“Hay demasiadas candidaturas de izquierda que no se reconocen entre ellas y necesitamos unidad para acabar con la hegemonía”

La politóloga Chantal Mouffe es una de las filósofas más reconocidas del panorama actual. Desde la teoría postmarxista la avalan obras emblemáticas como 'Hegemonía y Estrategia', publicada juntamente con Ernesto Laclau. Una voz necesaria para leer un contexto político en que crece la derecha populista y la izquierda parece que cada vez se rompe más

Sandra Vicente
 
 
 
Chantal Mouffe | S.V.

Chantal Mouffe | S.V.

“No creo que Podemos sea un lastre, pero tenemos que sumar más”. Este es uno de los argumentos con los que Íñigo Errejón explicaba su salida de Podemos, partido del que es cofundador, para liderar la candidatura de Más Madrid a la Comunidad de Madrid. Poco después, Pablo Iglesias anunciaba que Podemos saldría “a ganar” frente a la propuesta de Errejón. Una propuesta que pretende la “suma” acaba con un partido disgregado.

La falta de consenso y de unidad de la izquierda es una de las críticas más duras que hace Chantal Mouffe, filósofa y politóloga, a la izquierda. Mouffe visitó Barcelona como invitada a la conferencia anual de la Fundació Catalunya Europa. En un escenario de crecimiento de la extrema derecha, la izquierda debe sumar fuerzas, mobilizar los afectos del pueblo “y no sólo presentar estadísticas y hacer debates”, según critica. Mouffe, de origen belga y ahora residente en Londres, tiene en la cabeza tres ejemplos de populismo de izquierdas: Gran Bretaña con Jeremy Corbyn, Fracia con La France Insoumise y España con Podemos.

Considera que el “asalto” al poder de Podemos es posible, porque tenía entre las prioridades ganar al poder hegemónico. “Esto no se consigue con candidaturas separadas que buscan ser la verdadera izquierda. Son candidaturas testimoniales que no logran nunca nada y deberían dar prioridad a la unidad”, dice, en referencia a la fragmentación de la izquierda. Pero esta entrevista se realizó poco antes de que Íñigo Errejon, con el que Mouffe asegura haber compartido largas sesiones de debate, se bajara del barco de Podemos.

Recuperando el título de su conferencia, hablaba de ‘política y pasiones’. ¿Considera que no se hace una buena gestión de los afectos en la esfera política?

Lo primero que hay que dejar claro es que cuando hablo me dirijo a gente de izquierdas. Soy muy partisana y quiero conversar con aquellos que tengan un proyecto de radicalidad democrática y me parece que la izquierda en general no reconoce suficientemente el papel de las pasiones en política. No hablo de emociones, sino de afectos colectivos, emociones que se cristalizan en la formación de identidades colectivas que ayudan a crear el nosotros. En cada ‘nosotros’ hay siempre una fuerte dimensión afectiva y en política siempre se funciona a partir de identidades colectivas. Pero muchas veces somos demasiado individualistas como para entenderlo.

Si hay un ‘nosotros’ hay un ‘ellos’. ¿Cómo se gestiona?

Para tener una identidad debes tener alguien que sea diferente. Pero eso no significa que deba haber una posición antagónica, un ‘ellos’ visto como enemigo. Hay dos posturas diferentes respecto a lo político, una es la asociativa, que busca la acción en común y hallar el consenso. Esta es la concepción de lo político en la que se encuentran la mayoría de democracias. La otra es la disociativa, que también busca actuar en común pero desde la base de la posibilidad de conflicto. La clave de esta concepción es entender que no todos los conflictos se pueden resolver de forma racional, sino que hay alguien que debe perder, y yo me sitúo aquí.

Esto tiene consecuencias importantes para encarar la tarea de la democracia, cuáles van a ser los mecanismos para llegar a consensos. Porque si se reconocen los conflictos antagónicos se sabe que el consenso total no es posible. Entonces cabe preguntarnos cuáles son las instituciones necesarias para que el conflicto no llegue a guerra civil. No hay que buscar mecanismos para ponerse de acuerdo, sino para respetar el derecho del adversario a defender su punto de vista y, por lo tanto, se necesitan instituciones que permitan defender la vida en común.

Chantal Mouffe | S.V.

