A las Emboscadas, una resistencia contra la C-32

La prolongación de la autopista C-32 en Girona lleva años siendo objeto de protestas debido al desastre medioambiental que supondrá la tala de 50 hectáreas de bosque. Ante ello, las vecinas se han unido para pasar largas jornadas en los bosques, resistiendo ante los operarios y defendiendo la cultura, el patrimonio y el ecosistema que hay entre las ramas. Se hacen llamar Emboscadas.

Ivan Soriano / Xavier Orri
 
 
Un camió, enduent-se arbres tallats per l'ampliació de la C-32 | mcbernat

Un camió, enduent-se arbres tallats per l'ampliació de la C-32 | mcbernat

En la ladera de un monte, más alto que el horizonte, quiero tener buena vista, mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista. Cerca del mar, porque yo nací en el Mediterráneo… Esos versos se repiten en bucle en sus cabezas, mientras el ruido de las motosierras y de los árboles derribados uno a uno impone otra melodía a la célebre canción de Joan Manuel Serrat.

Atardece, están cansadas, llegan a sus respectivas casas con la ropa y las botas sucias, impregnadas de sudor por el calor soportado, algunas -sobre todo las de más edad- con el cuerpo molido, a veces, incluso con reacciones alérgicas en la piel y los ojos enrojecidos por haber inhalado excesivo polvo, serrín y polen, y haber estado expuestas excesivas horas al sol.

Se hacen llamar Emboscadas; son ciudadanas anónimas de Blanes y Lloret de Mar con el común denominador de amar su entorno. Algunas aún no tienen la mayoría de edad, otras se jubilaron hace tiempo, pero todas ellas se juntan para ocupar los bosques afectados por la polémica prolongación de la autopista C-32 entre Blanes, Tordera y Lloret de Mar.

Desde que se dieron las primeras talas de árboles en mayo, las Emboscadas acuden a diario en las zonas afectadas para protegerlas de lo que consideran una tala ilegal y de un proyecto faraónico que implicaría cortar el conector ecológico de la Selva Marítima, formado por parajes de gran valor histórico y cultural.

Así, estas recepcionistas de hotel, educadoras, estudiantes, gestoras turísticas, pensionistas, funcionarias, paradas, pequeñas empresarias…trabajan codo a codo con biólogas y ambientalistas para no permitir la desaparición del ecosistema. Durante su turno de hoy caminaron horas, entre tensión, lágrimas furtivas frente ramas y troncos ya despedazados, abrazos para seguir adelante, pero sobre todo horas y horas de silencio. Silencio observante, a veces roto por algunas palabras malsonantes ante la impotencia de ver otro árbol más muerto a golpe de motosierra.

Las llaman ecologistas, pero sobretodo son sensatas, vecinas, amigas, luchadoras, valientes… que resisten, que ven en las encinas, romeros, madroños, brezos, lavandas, tomillos, en las ginestas y los pinos a los que escribía Serrat, un valor activo a proteger y que piensan que un pueblo no puede vender su alma por algo que no solucionará sus problemas reales.

Emboscadas | mcbernat

La vida, un arbol

A mediados de mayo, Carolina -una emboscada que prefiere no dar su nombre real, al igual que sus compañeras, nos llevó a ver los primeros árboles caídos. Nos adentramos en Sant Pere del Bosc en coche, pasamos por los mismos senderos en los que Nicolau Font, alrededor de 1898, vertebró ese bello paraje de hoy innegable valor histórico, cultural y espiritual con importantes construcciones religiosas y modernistas, y social dado que es un pulmón verde actualmente concurrido por deportistas, excursionistas y población que lo disfruta a diario.

Carolina conducía inquieta y alertada por el inicio de las obras. Llegamos, y desde el coche vimos a un jabato quieto entre las ramas y los primeros troncos cortados. La imagen era desoladora, el animal parecía padecer el desahucio de su hábitat, quedaba desnudo ante nosotros.

Carolina nació en 1947, en plena dictadura franquista, tiene 72 años, 3 hijos y 3 nietos, invierte el tiempo de su jubilación en estudiar fotografía, su cámara se ha convertido junto a Javier, su pareja, en un trinomio indivisible de empeño y lucha diaria para intentar que cada pedazo de bosque se mantenga en pie. Ese día, el de la primera tala, mientras fotografiaba todo incesantemente, nos decía en su catalán nativo: “això no pot ser, on estem arribant? Veig això i se’m trenca l’ànima”.

