Contra el feminismo punitivo: herramientas para destruir la casa del amo

La violencia sexual está siendo instrumentada para justificar dosis cada vez más altas de punitividad penal y es por ello que el feminismo tiene la responsabilidad de pensar estrategias políticas que no alimenten los sistemas de represión y castigo.

Laura Macaya Andrés
 
 
Manifestació del 8 de març / Foto cedida per l'Ajuntament de Barcelona

Manifestació del 8 de març / Foto cedida per l'Ajuntament de Barcelona

Cuando aquel hombre cerró el pestillo de la habitación vi claro que su intención no era invitarme a una ralla sino follar conmigo, con o sin mi consentimiento. Cuando intenté resistirme él me agredió físicamente, violencia que empeoraba cuando yo más insistía en esa resistencia. En un momento dado, que supongo fueron dos o tres minutos, y recuerdo como dos horas, puse en marcha el “mecanismo de negociación implícita”, un mecanismo frecuente en los contextos de violación. El “mecanismo de negociación” supone abandonar la resistencia, supone una cierta “aceptación” del sexo no consentido para evitar males mayores, sean estos reales o imaginarios y demuestra que, incluso en ese contexto, se pueden realizar valoraciones racionales de costes y beneficios.

Este mecanismo es uno de los ejes centrales del estigma y la vergüenza de las mujeres que hemos sido violadas o agredidas sexualmente. Como dice Inés Hercovich, este mecanismo de negociación implica un uso utilitario o instrumental de la vagina por parte de las mujeres, ceder la vagina para evitar la muerte o el daño físico mayor. En un contexto en el que la construcción de la identidad femenina ha estado basada en la sacralización de la vagina y de la sexualidad de las mujeres, el uso utilitario de la misma supone un incumplimiento de las normas de género. El carácter utilitario que algunas mujeres, en contextos de violación, otorgamos a la vagina contradice los recurrentes mitos en torno a la mujer que se resiste hasta la muerte, mitos que han alimentado la idea de que para las mujeres la violación es lo peor que puede sucedernos.

La repercusión mediática del caso de la violación de “la manada” ha hecho emerger infinidad de voces expertas, psicólogas, juristas, trabajadoras sociales o activistas feministas que han encontrado espacios donde su discurso ha tenido un alcance inhóspito. Pero, lamentablemente, algunos de estos discursos pretendidamente críticos y feministas están ahondando en los clásicos significados de la violencia sexual y la sexualidad de las mujeres y están aportando abordajes que refuerzan un sistema basado en el castigo y la punitividad.

De esta forma, se ha hecho referencia a los mecanismos psíquicos que producen la paralización como una reacción del sistema nervioso ante situaciones de violencia sexual, eliminando el componente instrumental, tan estigmatizado por otra parte en las mujeres según los significados patriarcales. Se han destacado voces de víctimas que mantienen relatos catastrofistas respecto a la recuperación de la violencia sexual. Se han visto muestras de rechazo que, avaladas por sentimientos de rabia y enfado, han justificado el escarnio público de una persona condenada por violación tras cumplir 20 años de prisión el mismo día de su puesta en libertad. Pues bien, yo también estoy enfadada, pero principalmente contra las instituciones y estructuras que sostienen el sistema heteropatriarcal causante de las violencias, entre las que, no olvidemos, se encuentra la cárcel y el sistema punitivo.

De hecho lo que la experiencia de la violencia me hizo entender es que lo que me había sucedido tenía que ver con un modo de organización social, económica y simbólica heteropatriarcal y capitalista y a partir de ese momento centré gran parte de mi vida en luchar contra él. Para ello el feminismo fue crucial. El feminismo me aportó ideas, interpretaciones y contextos que me abrían espacios de libertad en los que cabía mi forma de existencia excesivamente femenina y sexualizada, así como mi forma de interpretar y encarar la violencia que había vivido.

