Ada Colau frente a la gran prueba y con un Maragall de trasfondo

La decisión que tome la actual alcaldesa tendrá consecuencias estratégicas respecto al futuro de Barcelona y de Catalunya. La construcción del personaje se enfrenta a un dilema esencial. ¿Retirada momentánea o batalla por el poder? Estas son algunas de las claves de un desenlace incierto

Gabriel Jaraba
 
 
 
Ada Colau | Ayuntamiento de Barcelona

Ada Colau | Ayuntamiento de Barcelona

Es difícil imaginar qué decisión puede acabar tomando Ada Colau ante la disyuntiva que tiene frente a sí, tratándose de una persona dotada de una aguda voluntad de poder. Véase que esa condición no debe entenderse en sentido negativo, sino que es necesario ser consciente de ello para darse cuenta de la singularidad del momento que vive. Y es también difícil a causa de la opacidad del personaje, otra característica singular porque, en contraste con la familiaridad de trato que exhibe ante sus votantes y el público en general, incluidas confidencias sobre su vida personal, ignoramos mucho sobre sus objetivos estratégicos últimos.

La construcción de la imagen de Ada Colau es un magnífico trabajo de comunicación política, del cual ignoramos las proporciones en que intervienen lo nativo, lo espontáneo, lo construido, lo autogenerado y lo aprendido. Tampoco aludimos negativamente a esa construcción sino todo lo contrario: Pujol y Pasqual Maragall eran dos bestias políticas que se hicieron a sí mismos y desarrollaron imágenes personales enormemente poderosas que marcaron terrenos muy distintos en lo político y lo electoral e incluso en las sensibilidades personales, justo en el lugar donde más escuece la piel.

Ada Colau, con la culminación de su proceso de autoconstrucción, al despertar la animadversión declarada de sus adversarios, demuestra que pertenece a esa división superior de la competición política, aquella en la que las personas son calibradas por la dimensión y furia de sus enemigos (del upper Diagonal pero también más allá). Obedezca el proceso de construcción de Ada Colau tal como lo conocemos a la audacia o al oportunismo –ambas cosas a la vez también son posibles—la alta tensión de su situación indica que la labor ha llegado a su culminación con éxito.

La decisión que tome tendrá consecuencias estratégicas respecto al futuro de Barcelona y de Catalunya, de modo que cuando se moje no será en una palangana sino en el mismísimo Rubicón, según se expresó Lluís Rabell. Ada Colau interesa y sorprende por muchas razones. Las que lo hacen menos son las consabidas: una joven mujer que procede de las capas modestas de la ciudad y consigue posicionar un liderazgo social en ataque político de éxito; una persona surgida de ciertos ambientes progresistas de un país cuya cultura media ha sido hecha a base de Fura dels Baus, Comediants, comic alternativo, ocupación del Princesa y relecturas situacionistas; una activista fogueada en la reivindicación social que aprende a hacerse con el manejo de las palancas de la política institucional.

Pero no es el activismo lo que define la imagen política de Colau, pues parece ser que ya se considera también activista a Quim Torra, actual presidente de la Generalitat, de modo que cada país y cultura produce sus activistas: Italia, Emma Bonnino y Sandro Pertini, y Catalunya, Lluís Maria Xiirinachs y Quim Torra. La actual alcaldesa de Barcelona es otra cosa: un político de nuevo cuño, de mente aguda y actitud singular, que se encuentra ante la maldición china que te augura que se cumplan tus deseos: a la voluntad de poder corresponde un reto estratégico de envergadura equivalente, como relatan desde la antigüedad clásica los Trabajos de Hércules.

En el dilema actual, Ada Colau se encuentra frente a frente -o lado a lado- con Manuel Valls, una primera figura de la política europea que ha sido obviado por el espíritu venenoso que circula por las venas de nuestro pueblo y nos hace tomar siempre las decisiones equivocadas en el momento más trascendente, tal como supo ver Gaziel. Aunque ambos se consideren lejanos entre sí por lo que respecta a cultura política y de la otra, son más semejantes de lo que parece: ninguno de los dos debe nada a nadie.

Colau y Valls aparecieron en la política catalana de manera imprevista, ambos se han hecho a sí mismos y ambos tienen la suficiente agilidad de cintura y de rabo para sacudirse las moscas; Valls se desmarca de su ticket electoral cuando se da cuenta de que el paracaídas era en realidad kryptonita; Colau exporta a Madrid a sus dos poderosos condottieros cuando comprende que la han aproximado a las fauces del lobo que la podía devorar si no se colocaba la capucha amarilla. Tanto da que uno se foguee en la elitista ENA francesa u otra en las hiperorinadas calles de Ciutat Vella, un outsider siempre lo será, él mismo sabe que no dejará de serlo ni que se transfigure en el Tabor, y su voluntad de poder irá pareja con su capacidad de supervivencia.

La decisión final de Ada Colau vendrá propiciada en gran manera por su determinación fundamental, que hace que su destino apunte a realizar sus particulares Trabajos de Hércules. Uno no se la imagina reducida al estado laical, es decir, como mera concejala en su consistorio. Tampoco, por ejemplo, como diputada en un Parlament convertido en un sarcófago –etimológicamente, “devorador de carne”— en el cual su personalidad se diluiría entre los pedazos del iceberg que causó el hundimiento del Titanic.

La raza a la que Colau pertenece tiene como divisa el dictum borgiano, “O César o nada”, y como cualidad, detectar las debilidades ajenas y convertirlas en fortalezas propias. Collboni ha dudado siempre de su propia madera de líder, Ada no está hecha para el papel de amigo del chico porque el chico es ella. Maragall sabe que su base electoral es de piedra pero que su persona, furia vengativa aparte, está cuarteada, Ada sabe que su descaro la hace odiosa pero invulnerable en un país de gatas maulas.

Parecería que la alcaldesa pudiera adoptar una solución ganadora por más que arriesgadísima, pero sabemos que ella no le hace ascos a ciertas retiradas aparentes y momentáneas, como se vio en la noche electoral. Quizás la respuesta esté en la siguiente pregunta: ¿se ve a sí misma como presidenta de la Generalitat de Catalunya cuando se produzca por fin el Gran Hundimiento? Resultaría entonces que el segundo Maragall sería ella y no el hermano.

Gabriel Jaraba
Sobre Gabriel Jaraba

Gabriel Jaraba (Barcelona, 1950) és periodista, escriptor, professor i investigador. Doctor en Comunicació i Periodisme, és professor a la Universitat Autònoma de Barcelona. Autor de “Periodismo en internet”, “Twitter para periodistas”, “YouTuber” i “Hazlo con tu Smartphone”. Contacto: Twitter | Más artículos

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