Carlos Cruz, pandillero por la paz: “Terminé armado a los 13 años, cuando lo que quería era ir a la escuela”

Carlos Cruz viene de un barrio popular del norte de la Ciudad de México, donde fue líder de una de las pandillas más numerosas de la zona. Tras el asesinato de un compañero funda Cauce Ciudadano, una organización que trabaja con jóvenes susceptibles de ser usados por el crimen organizado

Sandra Vicente
 
 
 
Carlos Cruz, un 'pandillero por la paz' que treballa amb joves de barris populars de Mèxic | SANDRA VICENTE

Carlos Cruz, un 'pandillero por la paz' que treballa amb joves de barris populars de Mèxic | SANDRA VICENTE

Carlos Cruz habla sin tapujos sobre su infancia y adolescencia marcadas por la violencia en un barrio popular al norte de la Ciudad de México en el que el crimen organizado campa a sus anchas, fagocitando el día a día de los habitantes que acaban normalizando la tasa de muertos por habitante o los feminicidios. Cruz habla también del juvenicidio: “eliminan y abusan de la juventud mexicana para usarlos para el negocio criminal”.

Él era uno de esos jóvenes, en su adolescencia fue cabecilla de una de las pandillas más numerosas de la zona. “No supimos en qué momento pasamos a ser tan violentos”, reflexiona poniendo la vista en un país en el que “los jóvenes matan y secuestran a jóvenes” y en el que el miedo “no nos deja actuar ni renunciar a esa violencia” de la que se acaba culpando a las víctimas por “el terror a descubrir que quien está detrás del crimen es el Gobierno”.

Hace 18 años, tras el asesinato de un compañero, Cruz dejó de lado la violencia y propulsó el nacimiento de la organización Cauce Ciudadano, convirtiéndose en lo que él llama un pandillero por la paz y trabajando de manera preventiva con los jóvenes en un espacio de cuidados y reconocimiento. Viene de camino a Granada, donde ha sido invitado para trabajar con las comunidades gitanas y hace una parada en Barcelona para participar de una charla del Institut Català Internacional de la Pau (ICIP) en el Casal del Pou de la Figuera.

Es media mañana de un día entre semana y Cruz se queda mirando a unos jóvenes, algunos menores de edad, que escuchan trap en uno de los bancos de los jardines del parque.

¿Deformación profesional?

Un poco. En Cauce nos pasamos todo el día hablando con jóvenes que encontramos en las calles para prevenir violencias. La violencia sólo llama a violencia y, precisamente para romper ese círculo, nació Cauce. Fue hace 18 años, tras la muerte de un compañero de la pandilla y, mientras muchos pedían venganza, nosotros dijimos basta.

Fui jefe de una pandilla en la que había jóvenes que se unían por el simple hecho de sentirse parte de algo que defendía su territorio e identidad. Otros veían el grupo como una puerta para entrar en el crimen organizado. Mi pandilla en aquel momento tenía un brazo político de orientación anarquista y uno armado y nos acabaron usando. Muchos creíamos que realizábamos un cambio y una transformación social, pero en realidad estábamos deteriorando nuestra vida y la de la comunidad.

¿Cuál es el papel de Cauce en estas situaciones?

Cuando nos plantamos lo hicimos con dos premisas: construir un espacio para estar tranquilos y el derecho a ser felices. Reformamos la casa de mi abuela, que había sido abandonada, para tener un lugar donde estar. Nada más. Y empezaron a llegar muchachos de diversos barrios y escuelas a encontrarse en un espacio en el que sabían que nadie les molestaría, aunque todos sabíamos que en salir por la puerta volverían a exponerse a lo salvaje del sistema. Pero en ese momento, aquel pequeño reducto ayudaba a sensibilizarnos, a mirarnos a los ojos y a plantearnos por qué nos enfrentábamos. “¿Por qué nosotros?” era una pregunta que hacía años que me planteaba. ¿Por qué, con trece años, acabé armado si yo quería ir a la escuela?

¿Llegaste a responderte?

Creo que a la larga sí. Hay diversos factores que hicieron que termináramos así y que hubiera muchos de nosotros que murieran antes siquiera de poder plantearse una alternativa. Hacerse esa pregunta es un gran paso si siempre has vivido en violencia: yo empecé haciendo encargos por cinco pesos, llevando algo sin saber qué era, con una bicicleta prestada. Luego todo fue a más, cuando entré en el Bachillerato, donde había un control político de los estudiantes que estaban en rebelión contra el sistema. Nosotros éramos anarquistas y manteníamos discusiones permanentes en las que construíamos alternativas en base a la política. Luego se convirtieron en alternativas basadas en la violencia.

Nunca supimos en qué momento nos convertimos en criminales en lugar de estar pensando, pero seguro fue cuando se dieron cuenta que, como jóvenes insatisfechos, podían utilizarnos.

¿Quiénes?