Pero ese feminismo, siento decirlo, no se corresponde con algunos de los feminismos que he estado viendo en estos últimos tiempo. El feminismo que ha logrado mayor eco mediático es aquel que pone en primer lugar la seguridad que le pueda aportar el acuerdo con un Estado punitivo y patriarcal o la constricción de la sexualidad y el placer por considerarlos fuentes de peligro en un contexto de desigualdad. En cambio, el feminismo que me hizo ser la persona que soy ahora y que creo que es urgente rescatar, es aquel que prioriza la libertad y el placer de las mujeres y que no se doblega a las normas patriarcales del llamado pacto social.

En esta tarea de rescate me propongo apuntar dos ideas que subyacen a algunos discursos feministas que, pretendiendo ser críticos con las sentencias patriarcales y la cultura de la violación, acaban reforzando mitos y estructuras poco favorables para la libertad de las mujeres: el victimismo y la resolución punitiva de la problemática de la violencia sexual.

No creo en las víctimas, las víctimas son la parodia de la sociedad (Manuela Trasobares)

La violencia sexual acostumbra a generar silencio. Avergüenza hablar sobre lo que nos ha sucedido porque los significados construidos en torno a las violaciones obligan a las víctimas a situarse en dos únicos polos: o eres una puta y por eso te violaron; o eres la superviviente casi heroica de un acto atroz. Personalmente no me siento a gusto en ninguna de las dos opciones y, en todo caso, prefiero identificarme como puta y trabajar por la resignificación.

No vale para ningún titular decir que después de esta experiencia no desee morirme, ni dañarme a mí misma, ni encerrarme en casa. De hecho, durante algún tiempo quise seguir divirtiéndome de la forma en la que lo hacía entonces. No quiero decir con ello que estas experiencias no me afectaran de ningún modo, por supuesto que lo hicieron, pero por fortuna tenía muy buenas amigas e intuitivamente tomé decisiones que me ayudaron a relativizar los efectos de esa violencia y a elaborar estrategias de resistencia individual y política.

Esta forma de interpretar la experiencia de la violación no es apta para discursos grandilocuentes porque parece que no ayuda a mostrar lo tremendamente desestabilizantes que son estas experiencias para las mujeres, elemento central de las posturas que reclaman un feminismo basado en luchar contra las violencias y quienes las perpetran, en lugar de luchar contra el sistema de poder que hace posible la existencia de ambos.

Pienso firmemente que los efectos de la violencia sexual, dependen mucho de los significados que otorguemos a la sexualidad y al cuerpo femenino y de la creación de estos significados se ha encargado, con notoria eficacia, el sistema heteropatriarcal y sus normativas de género. La normativa hegemónica de género de la feminidad supone que las mujeres somos seres con una emocionalidad frágil y una sexualidad sagrada que solo se entrega en contextos de seguridad y afecto.

Estas ideas construyen un imaginario muy perjudicial para las mujeres, ya que nos dice que los ataques a nuestra sexualidad, tan frecuentes por otra parte, deben tener repercusiones gravísimas y patológicas en nuestra psique. Desvelar que la violación es un hecho violento y emocionalmente doloroso, pero no en todos los casos desestabilizante de por vida, ni causante de males crónicos, contradice esta idea patriarcal y ayuda a pensar en otros escenarios en los que la violación no sea el mal temido que nos priva de explorar con libertad nuestra propia forma de existencia, de disfrutar libremente y de divertirnos. Con ello no quiero decir que haya que empujar a las mujeres jóvenes y a las niñas a divertirse inconscientemente y sin preocupaciones. Pero creo que es mucho más fácil hablarles sobre la violación si no partimos de la base de que esto es lo peor que puede pasarles, porque lamentablemente esta perspectiva solo alimenta el miedo y la indefensión.

Pero además, puesto que el género es una categoría relacional, la sacralización de la sexualidad femenina tiene como contrapartida la concepción de la sexualidad masculina como intrínsecamente violenta e irrefrenable que además, se “enciende” por culpa de las mujeres, sobre todo de las “malas” mujeres. Desmontar la pureza de la sexualidad femenina, supone desmontar la idea de la intrínseca violencia sexual masculina. Entender que tanto la normativa hegemónica en cuanto a la sexualidad femenina, como en cuanto a la sexualidad masculina, son productos culturales derivados de una construcción de género binaria, sexista y heteronormativa nos aporta una visión que enfoca mejor y más eficazmente nuestras luchas. Si no partimos de esta idea será fácil que derivemos hacia posturas individualizantes que sitúan a la categoría del hombre y a los hombres en particular bajo sospecha permanente, situándolos como enemigos y, por tanto, favoreciendo perspectivas punitivas y castigadoras.