La existencia humana es indisociable del conflicto. ¿Cuál es el papel de las pasiones en la resolución de estas disociaciones?

Hay que abandonar la idea de que las pasiones son necesariamente destructivas. Por eso mi crítica al pensamiento de izquierda es porque creen que se deben eliminar las pasiones del espacio político porque creen que siempre llevan al conflicto. Si las pasiones son lo que construyen los afectos comunes, pueden generar una identificación positiva.

La izquierda argumentos a estas pasiones, y los que movilizan los afectos son el fascismo y la derecha. Nosotros sólo debatimos. Si no somos capaces de movilizar los afectos hacia objetivos democráticos, lo hará la derecha populista con objetivos xenófobos. Esto es así, porque el modelo democrático más aceptado es el deliberativo, que es el que busca el consenso a través de la deliberación. Discutir juntos hasta estar todos de acuerdo. Pero esto es completamente equivocado: en vez de establecer un consenso completamente inclusivo, debemos organizar el disenso para poder llegar a una democracia pluralista. Un conflicto domesticado.

En su crítica a la democracia deliberativa, propone la alternativa de la democracia radical. ¿En qué consiste?

Ha habido mucho mal entendido respecto a esto. Desarollo este concepto junto con Ernesto Laclau en el libro Hegemonía y estrategia socialista, donde establecemos un proyecto político para radicalizar las instituciones neoliberales y socialdemócratas. La radicalidad democrática contempla la democracia en todas las dimensiones de las relaciones, las de producción, pero también las de los movimientos sociales, teniendo en cuenta las demandas del feminismo, del antiracismo, del gay movement…

Se tiende a entender por democracia el hecho de poder escoger entre diversos proyectos políticos. Partidos que defienden concepciones distintas, pero todas hegemónicas. Durante los últimos 30 años hemos vivido, marcados por la hegemonía neoliberal, en un consenso al centro. Los partidos de izquierda se han movido al centro porque han aceptado que no hay alternativa a la globalización neoliberal. No ofrecen alternativas, sino que simplemente humanizan el neoliberalismo, aplicándole alguna política social. Los ciudadanos van a votar, pero su voto no hace diferencia y eso explica los números crecientes de abstención, dejando el terreno libre al desarrollo de partidos populistas de derechas. Lo estamos viendo en Europa, ellos sí ofrecen alternativa. Le dan al pueblo la libertad de escoger.

Los populismos de derechas tienen una gran base social pero que no necesariamente comulgan con los idearios de extrema derecha del partido. ¿Tendemos a banalizar el concepto de fascismo?

Llamar a VOX retorno del fascismo es equivocado. Hay que tratar de entender por qué están ahí en vez de hacer un cordón sanitario. No es posible que de un día para otro tantos andaluces se hayan vuelto fascistas; hay que ver qué les ha atraído y esto implica abordar fallos de otros partidos. Hablar de fascismo como algo que regresa cíclicamente es quitarte responsabilidades. ¿Qué podemos hacer? Nada. El cordón sanitario no sirve para nada.

Debemos diferenciar entre el populismo de derechas y el fascismo. El popilismo de derechas es, de alguna manera, una respuesta equivocada a problemas reales de la gente. Movilizan las pasiones de las clases precarias hacia el racismo, culpando a la migración de su pobreza. Combatir estos partidos es acercarse a sus votantes, que no son intrínsecamente racistas, pero si el único discurso disponible para ellos es racista…La única manera de luchar contra el populismo de derecha es crear un populismo de izquierda. Y para ello, hay que movilizar afectos, no dar estadísticas.

Un ejemplo de ello son La France Insoumise, de Jean-Luc Melanchon en Francia, Jeremy Corbyn en Gran Bretaña o aquí Podemos. Íñigo Errejon, con el que he discutido mucho, está muy de acuerdo con esto: se tiende a pensar que el populismo es algo terrible que sólo divide, pero una vez entendemos que la política consiste en establecer fronteras entre el ellos y el nosotros, entendemos que esta frontera se puede establecer de diversas maneras. Mientras que el marxismo la construye entre el proletariado y la burgesía, el populismo la coloca entre el pueblo y la oligarquía.

