Deconstruyendo el significado vacío de ‘Régimen del 78’

¿Por qué no nos detallan quién es y quién forma este extraño régimen formado en 1978? Exactamente, ¿qué hay que romper y con qué lo debemos sustituir? Pues muy sencillo: porque nos encontramos ante un 'significante vacío' de manual, un lema publicitario convertido en un cajón que cada uno puede llenar a su gusto

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Cua de persones esperant a votar a les eleccions de 1977, les primeres eleccions des del febrer de 1936 | wikimedia

Cua de persones esperant a votar a les eleccions de 1977, les primeres eleccions des del febrer de 1936 | wikimedia

Desde hace unos años venimos escuchando en ciertos sectores de la izquierda española y del procesisme catalán que hace falta una «ruptura con el régimen del 78». ¿A qué se refiere tal expresión? ¿Al fin del bipartidismo? ¿Tal vez a una reforma de la Constitución? La proclamación de la república, ¿quizás? O, quién sabe, ¿la independencia de Cataluña? Y, puestos a pedir, ¿por qué no el socialismo revolucionario?

¿Por qué no nos detallan qué es y quién forma este extraño régimen formado en 1978?, exactamente ¿qué hay que romper y con qué se debe sustituir? Pues muy sencillo: porque nos encontramos ante un «significante vacío» de manual. Según el politólogo argentino Erensto Laclau, estos significantes vacíos, o flotantes, serían «significantes sin significado que, inscritos en momentos de cambio político y de construcción de identidad popular, juegan un importante papel en la configuración de una nueva hegemonía política» [ 1] , como también lo serían «casta», «pueblo», o «los de arriba/abajo». Es decir, un lema publicitario convertido en un cajón vacío que cada uno puede llenar a su gusto.

Según mi punto de vista, el concepto «ruptura con el Régimen del 78» puede ser un buen eslogan en una campaña electoral, pero no tiene ninguna incidencia efectiva para transformar la realidad, ya que es una entelequia vacía de contenido real. Además, tal como se está planteando esta formulación, evoca un conflicto generacional que sólo divide y enfrenta a la clase trabajadora. Se basa en una re-invención falseada de la Transición y plantea un cambio adamista sin ningún programa coherente detrás.

Vayamos por pasos:

Conflicto edípico intergeneracional

Si nos remontamos al 15M, podemos recordar cómo aquel movimiento social estaba compuesto, básicamente, por dos franjas de edad claramente diferenciadas: por un lado los «yayoflautas», jubilados preocupados por las pensiones y, por el otro, jóvenes de entre 25-35 años con una alta cualificación académica y que se encontraban abocados al paro o a una gran precariedad laboral. ¿Quién faltaba aquí? La generación del medio. Aquellos que, durante la transición, lograron colocarse en los mejores sitios de poder político o económico y allí seguían acomodados. Una gerontocracia a quien a menudo se le señala como la «Generación T» de tapón o de transición.

El gobierno de Rajoy es el primero que hace una lectura interesada de este conflicto edípico y planea una reforma laboral en clave de confrontación intergeneracional, en la que asegura que facilitar el despido a trabajadores con mucha antigüedad facilitará la incorporación de los jóvenes al mercado laboral. También formula un retraso de la edad de jubilación por causas puramente demográficas: la culpa de que no te puedas jubilar dignamente es de los jóvenes, que no tienen hijos. Dividir a la clase obrera en generaciones enfrentadas es el plan ideal de la derecha para mantenerse en el poder.

Esta ansia de renovación generacional acaba calando con profundidad dentro del mercado electoral y todos los partidos políticos proceden a relevar aquellos líderes que llevaban con cargos políticos desde la transición por personas más jóvenes. Alberto Garzón sustituye a Cayo Lara en IU, Pedro Sánchez a Rubalcaba en el PSOE y, finalmente, Pablo Casado a Rajoy en el PP. También han aparecido partidos nuevos, liderados por jóvenes desde el comienzo, como Podemos o Ciudadanos. Así pues, podríamos afirmar que esta ansia de ruptura con el «régimen del 78», en buena parte es un conflicto edípico intergeneracional, con una transversalidad ideológica que va desde la extrema izquierda hasta Pablo Casado.

Relectura sesgada de la Transición

Como consecuencia de este conflicto edípico, algunos opinadores creen que la fuente de todos los males económicos, corruptelas políticas y de falta de democracia en el presente es que sus padres no hicieron una revolución durante la Transición, aceptando un sistema continuista con el franquismo a cambio de acomodarse en cargos del nuevo «Régimen del 78».

Esta visión de la Transición parte de una concepción idealista y voluntarista de la historia, según la cual la única condición para llevar a cabo una revolución es desearla muy fuerte, sin tener en cuenta las condiciones materiales y objetivas que se dan para poder hacerla o no. Es decir, Santiago Carrillo no proclamó la III República Socialista Federal en 1978 porque le daba pereza. Qué pena que no hubiera tenido un coach que el motivara con una sobredosis de positividad cada mañana, ¿verdad?

En el ámbito historiográfico es completamente ridículo defender este pueril pensamiento mágico y denota un profundo desconocimiento de la realidad social, económica, política y militar de los años 70. En plena guerra fría, EE.UU. nunca habría permitido una desestabilización hacia el comunismo en la Europa occidental (recordemos que en 1973 el gobierno estadounidense impulsa un golpe de estado en Chile contra un gobierno socialista) y la URSS no tenía ningún interés en una revolución fuera del Telón de Acero, como ya había demostrado en 1944 abortando la invasión de la Vall d’Aran por parte de 7.000 guerrilleros comunistas. El comunismo oficial había renunciado a la vía violenta para derrotar el franquismo desde los años 50, por el fracaso de los maquis, y optaba por una reconciliación nacional desde entonces, pues era plenamente consciente de su fuerza real ante el poder militar y policial del régimen, ayudado menudo por el terrorismo de ultraderecha.

