las relaciones sexuales, el autoconocimiento o las relaciones abusivas para mencionar algunos. Hay que hacer el esfuerzo, con el poco tiempo disponible de la visita, de ir más allá y no limitarse a resolver el motivo de consulta principal y esto sólo es posible con una mirada integral y alejada de prejuicios y de la mera cobertura de necesidades expresadas.

Adolescentes y jóvenes se mueven cómodas en dinámicas de “dejarse caer” en el momento de sentir la necesidad y ser asistidos/das con rapidez. Insisten en la importancia de la privacidad y la confidencialidad y dejar de banda todo aquello que implique tener que comunicarlo a los padres y madres. Quieren que el personal los trate con respeto y no los juzgue, además de poder generar un vínculo con la misma profesional.

Así, si las profesionales tenemos la obligación de repensarnos para poder conectar mejor con la vivencia de la sexualidad de adolescentes y jóvenes, también tenemos el deber de valorar qué pueden hacer nuestras instituciones y nuestros servicios para que sean más amigables para la población joven y capaces de hacer frente a las necesidades y dinámicas específicas de la población joven. Definitivamente todavía nos queda mucho trabajo a hacer también en este sentido.

Georgina Picas Bernadell i Jordi Baroja Benlliure
Sobre Georgina Picas Bernadell i Jordi Baroja Benlliure

Georgina Picas Bernadell (Barcelona, 1984) és llicenciada en farmàcia i llevadora de professió. Actualment treballant entre el Parc de Salut Mar on fa assistència tant a sala de parts com a primària, i l’ASSIR Drassanes. Ambdós compaginats amb l’assistència al Centre Jove d’Atenció a les Sexualitats (CJAS). Apassionada de la seva feina. Jordi Baroja Benlliure (Barcelona, 1974) és llicenciat en ciències de la comunicació (UAB), diplomat en infermeria (UAB) i màster en salut pública (UPF). La seva experiència professional ha estat sempre vinculada a l'àmbit de la salut ja sigui en consultories o en entitats del tercer sector d'àmbit estatal. Ha desenvolupat nombrosos projectes vinculats al VIH / SIDA i la salut sexual. Des del 2015 dirigeix ​​un Centre Jove d'Atenció a les Sexualitats (CJAS). Des del 2017 és president de la Societat de Salut Pública de Catalunya i Balears. Al Centre Jove d’Atenció a les Sexualitats (CJAS) de Barcelona -de l'Associació de Planificació Familiar de Catalunya i Balears- es treballa directament atenent joves de fins a 30 anys en tot allò relacionat amb la salut sexual, incloent la prevenció, detecció i tractament de les ITS. Más artículos

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