Catalunya, después de las legislativas

Las combinaciones que pueden resultar de las elecciones del 28-A son innumerables. Pero los escenarios más probables, si hacemos un mínimo caso a las encuestas, son básicamente tres: una mayoría absoluta del denominado trío de Colón; una mayoría casi absoluta del PSOE, y una mayoría amplía de los socialistas. ¿Cuál sería el mejor escenario poselectoral para Catalunya o, mejor dicho, para los catalanes?

Andreu Farràs
 
 
 
Resultats segons el baròmetre del CIS del març del 2019

Resultats segons el baròmetre del CIS del març del 2019

Aunque la gran mayoría de las encuestas que se han publicado en los últimos años en España han fracasado estrepitosamente en sus pretenciosas radiografías preelectorales, constituyen los datos más fiables –si no los únicos– para barruntar cuáles pueden ser los escenarios parlamentarios más probables después de las legislativas del próximo domingo, los consecuentes gobiernos posibles y el futuro de un país hundido en la incertidumbre y la inestabilidad desde hace casi una década.

Las combinaciones que pueden resultar de las elecciones del 28-A son innumerables. Pero los escenarios más probables, si hacemos un mínimo caso a las encuestas, son básicamente tres: una mayoría absoluta del denominado trío de Colón (con mayor o menor peso de los ultras de Vox y de Ciudadanos, pero siempre capitaneado por el PP); una mayoría casi absoluta del PSOE, y una mayoría amplía de los socialistas, que precisarían de los apoyos de Unidas-Podemos, Compromís, PNV y canarios en función del mayor o menor número de escaños que logre Pedro Sánchez, el favorito de los sondeos, que, insistimos, se han equivocado mucho en las proyecciones de las convocatorias electorales más recientes.

¿Cuál sería el mejor escenario poselectoral para Catalunya o, mejor dicho, para los catalanes? La respuesta dependerá de las inclinaciones ideológicas del interpelado. Añadamos este matiz: ¿Cuál sería el mejor escenario poselectoral para hacer bajar la crispación y reducir el malestar en la sociedad catalana, una amplia parte de la cual se siente dolida por la situación que sufren dirigentes políticos y sociales encarcelados o exiliados o indignada por la utilización de las instituciones y empresas públicas de la Generalitat para la agitación y la propaganda partidista?

Unilateralismo aparcado

Convivencia y justicia social son las tres palabras que ha citado Pedro Sánchez a modo de mantra en sus comparecencias de la campaña. Diálogo es el mantra preferido por los independentistas. Y 155 son las tres cifras mágicas del trío de Colón, unánimemente convencido de que el conflicto catalán solo puede resolverse con palo y tentetieso.

Aunque le cueste explicitarlo en público, el sector que ostenta la hegemonía en la actualidad en el seno del movimiento independentista –magmático y fragmentado como nunca desde que inicio su expansión a comienzos de esta década— ha llegado a la conclusión en los últimos meses de que el unilateralismo fue una estrategia errónea, además de fulera (“Fue un farol”, ha reconocido una ‘exconsellera’ exiliada). Que este sector haya reaccionado con realismo no significa que sea más moderado que el de los irredentos que apuestan por la desobediencia y aún confían en vencer en los choques de trenes con el Estado, pero el primero ha aumentado su número de partidarios. La cárcel, el exilio, las inhabilitaciones, el cansancio de la movilización permanente, la ausencia de aliados internacionales poderosos (una carencia que ha existido siempre aunque hasta ahora no ha sido admitida por algunos) han hecho mella en dirigentes y bases. Aceptan que hay que cambiar. Y, aunque ninguno de ellos ha renunciado al objetivo independentista, un dinosaurio que seguirá ahí por mucho tiempo como el del cuento de Monterroso, desean que alguien desde Madrid les lance un cable a través compromisos tangibles de mayores cotas de autogobierno que ayuden a desinflamar el conflicto. El dinero no hace la felicidad, ni las inversiones en infraestructuras reducirán las ansias independentistas. Pero a buen seguro ayudará a calmar las aguas, que es lo urgente ahora.

Un Gobierno de Pedro Sánchez con mayor o menor influencia de Unidas-Podemos (Pablo Iglesias acaricia el sueño de un ejecutivo de coalición) es el mejor escenario probable para los independentistas catalanes. Sobre todo, si la victoria de Sánchez es suficientemente holgada para que refrene los instintos cainitas de algunos barones del PSOE, ignorantes de que la historia la demostrado que cuanto mejor le va al, para ellos, “pusilánime” PSC en Catalunya, mejor le va al PSOE en España. Insisto, aquel es el mejor escenario probable para el soberanismo; no el ideal para los que se empecinan en una utopia imposible de momento sin un referéndum legal pactado y reconocido por la comunidad internacional.

Waterloo, cada vez más lejos

A Carles Puigdemont y los suyos seguramente no les complacerá. Pero, ¿qué desea el ‘expresident’? Pese a todos los adelantos tecnológicos, el inquilino de Waterloo es consciente de que la distancia es el olvido y que las videoconferencias retransmitidas casi íntegramente por TV-3 no pueden luchar contra la tendencia de la opinión pública a pasar de quien carece de poder y cada vez ejerce menos influencia. Si se confirman las predicciones de las encuestas para Junts per Catalunya quizá sería un buen momento para que los herederos políticos de Jordi Pujol se replanteasen su estrategia, cada vez más alejada de la que han decidido la dirección y las bases de la Esquerra de Junqueras, a la que los sondeos auguran una emergencia histórica en las Cortes.

El lunes próximo pocas noticias sacarán de la incertidumbre a los catalanes. La espada de Damocles de las sentencias del ‘procés’ continuará colgando sobre cualquiera que sea el resultado electoral. En Catalunya y en España nada será igual tanto si los reos son condenados por rebelión y/o sedición o por solo malversación y/o desobediencia. Y como ahora recuerdan algunos en Madrid, el Supremo recomendó en su día un indulto para Antonio Tejero, este sí un golpista de verdad.

Pocas luces y cortas

En pocas semanas, otra campaña electoral volverá a acentuar la crispación entre los partidos, incluidas las diferentes organizaciones independentistas y los que constituyen el denominado frente constitucionalista. Desinflamación, convivencia, distensión, diálogo, quedarán para después del verano si a Quim Torra no le ordenan desde Waterloo que convoque a las urnas para cambiar un Parlament paralizado. El tacticismo electoralista impedirá poner las luces largas a unos y a otros, así en la plaza de Sant Jaume como en la Moncloa, en una de las épocas en las que en los despachos del poder deambula más mediocridad y descrédito, sin distinción de siglas, si nos atenemos a lo que expresa la ciudadanía en las cuestionadas encuestas y nos fijamos en el estilo de los últimos debates televisados.

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