¿Purplewashing? No en nuestro nombre

La violencia sexual ha sido frecuentemente instrumentalizada con la finalidad de justificar medidas legislativas de corte punitivo y sancionador. Las recientes reformas del Código Penal español, principalmente las del 2010 y 2015, se han caracterizado por endurecer las penas y las medidas penitenciarias de un Código Penal que ya antes de estas reformas era el más duro de Europa, como bien habían destacado incluso los legisladores que las llevaron a cabo. La violencia de género y especialmente la violencia sexual han servido para justificar estas modificaciones entre las que se encuentran la aplicación automática de la libertad vigilada una vez cumplida la condena recaída en sentencia por delitos contra la libertad y la indemnidad sexual o la cadena perpetua revisable en los casos de asesinato en los que previamente se haya cometido también un delito contra la libertad e indemnidad sexual.

Estas no han sido las únicas medidas, ni su único ámbito de aplicación, pero sí que son las que han sido instrumentadas para mostrar una cara más amable de estas reformas al favorecer la visión interesada de la protección de la ciudadanía y especialmente de aquella parte de la misma que históricamente ha sido construida como más vulnerable, las mujeres y lxs niñxs.

Mientras la violencia sexual era utilizada para justificar formas de penalidad y figuras penales cada vez más represivas, en ese mismo código penal se ampliaban las conductas que podían ser constitutivas de delitos vinculados al terrorismo, con los fatales efectos que esto está teniendo de cara a los y las activistas, militantes y personas comprometidas políticamente. Por no hablar de los efectos racistas y clasistas de esta nueva conceptualización de lo que se considera terrorismo.

El sistema penal y sus prisiones son una de las principales estrategias de represión contra todas aquellas personas más pobres, vulnerables y transgresoras de la sociedad. Las normativas punitivas se aplican de forma desigual en base a los criterios clasistas, racistas, sexistas y lgtbifóbicos de los modelos de distribución jerárquica del sistema capitalista. Pero además, las cárceles y el sistema penal son a su vez perpetradores de violencias de género como bien demuestra la punitividad y las violencias que sufren las trabajadoras del sexo, las mujeres trans, las mujeres migradas o las mujeres disidentes políticas por parte de los cuerpos policiales y los organismos judiciales. Cabe tener en cuenta que estas mismas mujeres pueden ser a su vez víctimas de estas violencias para las que buscamos soluciones punitivas y la responsabilidad política debería prevenirnos de reforzar las instituciones que generan más sufrimiento hacia las mismas.

Creo que el feminismo es una gran estrategia de transformación y es por ello que comparto con Angela Davis la pregunta de “¿Cuánto de transformador hay en mandar a alguien que cometió violencia de género a la cárcel?”. Tenemos la oportunidad de romper la baraja de esta nueva negociación de las leyes sexuales en la cual la interlocución se da prioritariamente con un feminismo puritano y castigador. Las herramientas propias de la disidencia han sido silenciadas porque la violencia sexual ha sido presentada como un problema de máxima urgencia que requiere de un posibilismo extremo. La solidaridad, la complicidad con otras personas que luchan, la responsabilidad colectiva en el cambio y en la protección de las víctimas y la creación de espacios donde construir relaciones al margen del heteropatriarcado y el capitalismo son estrategias que han sido aparcadas en nombre de la urgencia y marcadas interesadamente como ineficaces en el corto plazo. Recuperarlas es cosa de las y los idealistas. ¿Qué sino eso somos nosotras?

Laura Macaya Andrés
Sobre Laura Macaya Andrés

Laura Macaya Andres és militant anarcofeminista i especialista en violències de gènere. Des de l’àmbit de l’atenció i la consultoria de polítiques públiques treballa específicament per a combatre les violències de gènere cap a les feminitats transgressores i en la promoció d’abordatges interseccionals i empoderadors cap a les mateixes. Más artículos

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