China es Valencia, Valencia es Barcelona

Al llegar a su número veinte una sacudida cósmica me paralizó toda la espina dorsal, anonadada ante la maravilla, el horror, Hollywood, Babilonia, los siete pecados capitales, Metrópolis, la Virgen y Leo Messi incluso antes de existir

Jordi Corominas i Julián
 
 
 

Me gusta mucho Valencia. En mi primera visita recalé en Ruzafa cuando sólo era un embrión de su fatal destino gentrificador. Acabé en ese barrio al estar cerca de su bonita estación modernista, con la plaza de toros a pocos metros.

Como no conocía la ciudad me moví poco o nada de la zona. El último día con la maleta a cuestas me encaminé hacia la despedida por la calle Castellón. Al llegar a su número veinte una sacudida cósmica me paralizó toda la espina dorsal, anonadada ante la maravilla, el horror, Hollywood, Babilonia, los siete pecados capitales, Metrópolis, la Virgen y Leo Messi incluso antes de existir. La explosión de un edificio coronado con la estrella de David generó toda esta estela de choques neuronales, ataques cerebrales inenarrables por tanto color y una apoteosis del kitsch nunca antes vista por mis ojos.

Como podrá entender busqué en mi móvil el nombre de su autor. Joan Guardiola, un valenciano célebre en su comunidad por su exuberancia basada en un Art Decó alimentado con una profusa mezcla de estilos entre orientalismos varios, influencias centroeuropeas, aludes de ornamentación y una segura posesión de la máquina del tiempo para viajar y estudiar con detenimiento los rudimentos de las viviendas situadas entre el Tigris y el Éufrates.

Pese a la conmoción todo ese delirio me resultaba familiar de Barcelona, donde debemos decir más alto y claro que Lluís Permanyer, prócer de los cronistas condales, no ha inventado nada. Añadir el adjetivo fea a la ciudad ha existido siempre, sobre todo si una construcción desentona con el resto del conjunto.

Lo intuyó muy bien Manuel Brunet en noviembre de 1930, cuando escribió para Mirador, un artículo sobre un nuevo bloque en la esquina de Muntaner con Consell de Cent. Además de despotricar contra el extinto Modernismo cargaba tintas contra el desconocido propietario por atreverse a perpetrar ese crimen en el magno Eixample. Decía no entender de arquitectura, pero no tenía problemas en esputar culebras por lo visionado, culpa indudable del señor Guardiola, y sí, con la hucha hemos topado.

La historia es la siguiente. A finales de los años veinte el señor Ferran Guardiola quiso tener su propio inmueble en la capital catalana y unió a todos sus hermanos en la tarea. Joan la idearía, Salvador sería el maestro de obras y el principal interesado se erigiría en director. El resultado fue la conocida como la Casa China, una rareza con prodigiosas capacidades para no dejar a nadie indiferente.

La clave de su éxito, forma parte del patrimonio urbanístico, es su heterodoxia. Debemos recordar el contexto histórico. Tras el declive del Modernismo se quiso hilvanar una arquitectura catalana acorde con las nueva cultura estatal propugnada por el Noucentisme. Atrás debían quedar los años de nuevos ricos y barroquismo para mostrar riqueza para dar paso a una austeridad mediterránea propia de una sociedad madura.

Con los años veinte el estilo predominante siguió vigente, pero los aires europeos apuntaban hacia el racionalismo, consolidado al fin con el GATPAC, pero para eso deberíamos esperar a la República, con el arquitecto Sert, de quien Anagrama acaba de publicar una extraordinaria biografía a cargo de María del Mar Arnús, a la cabeza en ese intento frustrado de revolucionar la cuadrícula.

Entre todas estas coordenadas hegemónicas algunos se revelaron para desarrollar un lenguaje propio aún reconocible en ciertas calles. Hoy os hablo de Joan Guardiola, pero otro día lo haré de Ramon Puig i Gairalt, quien en Balmes tiene una pieza similar perteneciente a la familia Pidelaserra, todo junto, sin relación con el ídolo de la Nova Cançó.

Bien, volvamos a Muntaner. Ese aborto según los insultos de Brunet es único e incomparable. La fachada está dividida en quince tramos verticales simétricos y tres horizontales. La planta baja y el entresuelo se enmarcan con inmensas columnas de capiteles jónicos. La entrada recuerda a una pagoda. Las cuatro siguientes plantas se nutren de balcones corridos en las tres primeras e individuales en la última. La cima de esta joya surrealista, parecida a lo visto en el cine mudo en El nacimiento de una Nación o Cabiria, es una cornisa moldurada para esconder el ático y finire in bellezza, algo indiscutible y aderezado con la policromía del rojo y ese color medio carnoso en contraste con el verde de la doble tribuna central.

Como ven todo está pensado al milímetro. Desde mi humilde punto de vista Guardiola, originario de Sueca e improbable discípulo de Antoni Gaudí, es meritorio por su absoluta libertad, si bien tiene lógica el derecho a criticarlo por romper con la armonía de los alrededores, y como siempre hay un pero aquí lo absolvemos por el toque de vanidad siempre presente en los chaflanes barceloneses, oportunidades en forma de esquina para el lucimiento de los creadores.

Por lo demás las quejas siempre son instantáneas y luego nos acostumbramos a todo. Hace unos años eran legión los detractores de la Torre Agbar y ahora forma parte del skyline sin problema alguno, y lo mismo ocurre con otros mamotretos infumables, necesarios precisamente por ser distintos, un poco como ocurre con los seres humanos excepcionales, siempre en dificultades y al final airosos por nadar contracorriente entre el rebaño unidireccional.

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