“A Barcelona no se le pide acabar con el cambio climático pero sí con los manteros, cuando ambos son problemas globales”

Julián Porras es doctorando en Sociología por la Universidad de Barcelona. Ha acompañado a manteros o chatarreros para concluir que las economías informales son un reto estructural. Un problema en Bogotá y en Barcelona, que mejora cuando las instituciones reconocen como sujetos políticos a los trabajadores.

Yeray S. Iborra
 
 
 
Julián Porras en la plaza de las Glòries | Sònia Calvó

Julián Porras en la plaza de las Glòries | Sònia Calvó

Es jueves, pero poco importa ya el día de la semana en este rincón de la plaza de las Glòries. Entre 200 y 300 personas ofrecen cada mañana sus productos, sin atender a fechas. En fila india y por lo general sobre mantas, despachan al mejor postor a diario. Zapatillas, teléfonos o martillos. Donde antes se situaba la Fira de Bellcaire, un nuevo mercado se abre paso. Si bien los Encants Vells habían sido reubicados al otro lado de la acera, en el nuevo edificio de los Encants de las Glòries, la gente sigue acudiendo a vender en la calle. Los medios lo han tildado de Mercat de la Misèria (mercado de la miseria). La mercancía varía según el día. Varía según lo que desperdicien los barceloneses: la basura es el material de trata.

Julián Porras (1984, Tunja) vive en el barrio. Lleva años en el Clot y hace unos pocos menos que ve como muchas personas se acercan a mercadear a la zona de las Glòries. Por el momento ha observado a los vendedores como un vecino más, pero en breve puede que lo haga también como sociólogo: Porras está especializado en las economías informales. De hecho, acaba de leer su tesis sobre el tema, aplicada a la realidad de diferentes colectivos en las calles de Barcelona.

En su Colombia natal, Porras cursó estudios en sociología. Allí se especializó en la sociología del trabajo. Tunja, la pequeña localidad donde nació, basaba su economía en el minifundio. Según recuerda ahora Porras, lo más parecido que había a Tunja en Bogotá –fuera de lo que se entiende por el trabajo hegemónico– eran las economías informales. Por ese motivo, empezó a seguir a los chatarreros. Luego llegó a Barcelona. Era cuestión de tiempo que siguiese los pasos de los chatarreros también en la capital catalana. Al tiempo ampliaría el foco a músicos de calle, estatuas humanas o manteros gracias a su acercamiento al Espacio del Inmigrante. Los problemas son comunes: cómo el sistema de trabajo expulsa a las personas y cómo las ciudades globales, aunque cambien skyline se parecen. Y mucho.

Dices que los chatarreros de Barcelona y los de Bogotá se parecen. ¿En qué?

Todas las ciudades producen residuos. Y hace bien poco que generamos dinámicas alrededor del reciclaje, por lo que hay mucha gente detrás de esos residuos, esa gente escondida son los chatarreros. El problema de los residuos aquí y Bogotá es el mismo: urbano, global, estructural.

¿Cuál es el marco que hace que se parezcan?

Estamos en un sistema económico en el que el trabajo es un mecanismo de expulsión. Estar fuera del trabajo normativo produce dicha expulsión. Y no nos damos cuenta que cada vez más personas viven fuera de ese lugar hegemónico de acceso al bienestar. Hace poco el periodista Robert Neuwirth publicó una investigación que demuestra que son 1.800 millones de personas en todo el planeta las que trabajan en la informalidad. Más de un quinto de la población mundial. En Colombia o en España se da la misma realidad pero en otra escala. Pero se da, pues el mercado de trabajo sigue la misma lógica. Karl Marx ya lo decía que el sistema genera un grupo de trabajadores específicos como sujetos ideales de trabajador y deja fuera a un grupo de gente para generar presión al mercado. Los llamaba ejército de reserva.

¿Comparten características manteros, lateros e incluso jóvenes precarios?

Sí, porque el modelo hegemónico de trabajo es restrictivo y pequeño. Dicho modelo de trabajo hegemónico no es siquiera el más representativo.

¿No?

Si vemos qué porcentaje de la población es activa (trabajadores y personas que buscan trabajo), igual estamos en seis de diez personas. Cuatro personas ya estarían fuera de esa categoría activa (estudiantes, menores, pensionados, discapacitados). Y eso que al final, si contamos el paro, de ese grupo igual trabajan cuatro o cinco personas. Pero esa separación permite determinar quién y cómo accede al bienestar y existen unos mecanismos por los cuales se crea una normalidad del trabajo. El paralelismo es el del modelo de belleza: el modelo lo cumple un porcentaje muy pequeño de personas, que tienen en principio un privilegio respecto del resto. El modelo de belleza es una forma de control del cuerpo. Y el de trabajo es una forma de control social.