Lo que las junta cada mañana en los bosques es la misma concepción que “destruir 50 hectáreas de bosque (el equivalente a 70 campos de fútbol) y talar más de 66.000 árboles es un error”, tal como nos cuenta Irene, de 70 años. Es un error ante la desertificación, el cambio climático y el evidente impacto ambiental que subyace en esta intervención “sólo responde a una mentira, una falsa mejora de la movilidad cuando existen mejores opciones, además más eficaces y respetuosas con nuestro patrimonio natural”.

¿Turismo o sostenibilidad?

El turismo es uno de los grandes negocios en la zona, que da trabajo a centenares de personas. Una de ellas es Carmen, de 60 años, que, como muchas otras emboscadas, trabaja en un hotel. Largas jornadas de trabajo, y un ritmo casi frenético en temporada alta, pero se levanta cada día tres horas antes de lo que era habitual y se va al bosque con su perra. Esas tres horas, antes de empezar su jornada laboral, son su manera de decir que hay otras maneras de entender las cosas, también el turismo.

Cuando termina de trabajar, vuelve. Y pasa tres horas más.

Lloret de Mar, desde 2002, invierte importantes recursos para posicionarse como un destino turístico familiar, deportivo, cultural y de congresos, intentado combatir el modelo low cost (de masas) relacionado con el sol, playa y fiesta.

Por ello, podría parecer contradictorio que el consistorio apoyara la prolongación de esta carretera, ya que la fractura y destrucción del paraje natural podría ser inconsistente con el modelo turístico que persiguen. Por el contrario, el reciente constituido gobierno de Blanes parece tenerlo más claro y se opone a la prolongación.

Lloret de Mar aún goza del conjunto modernista de Sant Pere del Bosc, pero no le aplican las medidas necesarias de preservación y cuidado. Dicho conjunto está compuesto por el antiguo monasterio reformado por Puig i Cadafalch, la capilla-oratorio, la casa de la carretera conocida como el Xalet del Capellà y el monumento a l’Àngel, primer monumento levantado en memoria de Mossén Cinto Verdaguer. Este conjunto fue concebido como parte de un bosque que ahora peligra. En la misma zona, en Blanes, se sitúa el Santuario del Vilar, siglo XIV, este -de igual forma- fue levantado inmiscuido en la naturaleza.

Núria ama el senderismo y el deporte, nos dice que en el paraje que intentan destruir encuentra la paz y una calma que la reconforta. Por ello la atormenta esta autopista, que ve como “una trampa mortal” para la fauna. “En los últimos años se ha reducido en un 40% la población de gorriones, y van y talan medio bosque en plena nidificación. Ay mis pobres gorriones…”, se lamenta.

Diferentes generaciones, mismo objetivo

Diez horas diarias ininterrumpidas durante más de un mes son las que han pasado en el bosque Nina y Cintia, compañeras de vida, ambas nacidas durante la Transición. Nina es una gran conocedora de las plantas autóctonas del lugar y sus aplicaciones para la salud: con ellas hace remedios, mermeladas y una espléndida ratafía que junto al pan que amasa como antaño hacen de cualquier mesa una fiesta de sabor y tradición.

A su lado encontramos a Ximo, de 25 años, que tiene su propia versión de lo que le representa. Su juventud le hace más contundente que a otras emboscadas mayores, pero la contundencia no es antónima a la razón. La política, nos explica, le interesa, pero a la vez le repele. Junto a su hermano decidieron colaborar con la plataforma en contra de la C32 y se han “emboscado”, dice, “por decencia y por sentido común”.

Antoni nació en el año 2002, ya en el siglo XXI, tiene 17 años, y es aún más joven que Ximo. Nieto y bisnieto de de pescadores y marineros, de gent de mar, que dirían en Lloret, su abuelo se casó con una turista inglesa y su madre con un italiano. Él es fruto de todo esto. Dice que imagina un futuro en que el la relación de las personas con la naturaleza sea “el motor del cambio”.

Pertenece a la misma generación que Greta Thunberg, la activista de 16 años que ha conseguido fundar el movimiento de estudiantes ‘Fridays for Future’. Como todos esos jóvenes que cada viernes protestan contra el cambio climático, Antoni defiende lo suyo, lucha por su futuro y cuida lo que le pertenece.

Esta es una lucha que viene de largo. Ramon y Ruth lo saben bien; ahora, con su hijo de 4 años en brazos recuerdan cuando, en una concentración ella lucía un ‘No a la C32’ pintado de rojo en su vientre embarazado. Hoy, le cuentan al pequeño cuentos con bosques como protagonistas.

Son las 6:00 de la mañana y las primeras llegan fieles antes incluso que los propios operarios, algunas no durmieron bien anoche. Los pájaros disfrutan de la ausencia del estremecedor ruido de la maquinaria que coarta sus silbidos, las Emboscadas también.

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