Este nosotros, pues, puede ser mucho más transversal, incluyendo otros sectores que no se pueden definir desde una posición de clase, como las luchas feministas o las ecologistas. Un pueblo con diversas demandas pero una voluntad común que halla el adversario en la oligarquía. Estamos viendo una crisis de la hegemonía neoliberal que se demuestra con oposiciones como los chalecos amarillos en Francia: no ha sido una reacción contra una política concreta, sino contra un modelo.

Chantal Mouffe | S.V.

Habla de elaborar un nosotros más transversal, pero en este escenario ¿puede haber en nuestro ‘nosotros’ ‘ellos’ de otros ‘nosotros’?

Esto supone una dificultad, pero hay que mantener que todas estas luchas aunque diversas, son democráticas. Obviamente habrá conflicto, porque no basta sólo con tener un enemigo común, sino que hay que tomar las demandas de todos los colectivos y conseguir que no vayan en detrimento unas de otras. Si no, se lo ponemos demasiado fácil a la derecha, que es especialista en dividir a la izquierda.

El desafío es crear una voluntad colectiva en que los diversos grupos se reconozcan no sólo por tener un enemigo común. Si no, pasará como en Egipto, donde había una gran cantidad de grupos heterogéneos que querían fuera a Mubarak. Pero, ¿luego qué? No había habido una voluntad hegemónica previa. Crear nuevas formas de subjetividad es importantísimo para un proyecto hegemónico de izquierdas, porque para lograr la radicalización de la democracia hay que llegar al poder, no destruirlo. Hay que establecer una sinergia entre los movimientos sociales horizontales y el Estado.

¿Hay que ‘asaltar’ el poder, como decían desde Podemos?

La maquinaria electoral es importante, pero hay que tener prioridades y ver cómo ganar al poder hegemónico. Y desde luego no se consigue con candidaturas sólo con la verdadera izquierda. Tenemos muchas izquierdas que no se reconocen entre ellas, candidaturas testimoniales que no logran nunca nada y que deberían dar prioridad a la unidad. Hay momentos en los que se necesita unidad y, luego, estando en el poder, ya se dará la lucha sobre cómo radicalizar. Pero la unidad es el primer paso. No debemos sólo acabar con la hegemonía, sino saber por qué. Y es que estar en el poder no es tener el poder.

¿Puede la contrahegemonía llegar al poder y poseerlo?

Si quieres tener el poder sin ni siquiera habértelo planteado, no vas a conseguirlo. Hay que tomar riesgos. La política no se resuelve con un libro en la mano, sino con la lucha. Como filósofa política puedo hablarte del poder de las pasiones, pero no decirte cómo se pone en práctica. Los tres ejemplos que conozco de partidos de populismo de izquierdas en Europa han partido de contextos distintos.

Mientras Podemos y La France Insoumise fueron creados como partidos independientes, Corbyn consiguió resignificar el partido laborista. Por eso me parece absurdo cuando presentan a partidos como Podemos como extrema izquierda. La extrema izquierda no se plantea llegar al poder, no es su objetivo. El asalto planteado por Podemos era y es plausible.

No estoy en contra de abolir el capitalismo, pero no es tan fácil como abolir la pena de muerte. Los grupos que piden esto pecan de un radicalismo abstracto. El populismo de izquierdas sí trata de llegar al poder, a las instituciones, para transformarlas y crear otra hegemonía.

Defiende el populismo, pero ¿está de acuerdo con que es un concepto político que no goza de buena fama, que se relaciona con políticas simplistas o de derechas?

Hay que abandonar esa idea que nos ha sido inculcada por la prensa de la Europa occidental. Se interpreta el populismo como algo negativo, relacionado con la demagogia que satisface los instintos bajos del pueblo, desde una actitud paternalista. Pero esta es una visión muy Europea: en América Latina y Estados Unidos el populismo está aceptado. Berny Sanders es populista y está bien.

Igual he pecado de eurocéntrica pues

Porque en los últimos meses el populismo está por todas partes. Igual que se abusa del término fascismo se abusa del populismo. Pero para mí es una señal: en un momento de crisis del neoliberalismo ha explotado tanto por parte de la derecha como de la izquierda y los que defienden el consenso al centro conjuran al populismo y al extremismo, asegurando que estos movimientos de respuesta amenazan a la democracia. Tratan de deslegitimar cualquier puesta en cuestión del orden establecido, que no hay diferencia entre el populismo de derechas y de izquierdas. Que son dos caras de la misma moneda antidemocrática.

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