El estado. Por eso hoy trabajamos des de la premisa de tener un estado que sea del pueblo, que no pague a policías y que invierta en los jóvenes. En el que haya educadores y mediadores de conflicto. Y, sobre todo, que confíe en la gente, porque lo más duro era darse cuenta de que, por más que intentáramos cambiar, estábamos marcados como criminales. Y realmente era difícil porque, aunque quisiéramos reformarnos, la vida se nos rompía a la mínima porque la violencia siempre sale al encuentro. El crimen se lo come todo y vimos que teníamos que abordar la autonomía de los jóvenes.

Carlos Cruz, en una charla sobre prevención de violencias juveniles en el ICIP | SANDRA VICENTE

¿Cómo?

Teníamos que poner a las mujeres en el centro, no sólo del debate, sino del respeto. Mi madre era campesina, fue violentada y abusada muchas veces y nunca aprendió a leer. Yo aprendí muy joven y con cuatro años me metió al colegio con muchachos de seis, porque estaba muy orgullosa de mí. Quería que aprendiera y lo que decían los maestros se cumplía a raja tabla. Ellos le enseñaron que a los niños se les corrige a golpes, y a golpes me trataba ella. Años después me dijo que, de haber sabido lo que sabe ahora, nunca me habría echado a la calle tan joven.

Por eso es crucial romper la violencia contra las mujeres, porque en las bandas la construcción machista es fuertísima. Muchos, siguiendo la construcción del macho mexicano, se calman y dejan la pandilla para ir a cuidar de sus familias cuando son papás. Qué bueno, ¿No? Pero después volteas y ves que la violencia que no ejercen en el barrio la ejercen contra su esposa. Y para romper con estas construcciones nos definimos como educadores populares.

¿Qué hacen?

[Carlos vuelve a dirigir la mirada hacia el grupo de jóvenes sentados en los bancos]. Si este fuera un barrio conflictivo, estaríamos trabajando con esos chicos y habría alguno de nosotros que habría sido entrenado para estar con ellos.

¿Tienen jóvenes que se infiltran en las pandillas?

Preferimos decir que ‘polinizamos’ el proceso. No les mentimos sobre quiénes somos. Ahora con Internet es muy fácil saberlo todo de todo alguien y, como muchos de nosotros tenemos historias, a algunos jóvenes les llama la atención nuestro pasado y se convierte en excusa para el primer contacto. Trabajamos con ellos en el territorio y ahí nos dimos cuenta de que teníamos que ir a las escuelas para ver de dónde salían estos chicos. O más bien de dónde fueron expulsados.

En los centros trabajamos las relaciones de poder y el conocimiento del cuerpo desde el autorespeto. Tenemos un cuerpo que es, o debería ser, inviolable y sobre el que tenemos que aprender a tomar decisiones. Rechaza el abuso y no abuses. De ahí pasamos a trabajar la salud sexual y reproductiva. También abordamos el amor sin violencia y enseñamos que no se deben reproducir las construcciones de violencia e imposición que ven en casa. Nos planteamos las actuaciones en las escuelas siempre desde la prevención.

¿Y si esa prevención no funciona?

Okey. En ese caso viene la policía y se lleva a estos chicos. Los mete en la cárcel o en un centro para menores y trabajamos con ellos allá dentro. Enfocamos sobre todo empleabilidad porque cuando alguien se toma la molestia de preguntarles a estos chavos qué quieren, te dicen que quieren generar, porque no tienen nada y querrían tener.

Hay que tener el ojo puesto en los jóvenes convertidos en adultos porque entre ellos ya nos podemos encontrar con traficantes que, si viven en el barrio, seguro han hablado con los más jóvenes. Hemos recibido muchas críticas por trabajar con delincuentes, pero ¿por qué no íbamos a hacerlo? ¡Están ahí y son parte de la comunidad! El crimen se ha colado en el sistema capitalista, es un modelo económico que oprime a los últimos monos que son estos jóvenes. Antes la mafia cuidaba de los suyos, pero hoy se basa en un sistema de explotación que hace que haya jóvenes que estén en el territorio por 600 euros. Hasta el crimen se ha sectorizado.

¿No han recibido presión de las bandas y del crimen?

Todas las amenazas y presiones han venido de la policía y el estado. El crimen es un negocio más con el que gobierno y fuerzas de seguridad se sientan a cenar a la misma mesa. Por ello, a parte de trabajar fuerte con chicos y chicas ponemos en el centro la política. En México tenemos un escenario en el que, de los 23 delitos tipificados en la Convención de Palermo de la ONU contra la Delincuencia Organizada, los 23 son desarrollados por adolescentes y jóvenes. Son usados en esta crisis como carne de cañón.

En Cauce Ciudadano nos equivocamos, claro, pero nos quedamos con que a lo largo de todo este tiempo hemos construido herramientas pedagógicas para compartir con compañeras. Nosotros trabajamos en 8 municipios, pero gracias a todas las personas que se han acercado para aprender, tenemos presencia indirecta en 68.

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