En el ámbito económico, los años 60-70 habían sido los años del desarrollismo del tardofranquismo (en un contexto internacional de la Edad de Oro del Capitalismo, el mayor impulso de la historia del estado del bienestar para frenar el comunismo) donde se genera un alto crecimiento sostenido de la economía española. La bonanza del contexto europeo genera altos beneficios en turismo y exportaciones y en 1965 se llega a la menor tasa de desempleo estimada de la historia (menos del 4%). Se inicia el proceso de transformación de proletarios en propietarios mediante la deuda, donde muchas familias trabajadoras acceden a tener un coche, una nevera o una lavadora (lujos burgueses impensables hasta entonces). La Crisis del Petróleo de 1973, que catapulta la inflación y el paro en plena Transición, hace que mucha gente afronte el cambio a la democracia con un terrible miedo a perder el poco bienestar que había conseguido hasta entonces.

Me parece vergonzoso y miserable culpar a los luchadores antifranquistas por no haber derribado el régimen desde la confortabilidad y la seguridad que tenemos hoy en día, mientras que éstos eran torturados y asesinados para conseguir unos cambios democráticos que, si bien no fueron tan radicales como algunos quisiéramos, supusieron el establecimiento de una plena democracia homologable a cualquier otro estado de Europa. Y cuando quieran comparamos la transición española con la alemana, la japonesa o cualquier latinoamericana, a ver qué sale perdiendo.

En ese momento la alternativa a la Constitución era continuar con la dictadura, no una revolución. No fue un problema de voluntad ni de ideas, como creen los idealistas posmodernos, ya que la historia está determinada por las condiciones materiales y objetivas y no por la intensidad del deseo. Estoy de acuerdo en cambiar el futuro y transformar el presente, pero como historiador no puedo aceptar que nos dediquemos a reinventar el pasado.

Adanismo milenarista

Este conflicto generacional ha provocado un ansia destructora contra la generación anterior, hasta el extremo de que ciertos sectores, especialmente en el nacionalismo catalán, están planteando la eliminación de todo el sistema constitucional y político existente para empezar desde cero. Un rupturismo planteado a menudo con un adanismo milenarista, donde la llegada de un nuevo orden solucionará de golpe todos los problemas sociales, económicos, de corrupción y falta de democracia para instalarnos en una tarde en una Arcadia feliz, sin paro, pobreza, ni desigualdades de ningún tipo.

Este planteamiento utópico de un cambio milagroso de sistema que convierte repentinamente, simplemente por desearlo muy fuerte, es propio de los movimientos milenaristas, anteriores al socialismo científico. Historiadores marxistas como EP Thompson o Eric Hobsbawm han detallado la existencia de estas corrientes milenaristas que han esperado el evento de un Nuevo Orden que repartiría justicia para todos, si tenían mucha fe. Encontramos ejemplos desde época medieval (los apostólicos de Gerardo Segarelli a finales s.XIII o los dulcinistas de Dulcino de Novara en el s.XIII-XIV), así como época moderna (el anabaptismo de Thomas Müntzer s.XVI), y también en época contemporánea (lazaretistas de la Toscana meridional surgidos en 1875, los campesinos sicilianos a finales del siglo XIX o incluso el anarquismo del campo andaluz de comienzo de s. XX).  Ninguno de estos movimientos consiguió transformar absolutamente nada, ya que sus planteamientos utópicos estaban completamente fuera de la realidad. 

No tengo ningún problema en hacer una reforma constitucional o en redactar una constitución desde cero y apoyo a resolver democráticamente el encaje de Cataluña con España. Pero la manera tan fantasiosa e idealista en cómo se está planteando este debate me parece pueril. Para abrir un debate constituyente es necesario medir los pros y los contras y las fuerzas que se tienen, ya que hay un amplio consenso con la derecha y aunque consiguiéramos una República (española o catalana), esto sería un cambio simbólico y democrático que en ningún caso solucionaría los miles de problemas estructurales que tenemos. Hay que ir reformando día a día, con paciencia y presupuestos que lo hagan posible.

Afortunadamente los ayuntamientos del cambio han entendido esto perfectamente, y se dedican a buscar recursos para abrir nuevas bibliotecas o becas comedor, priorizan la transformación de la realidad en la búsqueda de cambios mágicos que sólo existen en el mundo de los eslóganes y los discursos políticos.

[1]     Laclau, E. (2005) La razón populista . Buenos Aires.

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Roger Molinas, arqueòleg. "Busco en el passat eines per entendre el present i transformar el futur. També sóc treballador precari, activista social, polític i digital en mill lluites i autor del llibre ‘Patrimonicidi’" Contacto: Twitter | Más artículos

1 Comentario en Deconstruyendo el significado vacío de ‘Régimen del 78’

  1. ¡No puedo estar más de acuerdo con Roger! La Constitución necesita cambios, pero ¿desde cuándo los avances sociales sobrevienen sólo por el voluntarismo, sin tener en cuenta la situación política de un país y su análisis? ¿Nadie ha leído sobre el fracaso de la revolución de 1905? Por otro lado, ¿sería una nueva constitución tan avanzada como la del 78, redactada en un momento de hegemonía de la izquierda-aun con la amenaza del ejército-, lo que le procuró a los partidos de progreso una posición de ventaja en la negociación del articulado? Y por último, en cuanto a Laclau: estoy vinculado a psicoanalistas lacanianos, y a menudo consideran que lo que se hace en nombre de Lacan, ya sea desde el populismo o desde ciertas filosofías o críticas literarias, es excesivo.

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