Correr para reapropiarnos de la ciudad

En Barcelona se han puesto los cimientos -literalmente- para favorecer el acceso de los turistas en las colinas de la ciudad donde se encuentra el Parc Güell o los bunkers, y esto ha ido en detrimento del derecho de las vecinas a disfrutarlas, porque no nos ha priorizado. Tenemos que luchar los y en los barrios, hacer frente al modelo turístico de la ciudad y construir espacios donde respirar sea posible.

Maria Rovira
 
 
 
Barcelona vista des de la muntanya de Collserola / Flickr: Rodrigo Paredes CC

Barcelona vista des de la muntanya de Collserola / Flickr: Rodrigo Paredes CC

Hace años que a menudo voy a correr por la ciudad, haciendo un circuito muy conocido por las vecinas; els quatre turons. Estos abarcan desde el Turó de la Rovira-también llamado Bunkers-, el Turó del Carmel, el turó de la Creueta del Coll y finalmente el Turó de les Tres Creus, el punto más alto del parc Güell. Hace meses que pienso que tengo que escribir algo de todo lo que me suscitan estas incursiones en las colinas de la ciudad. Para mi muestran el crecimiento de la degradación urbanística que estamos sufriendo, la conversión de nuestro país en un parque temático, y el consiguiente conflicto de intereses entre las vecinas y el modelo turístico que se ha desarrollado.

Quizás lo hago ahora porque quedan pocas semanas de legislatura y correr ha sido mi medicina en muchos momentos. Estos cerros han sido el espacio donde en cierto modo me he reconciliado con Barcelona. Parece contradictorio, pero las ganas de seguir luchando por la ciudad y sus vecinas -ante la frustración de la parálisis que representa la institución- me aparecen liberando endorfinas. La fuerza me viene de la evidencia de que, cada vez más, se forja un modelo donde la industria turística es la máxima beneficiaria. Está claro que Barcelona es una ciudad con muy pocas zonas verdes. Sí, tenemos Collserola (y tal como hemos dejado algunas zonas de este parque seguramente merecería un artículo aparte!) Pero si lo que queremos es hacer una salida relativamente corta en el espacio y en el tiempo -y teniendo en cuenta que en nuestro día a día es muy habitual la falta de tiempo- la opción de correr por las colinas acaba siendo la más factible. Vamos a hacer deporte, a pasear, a reflexionar o bien sencillamente respirar -y lo digo en el sentido literal si tenemos presente el alto de índice de contaminación que tenemos a menudo en la ciudad-. O mejor dicho: íbamos a menudo.

Cada vez da más pereza encontrarnos con personas que nos cierran el paso, o de golpe no poder continuar, porque están haciendo obras para ensanchar y cemento caminos para facilitar el acceso a estos espacios cada vez más masificados. A menudo encontramos filas de turistas subiendo, haciéndose selfies una vez están arriba, que conviven con los jóvenes de los barrios que todavía pasan allí las tardes cuando salen del instituto. Hasta hace poco esta convivencia era la norma, pero la norma varía a marchas forzadas. Cada vez más, la realidad es que las vecinas no tomamos este espacio, no lo ocupamos, no lo disfrutamos, hemos dejado de ir.

Se han puesto los cimientos -literalmente- para favorecer el acceso de los turistas a estas zonas, lo que ha ido en detrimento del derecho de las vecinas a disfrutarlas, porque no se nos ha priorizado. Y lo han hecho también a costa de revolver el amianto que había en el Parc del Guinardó por donde se accede mayoritariamente a los Bunkers. Y aquí no pasa nada y todo el mundo mira hacia otro lado. Un clásico de la política institucional municipal.

Que no se lea esto como una crítica hacia los turistas, al contrario, es una crítica a la condena que sufren los espacios que se promocionan, se habilitan, se priorizan, para que sean mercantilizados y al beneficio de quien se producen estas transformaciones urbanísticas. ¡Ah! Y en estos cerros menudo hay personas vendiendo bebidas, lo que no me parece mal porque para muchos llegar hasta allí es un esfuerzo ingente y vienen a disfrutar de las vistas de la ciudad maravilla que les han vendido las guías de viajes; por tanto, el mínimo es poder hacer una birra. Así también algunas vecinas de la ciudad se sacan un sobresueldo necesario para poder vivir en una Barcelona que las precariza y donde quien no corre vuela para hacer negocio con las nuevas atracciones turísticas. Al menos en este lugar no hay intervenciones de la Guardia Urbana, ni sus porras extensibles, ni su posado soberbio, como ocurre con los manteros que sobreviven en la ciudad vendiendo productos en el Passeig de Gràcia. Aquí tal vez no queda bien, o no interesa, no importa.

En el Parc Güell también encontramos operadores turísticos, trabajando a máximo rendimiento, con espacios donde se debe pagar para poder acceder y donde sus trabajadoras a pesar de que van con la indumentaria del Ayuntamiento… -¡sorpresa! – están subcontratadas por una empresa privada a pesar de ser un servicio que cuelga de una empresa municipal; la subcontratación -como siempre- conlleva condiciones de precariedad laboral sobre la que se sustentan buena parte de los beneficios de la industria turística. Por lo tanto, en todos estos cerros encontramos el conflicto vecinal con la masificación turística y sus consecuencias, con un plan urbanístico que también quiere dejar sin casa a algunas de las vecinas que siempre han vivido allí, para hacer única y exclusivamente un parque -con cemento- que nos muestra una vez más la confrontación de las necesidades de las vecinas, de crecer donde siempre han vivido, con la expansión de una marca y de una ciudad escaparate hecha desde los operadores turísticos y para los turistas.

Cada vez que voy me remueve. Subo el volumen de la música -con el grupo más punki que llevo en la lista- y siento rabia y ganas de gritar desde allí arriba. Gritar sobre la importancia de que las vecinas nos reapropiemos de este espacio -¡de todos los espacios!-, que los utilizemos, que los disfrutemos, que los luchemos… Veo la Kasa de la muntanya, los Bloques y las vecinas de estos barrios y su lucha inagotable y me repito que se ha de seguir adelante, a pesar de la pereza y el dolor que nos produzca confrontarnos con las riadas de turistas y con los lobbies de la ciudad. Que lo tenemos que hacer, porque si no quedaremos relegadas a meras figurantes de esta ciudad cada vez más muerta. O quizás pasaremos a formar parte del grueso de personas que ya han tenido que irse y dejar que Barcelona sea una ciudad para unos pocos privilegiados. Luchemos los y en los barrios, hagamos frente al modelo turístico de la ciudad y construyamos espacios donde respirar sea posible. Cuando corro, lo grito para adentro y ahora, lo grito -un poco- hacia fuera. ¡Que corra!

Maria Rovira
Sobre Maria Rovira

Maria Rovira, regidora de Cup Capgirem Barcelona a l’Ajuntament de Barcelona Contacto: Twitter | Más artículos

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