«Convicciones» vs «Irresponsabilidad de Estado»: abocados a una repetición electoral

La pregunta la formulaba Rufián: ¿vale la pena todo esto por un ministerio? La respuesta que podrían dar la mayoría de votantes del PSOE y de Unidas Podemos es que no. Pero cuando das más importancia al relato que a la realidad, estas cosas pueden acabar pasando. Y ¿ahora qué? Por mucho que la sensación generalizada pueda ser de cataclismo, aún queda tiempo para llegar a un acuerdo. Pero el tiempo juega en contra

Guillem Pujol
 
 
 
Pedro Sánchez i Pablo Iglesias a la Moncloa

Pedro Sánchez i Pablo Iglesias a la Moncloa

La izquierda parlamentaria firma otro capítulo funesto en su historia. Otro granito de arena para constituir este desierto de la derrota en el que la izquierda se siente tan a gusto. Como decía con acierto Rufián en su intervención, «¿cuantos años vamos a arrepentirnos la izquierda de lo de hoy?». De momento, todavía no se sabe. Habrá que esperar a la sesión extraordinaria del 23 de septiembre, pero todo augura un empeoramiento general del contexto político: primero, porque nadie sabe qué espera a España y Catalunya en el mundo post-sentencia. Segundo, porque las relaciones entre Unidas Podemos y el PSOE han tocado fondo.

Tercero, porque los socialistas parecen más interesados en encontrar la abstención de Ciudadanos o el PP que gobernar con Podemos. Pero a final del día, el reparto de culpas es para aquellos que cobran nómina de partido. Si no hay acuerdo en dos meses, la gente, el pueblo, la ciudadanía, será quien acabe perdiendo.

La negociación y la lucha por el relato

En su intervención, Pablo Iglesias le decía a Pedro Sánchez que era muy difícil negociar en 48h lo que no se había querido negociar en ochenta días. Jaume Baldoví suscribió sus palabras, lo que tampoco debía sorprender, debido la proximidad ideológica de Compromis con la formación morada. Pero el mismo discurso obtenía un matiz de credibilidad más amplio en boca de Aitor Esteban, líder del PNV, y uno de los parlamentarios más brillantes del hemiciclo.

Pedro Sánchez no se ha visto nunca cómodo con la izquierda. De hecho, ni dentro de su propio partido. Hay que recordar que en las primeras primarias que le ganó a José Antonio Pérez Tapias (candidato de Izquierda Socialista en favor de un referéndum pactado con Catalunya y que dejó el partido en 2018) y Eduardo Madina, Sánchez era el candidato a la derecha del partido, representante de los intereses más obtusos del establishment socialista. Luego comenzó el periplo que le acabaría llevando a la presidencia del Gobierno, gracias, entre otros, al apoyo de Unidas Podemos y los partidos nacionalistas-independentistas vascos y catalanes. Aquellos que vez tras vez, se ha esforzado en despreciar. Algo habrá hecho mal cuando sólo ha conseguido un voto afirmativo fuera de sus filas.

Pero esto parece que no importa, porque tanto unos como otros han parecido dar más importancia a los golpes de efecto, a la visibilidad y a la interpretación pública de sus movimientos y cómo esto podría afectar a sus intereses de partido. En un inicio, la partida la dominaba Ivan Redondo, el asesor principal de Pedro Sánchez y la supuesta mente maestra detrás de los movimientos tácticos de los socialistas: si Unidas Podemos no se tragaba el pacto propuesto, los acusarían de votar lo mismo que la derecha, siendo conscientes de que eso les pasaría una factura importante de la que ellos podrían sacar rédito electoral.

Por esta razón les hicieron una propuesta envenenada, inédita en democracia: no habría acuerdo si Pablo Iglesias no renunciaba a entrar en el gobierno. Apostaban a que el supuesto ego de Iglesias sería el impedimento. Pero no fue así. Y en un golpe de efecto, Iglesias daba un paso al lado. Cambio de liderazgo en la lucha por el relato: toda la presión para el PSOE. (Hay que recordar que esto pasaba dos días antes de la votación. En este contexto tomaban más sentido las palabras de Iglesias, Baldoví y Esteban: ¿y si el PSOE no quería llegar a un acuerdo?)
La noche anterior a la votación, el PSOE daba por rotas las negociaciones; no cederían a la propuesta de cuatro ministerios y una vicepresidencia de Pablo Iglesias, aunque éste hubiera aceptado el chantaje de Pedro Sánchez sobre su persona. Presión para Unidas Podemos. Ya durante el transcurso del debate de investidura, Iglesias intentaba un último golpe de efecto, renunciando al Ministerio de Trabajo, pero todo esfuerzo ya era estéril. La pregunta acertada, para Iglesias, la volvía a formular Rufián: ¿vale la pena todo esto por un ministerio?
La respuesta que puedan dar seguramente la mayoría de los y las votantes del PSOE y de Unidas Podemos es que no. Pero cuando das más importancia al relato que a la realidad, estas cosas pueden acabar pasando. Y ahora ¿qué pasa? Por mucho que la sensación generalizada pueda ser de cataclismo, aún queda tiempo para llegar a un acuerdo hasta el día 23 de Septiembre, tal y como recoge la Constitución en su artículo 99.4. Pero el tiempo juega en contra: el deadline real será el día de la sentencia a los presos políticos. En caso de que no hubiera fumata blanca, la repetición electoral sería el día 10 de noviembre.

En clave catalana

En Catalunya, dentro del mundo independentista, la batalla era otra. De hecho, era la de siempre: Junqueras vs Puigdemont, ERC vs (post)CiU, independentismo hard vs independentismo soft, Unidad vs Ruptura. En las últimas semanas ya se habían ido perfilando las posiciones, empezando por un cambio en las formas de Gabriel Rufián: de político tuitero provocador, a heredero de la visión de Estado federal de Joan Tardà. Todo bajo las órdenes claras de Junqueras, haciendo de ERC lo que saben hacer tan bien los partidos de derechas: callar, obedecer, y mostrar unidad en el partido.

En cambio Laura Borràs, portavoz de Junts per Catalunya en el Congreso, se presentaba a la ocasión con un partido en llamas. La presencia cada vez más constante de Artur Mas en la vida política amenaza con llevar a los post-convergents a la enésima mutación. A nadie se le escapa el deseo de parte del establishment económico catalán de reconstruir la antigua CiU, y quién mejor para hacerlo que aquel que ya lo ha hecho. Pero de momento el partido obedece a Puigdemont, y eso implica tener que simular que Catalunya tiene unas opciones reales de luchar por la independencia a través de la negación y la unilateralidad. No es así, y lo saben.

No se trata de moral, sino de realismo y geopolítica. Pero esta posición de momento, todavía da votos. Pero si hay que decantarse por un ganador, es evidente que este es ERC: han solidificado en una posición y han construido una narrativa acorde que pretende no sólo ocupar el grueso del votante independentista, sino situarse como bisagra entre los votantes más a la izquierda del PSC, y aquellos más soberanistas dentro del mundo común. Un mensaje muy sencillo, que, de hecho, coincide con lo que predica Artur Mas últimamente: si no se puede mejorar la situación, al menos no la empeoramos. Y si de paso se puede mejorar la vida de las personas con acuerdos de izquierdas, pues mejor. Esto último es lo que parece que han olvidado tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias. Desgraciadamente.

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