¿Las instituciones tienen la obligación de convertir la economía informal en formal?

¿Por qué el modelo de trabajo, que es una idea moral, se encarna dentro de las instituciones y obliga a los grupos a comportarse de una forma homogénea? Porque es necesario para controlarlos socialmente. Es muy interesante ver cómo las instituciones buscan a través de los proyectos que tienen crear formatos empresariales a actividades que los grupos no necesitan. La norma genera un espacio de construcción social del otro que, simplemente, lo aniquila. El caso de la estatuas humanas de Barcelona. Lo que más les ha perjudicado es tener que inscribirse al censo de empresarios: ¡Su actividad no es la de una empresa! Esta tendencia de las instituciones no es nueva… Las primeras reformas laborales se hicieron en clave asalariada cuando la mayoría de gente era del sector agrícola. La regulación nunca se ajusta a la realidad de las personas, se basa en un modelo de homogeneización del hacer.

Julián Porras también es activista del Espacio del Inmigrante | Sònia Calvó

¿Qué deberían hacer entonces las instituciones?

Las formas de gestión de la institución elimina toda forma de solidificación de la construcción de los trabajadores como sujetos políticos. Los problemas de los manteros no se acabarán en Barcelona: estamos en una sociedad que bloquea a muchas poblaciones, que no permite que se relacionen de igual a igual. Si la venta ambulante es una cuestión estructural, ¿por qué las normativas locales desarticulan políticamente a las organizaciones? Desarticular políticamente significa que los grupos dejen de reclamar sus derechos, y que nadie lo hará por ellos. ¿Quién se iba a preocupar de los Sin Tierra en Brasil si no lo hubiesen hecho ellos mismos? ¿Por qué el derecho a la propiedad industrial es más importante que la dignidad de los manteros? ¿Por qué es más importante que se privilegie la estética de Barcelona respecto a las formas de hacer de algunos grupos? Porqué es más importante ejecutar programas de regulación de artistas respecto al derecho a expresarse artísticamente?

Si no hay soluciones locales sin otros mecanismos regionales, ¿qué pueden hacer instituciones como el Ayuntamiento de Barcelona con los manteros, los lateros o los vendedores del mercado de la Miseria que tenemos a las espaldas?

Si lo comparamos con el medio ambiente, podemos determinar que Barcelona no tiene las herramientas para poder cambiar un patrón que elimine el problema del cambio climático, pero sí puede trabajar para disminuir su incidencia en el medioambiente. Usar menos papel, por ejemplo. Son problemas globales, estructurales del sistema, y nadie pide que con su acción de Gobierno elimine la contaminación. Solo que el consistorio se ajuste a su contexto. ¿Por qué en el caso de los manteros sí? ¿Por qué en el caso de estos trabajos se le pide que consiga erradicar el problema? Barcelona debe ser consecuente y ver que hay problemáticas estructurales que están por encima de leyes como la propiedad industrial.

Mercadillo ambulante de las Glòries a las espaldas de Porras | Sònia Calvó

¿La actividad institucional debe basarse más en la gestión que en la creación de políticas?

Con las herramientas del Ayuntamiento se pueden crear mecanismos para que se puedan realizar todas las actividades de la mejor manera. Para facilitar que ellos mismos, los grupos, las gestionen. Pero para eso deben reconocer sus asociaciones. En el caso del Sindicato mantero es emblemático: si el consistorio hubiese facilitad al sindicato su forma de hacer se hubiesen construido mejores mecanismos para la actividad o para salir de ella. Una cosa que me decían los chatarreros: no pedimos que vengan a salvarnos o a darnos una cuota. Lo que queremos es una oportunidad para ejercer en nuestros oficios varios o en el de chatarrero mismo. Que el Ayuntamiento escuche a las organizaciones genera soluciones para las poblaciones…

El problema el Ayuntamiento lo tiene con las calles. Las calles han surgido para socializar, un sitio donde hacer lo que no hacemos en el espacio privado: como comercializar, por ejemplo. Lo que ha ido pasando es que se han ido sofisticando formas de control, y como resultado, de forma paradójica, Barcelona se ha transformado de una ciudad amable a una que ha sofisticado sus métodos de presión hasta homogeneizar el uso de la calle. Barcelona ha primado formas de uso que benefician al sector privado. Esa es una parte del modelo Barcelona, y que se exporta a nivel mundial: Joan Clos es presidente de ONU Hábitat y lleva esta idea de civismo a todos lados. Esa forma de espacio pública nos lleva a estar inmersos en una vigilancia y autovigilancia constante. Grupos como los vendedores, los músicos o las estatus ponen en cuestión ese modelo. Le preguntan a la ciudad: ¿Por qué no puedo vender? ¿Por qué no puedo tocar música? Yo puedo hablar con vecinos, con comerciantes… No hace falta prohibir ni sancionar.

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